Irrepetibles
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Seguro le tocó alguna vez enfrentar a uno o más niños inquietos, mucho más inquietos de los que uno podría imaginar. Y seguro también que con el paso de los años le tocó volver a verlos mucho más calmos y adultos, aunque tal vez jamás olvidó sus tropelías de niños. Ni los “tatequieto” de la abuela ni el “sosegate” del abuelo eran suficientes para que se calmaran. Sus padres tampoco podían cuando los dos, porque encima eran dos, se levantaban con ganas de hacer travesuras. Desde esconder a uno de sus hermanos en el horno de la cocina y dejar que su madre lo buscara por horas hasta tirarle arena a una mujer recién salida de la peluquería forman parte de la lista de macanas que se mandaron en su infancia. Pero resultaban queribles, inquietos pero queribles. Amorosos en apariencia pero capaces de hacer muchas macanas juntas. Algunos decían que salieron al padre, que según los relatos, había sido un poco como ellos en su infancia, otros en cambio aseguraban que llevaban el mismo diablo en su cuerpo. Pero los diagnósticos no fueron suficientes, no había consejo que los calme, sólo el paso del tiempo pudo con ellos y les trajo la paz que todos anhelábamos. No me lo contaron, vi muchas de sus locuras de chicos, como subirse sobre la heladera para escapar de su hermano que lo perseguía. Jorge y Guillermo hoy están cerca de los 30, pero dejaron su sello de muchos años inquietos. Mellizos que llamaban la atención en el pueblo, allá en Andalgalá, en Catamarca, cuando su madre los sacaba a pasear de bebés. Sin embargo, por muchos años nunca dejaron de llamar la atención por la infancia particularmente divertida que tenían y por duplicado. Una vez se nos juntaron dos cuestiones. Coincidió que sus padres no lograban que dejaran los chupetes con la fecha de la llegada de Los Reyes Magos. No habría mejor oportunidad para encontrar el modo que dejaran ese vicio que según su mamá les deformaría la boca, les hundiría el paladar y no sé cuántos males más les vendrían encima si no abandonaban esa goma. Y acordamos con mis hermanos que cada uno haría el papel de un rey mago, pero con sumo cuidado porque con el ritmo de los mellizos, era posible que nos descubrieran y hasta que nos dejaran sin disfraces. Llegamos a la ventana de su habitación alrededor de las dos de la mañana. Golpeamos y como un resorte saltó Guillermo, que por entonces era el más eléctrico. Somos los reyes magos y venimos a traer sus regalos, les dijimos. Con mucha precaución y con algo de temor abrieron la ventana. Se asomó Guillermo y segundos después Jorge. Los regalos eran lo que ellos habían pedido, pero debíamos ponerle como condición para la entrega que a cambio nos dieran los chupetes. Y les dijimos que traíamos los regalos pero nos debían dar los chupetes. Uno dijo sí al instante, pero Jorge, tal vez con la esperanza de salvar su chupete, llevó de inmediato las manos a la espalda y nos dijo “yo no tengo chupete”. Con un poco de pena insistimos y también entregó el suyo. Esos reyes muy particulares habían resuelto algo que sus padres venían intentando desde hacía tiempo. Confieso que fue la única vez en sus vidas que los vi claudicar, claro, eran niños de no más de tres o cuatro años. El resto de sus vidas fue siempre un eterno desafío. Cómo será la imagen que dejaron de su infancia, que 20 años después nos encontramos en Córdoba con un tío que recordaba cómo le tiraron arena a una mujer que recién salía de la peluquería lista para un casamiento. No sé si habrá personajes como ellos, creo que así, en dupla, son únicos e irrepetibles. Como cada cosa que hicieron en sus vidas.
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