Íntimo, la poesía como legado en “Chimangos”
Laura Calvo reúne setenta poemas autorreferenciales. El libro compila recuerdos y sentimientos.
CULTURA
Por Teresita Méndez
Teremendez@live.com.ar
Ochenta y dos páginas, setenta poemas. Numerados, no más. Basta asomarse para adivinar intimismo. Esenciales, no requieren del auxilio de versos precedentes para develar, hilvanar contenido. Pinturas descriptivas de escenarios tangibles o espirituales, ensoñaciones y recuerdos hechos palabra, aprehensibles a través de la lectura. Creadoras de climas y ubicuas geografías propias y compartidas. Podría ser esta una forma de presentar la poesía que Laura Calvo vuelca en “Chimangos”, libro recientemente publicado por la Editora Municipal Bariloche.
Autorreferencial, “está muy ligado a mi vida, con la cuota de ficción que tiene una obra. Es un libro que refleja lo que acontece en una casa plantada en el corazón de este paisaje y sus inmediaciones”, define la autora.
Fruto de la labor de un año, incluye apreciaciones sobre manifestaciones de la naturaleza. Con la ceniza volcánica “aparece lo que significó para nosotros y para la tierra esa experiencia tan fuerte que nos tocó vivir. Fenómenos que hacen surgir aspectos del interior que tenemos adormecidos”.
Amplía desde los versos: Y a no quejarnos de las ráfagas que llevan la ceniza a otra parte,/ ni de la arena que aún subsiste para recordarnos/ que el precio de la belleza es alto,/ que el aire y el agua son igual de caros,/ que la pluma del volcán que vemos desplazarse en la pantalla/ como una estela de puntos luminosos no es virtual,/ aunque podría serlo si no estuviéramos tan cera./ Nunca el gris tan parejo,/ el azul tan deseable,/ el verde tan noble./ En las mesas de Navidad no hubo corderos./ Los corderos se murieron en la estepa de tanto masticar arena:/ la lengua hinchada, los dientes flojos, el intestino endurecido./ De muerte lenta se murieron./ No hubo sangre esta vez./ No hubo ofenda.
Tarea autoimpuesta, los pensamientos hallaron impronta a través de la escritura diaria “Les llamo crónicas doméstico poéticas. En algún momento son extensibles, salen a lo social. Sin tener ese carácter, se abren a lo que ocurre en el mundo”.
Lo cotidiano abre ventanas cuando Calvo expresa: Aprovecho la lluvia para trasplantar nomeolvides./ La tierra humedecida acoge los plantines,/ los envuelve en su oscura flojedad/ y yo me desentiendo./ Las nomeolvides tienen eso de no necesitar mayor cuidado,/ crecen como los recuerdos/ al amparo del cielo de quien toman su color./ Si seco las florcitas entre las hojas de algún libro/ al tiempo las encuentro perfectamente embalsamadas.
Exponerse, “mostrarse, desnudar algo muy propio y ponerlo a la vista es bueno. Lo siento así. Es un libro donde aparecen mis hijos, en otros he hablado muy poco de mis cosas personales. Es también un regalo para mis nietos, ellos aparecen como seres que habitan la casa, con su nombre. Tienen protagonismo porque marcan un momento de mi vida. Es como que el libro sitúa en la puerta de otra etapa, quizá en la inauguración de la vejez”, dice.
Lo que duele molesta:/ molesta el gas, la indigestión;/ gestionar molesta, convocar, pedir perdón./ Y si hay que estirar las piernas,/ si hay que girar completamente la cabeza,/rebasar el límite impuesto/ por las primeras y las últimas vértebras,/ ¡Claro que molesta!,/ lo que falta o sobra,/ se deteriora o crece./ Apago la luz y acomodo la clavícula quebrada/ en el momento de nacer./ Atado a mi espalda para favorecer la soldadura,/ el bracito se revela ante tanta inmovilidad./ Tras los barrotes de la cuna aprendo a aburrirme.
Reconociéndolo “como legado; integra la casa, la familia, los árboles, el paisaje, la montaña, todo…” y escribe la poeta: Mis hermanos y yo somos los únicos/ que estuvimos en el mismo lugar nunca visitado por nadie./ Mi hermano fue el primero que lo conoció,/ permaneciendo cerca de mí para recordármelo./ Mi hermana fue la última y la primera en irse./ Yo quedé entre los dos,/ pensando que morir será como volver a ese lugar/ que nos contuvo a los tres.
La puntada final, que bien podría incitar al repaso detallista, llega desde la última página: Amanece escarchado./ Con las brasas de anoche encendemos el fuego/ que crepita enseguida./ Una bandada de chimangos rompe la niebla espesa/ al vislumbrar los restos que les tiramos de la cena./ Ellos exhiben su carácter con total franqueza:/ giran enloquecidos, caen y se retiran./ La niebla cubre las rajaduras,/ la calma vuelve al aire./ De la cocina llega olor a pan tostado./ En dos horas el sol se estará abriendo paso/ y todo volverá a ser como era:/ bosque, lago, montañas, libros,/ una sucesión puesta a prueba para echársele encima/ como cualquier bicho de esos.
Si el material contenido en “Chimangos” nació en formato poético, “Tándem” reúne diez cuentos. También obtuvo una mención del jurado durante el certamen organizado por la editora municipal y pasará por la imprenta. Brevemente, Calvo la define como una obra centrada en “historias de viajes e historias ´en´ viaje. Un tránsito variado de personajes y conflictos en cada cuento”.
Dos libros que, con sello local, suman títulos a la vasta producción de Laura Calvo.
DeBariloche
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