Iowa y la alquimia presidencial en EE. UU.

Por Redacción

Cada cuatro años, con días grises y campos nevados, en un pequeño estado del centro-oeste de Estados Unidos se cumple uno de los ritos más singulares del proceso electoral presidencial del país. Demócratas y republicanos ponen en marcha su maquinaria para decidir quién será el candidato que disputará la Casa Blanca. El intenso proceso de selección que se iniciará en Iowa el 1 de febrero concluirá en julio, cuando los dos partidos dominantes jueguen su última carta y nombren al “elegido” por mayoría en las convenciones nacionales. Iowa es el corazón del cinturón maicero estadounidense, con un abrumador 92% de población blanca y una fuerte presencia de descendientes de alemanes. Es el lugar donde el escritor local Robert James Waller deshiló aquella romántica e intensa relación clandestina entre una solitaria ama de casa y un fotógrafo en su novela “Los puentes de Madison County”. Pero la paradoja, la gran paradoja, es que un estado de tres millones de habitantes, con una reducida representación en el Colegio Electoral –que elige al presidente–, no gravita para influir en la elección nacional. Tampoco en el proceso de nominación de las candidaturas –republicana o demócrata–, ya que sólo representa el uno por ciento de los delegados que seleccionarán a los candidatos en las convenciones partidarias. Pero los resultados allí suben o bajan el pulgar sobre los nominados. Y a pesar de que no se trata de un estado representativo de la diversidad étnica, social o cultural del país, la viabilidad de la candidatura de Barack Obama en el 2008 quedó confirmada por los resultados favorables en este estado. Ganó la asamblea electoral y logró el impulso para la nominación demócrata, para finalmente llegar a la Casa Blanca. Una de las mayores ironías raciales de la historia política de Estados Unidos, como la ha calificado el profesor de la Universidad de Maryland, Thomas Schaller. Pero lo que puede suceder en Iowa, sin embargo, se ha convertido en una obsesión permanente para los candidatos. Donald Trump visitó el estado 18 veces; Ted Cruz, 23 y Mike Huckabee, alrededor de 28. En el lado demócrata, Hillary Clinton y Bernie Sanders lo hicieron en 16 ocasiones y Martin O’Malley, en 22. ¿Cuál es el misterio? ¿Qué es lo que determina que a un estado tan pequeño y tan atípico se le preste semejante atención en el proceso de selección interna? Desde mediados de los años 70, cuando ganó su lugar en el escenario político, Iowa quedó al comienzo del calendario electoral con su sistema de “caucus” o asambleas ciudadanas, un complejo proceso con elementos de democracia directa y distinto al de las elecciones primarias que sigue la mayoría de los otros estados. En Iowa, los electores se reúnen en lugares públicos o privados, escuchan discursos, discuten ideas de los precandidatos y luego votan. Pero el proceso de selección no es idéntico para republicanos y demócratas. Para los primeros es a través de votos depositados en una urna mientras que en el caso de los demócratas los asistentes se dividen por grupos de interés y la votación se realiza de viva voz. Es el momento en el que el país percibe a los contendientes con más posibilidades y acapara la atención de los analistas políticos y de los medios de comunicación. La cobertura mediática permite sumar simpatizantes y con ello fluyen los recursos de los donantes, algo indispensable para sostener una larga y costosa contienda electoral. El triunfo en Iowa de ningún modo garantiza la elección, pero puede marcar la expectativa de una victoria. Una derrota o un mal desempeño, por el contrario, acaba sin más con las aspiraciones presidenciales de un candidato. Iowa está considerado como un estado cambiante que da sorpresas a último minuto. Pero la nación observa y espera los primeros resultados y recuerda que, desde 1980, los demócratas de Iowa acertaron en ocho oportunidades con el nominado presidencial pero los republicanos sólo en dos. (*) Abogado y diplomático

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Eduardo Tempone – @eduardo_tempone