Italia en la mira

Redacción

Por Redacción

Antes de que Irlanda se viera abrumada por la crisis bancaria feroz que fue provocada por el estallido de una burbuja inmobiliaria descomunal, los operadores financieros que hablaban despectivamente de los “PIGS” –en inglés, “cerdos”– incluían en la lista de países supuestamente manirrotos a Italia, además de Portugal, Grecia y España por suponer que, las apariencias no obstante, estaba en condiciones de afrontar sus obligaciones. Un par de días atrás, la confianza así supuesta se esfumó. Con rapidez alucinante, se difundió por los mercados la sensación de que a la economía italiana, la séptima del mundo, le esperaba un futuro no muy distinto de aquél de Grecia. Sin embargo, mientras que el país más fuerte de la Eurozona, Alemania, puede obligar a los griegos a comprometerse a reducir drásticamente el gasto público y vender empresas estatales a cambio de un rescate, nadie lo cree capaz de tratar del mismo modo a los italianos, porque los costos serían incomparablemente mayores. Como fue de prever, España no tardó en verse “contagiada”; el lunes, la prima de riesgo subió de golpe y el índice bursátil más importante se desplomó, si bien no tanto como su equivalente italiano. Así, pues, luego de algunas semanas de tranquilidad relativa, la Eurozona se acercó nuevamente al abismo. Que la economía italiana esté en problemas dista de ser una novedad. En lo que va del siglo XXI, el producto per cápita de Italia no ha aumentado; según las estadísticas disponibles, sólo Haití y Zimbabwe han tenido un desempeño peor. La deuda pública supera el 120% del producto anual, el nivel de vida de amplios sectores propende a bajar y los jóvenes más talentosos emigran al norte de Europa o, si pueden, a Estados Unidos o Canadá, en busca de horizontes menos estrechos. Es que la sociedad italiana, como la nuestra, en el fondo resulta ser muy conservadora a pesar de la efervescencia superficial. Aunque muchos quisieran que cambiara, la clase política se ha acostumbrado tanto a administrar una crisis que ya es crónica que los esfuerzos en tal sentido suelen agotarse muy pronto. Por lo demás, la corrupción ya endémica se ha visto agravada porque, además de gobernar, el primer ministro Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia, se siente constreñido a dedicar buena parte de su tiempo a minimizar el impacto de los muchos escándalos que ha visto involucrado y a defender sus propios intereses comerciales. De todos modos, parecería que han fracasado los esfuerzos por limitar el mal financiero que está sufriendo la Eurozona a países “periféricos” chicos como Grecia, Portugal e Irlanda. Ya afecta no sólo a España sino también a Italia. Pronto podría llegar a Francia, cuyos bancos tienen en su cartera 500.000 millones de dólares en valores italianos y otros 175.000 millones en españoles. Puede entenderse, pues, que tantos teman que la turbulencia de los días últimos sea sólo un preludio, que a menos que los gobiernos de Alemania y Francia tomen medidas drásticas las semanas próximas se vean agitadas por convulsiones más violentas que aquellas que siguieron al hundimiento de Lehman Brothers en septiembre del 2008. El dilema que, les guste o no, tendrán que enfrentar los equipos de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy es evidente. Para salvar el euro que tanto ha beneficiado a sus países respectivos, les sería forzoso hacer de la Eurozona una unión fiscal genuina, asumiendo la plena responsabilidad por las deudas que han acumulado los socios menos ahorrativos, pero no quieren ir tan lejos porque la mayoría de los alemanes y franceses, tan orgullosos ellos de su propio rigor financiero, se opone a subsidiar a quienes cree son despilfarradores indisciplinados. Otra alternativa consistiría en resignarse a la división de la Eurozona en dos o más partes, lo que entrañaría el riesgo del colapso de la Unión Europea, una eventualidad que tendría profundas consecuencias geopolíticas y que, por razones comprensibles, aún les parece inconcebible. De las dos opciones, la primera sería la menos mala, pero mientras el gobierno alemán y, en menor medida, el francés sigan brindando la impresión de estar más interesados en castigar a los socios en dificultades por su resistencia a ajustar, será escasa la posibilidad de que logren ponerse a la altura de las circunstancias.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 14 de julio de 2011


Antes de que Irlanda se viera abrumada por la crisis bancaria feroz que fue provocada por el estallido de una burbuja inmobiliaria descomunal, los operadores financieros que hablaban despectivamente de los “PIGS” –en inglés, “cerdos”– incluían en la lista de países supuestamente manirrotos a Italia, además de Portugal, Grecia y España por suponer que, las apariencias no obstante, estaba en condiciones de afrontar sus obligaciones. Un par de días atrás, la confianza así supuesta se esfumó. Con rapidez alucinante, se difundió por los mercados la sensación de que a la economía italiana, la séptima del mundo, le esperaba un futuro no muy distinto de aquél de Grecia. Sin embargo, mientras que el país más fuerte de la Eurozona, Alemania, puede obligar a los griegos a comprometerse a reducir drásticamente el gasto público y vender empresas estatales a cambio de un rescate, nadie lo cree capaz de tratar del mismo modo a los italianos, porque los costos serían incomparablemente mayores. Como fue de prever, España no tardó en verse “contagiada”; el lunes, la prima de riesgo subió de golpe y el índice bursátil más importante se desplomó, si bien no tanto como su equivalente italiano. Así, pues, luego de algunas semanas de tranquilidad relativa, la Eurozona se acercó nuevamente al abismo. Que la economía italiana esté en problemas dista de ser una novedad. En lo que va del siglo XXI, el producto per cápita de Italia no ha aumentado; según las estadísticas disponibles, sólo Haití y Zimbabwe han tenido un desempeño peor. La deuda pública supera el 120% del producto anual, el nivel de vida de amplios sectores propende a bajar y los jóvenes más talentosos emigran al norte de Europa o, si pueden, a Estados Unidos o Canadá, en busca de horizontes menos estrechos. Es que la sociedad italiana, como la nuestra, en el fondo resulta ser muy conservadora a pesar de la efervescencia superficial. Aunque muchos quisieran que cambiara, la clase política se ha acostumbrado tanto a administrar una crisis que ya es crónica que los esfuerzos en tal sentido suelen agotarse muy pronto. Por lo demás, la corrupción ya endémica se ha visto agravada porque, además de gobernar, el primer ministro Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia, se siente constreñido a dedicar buena parte de su tiempo a minimizar el impacto de los muchos escándalos que ha visto involucrado y a defender sus propios intereses comerciales. De todos modos, parecería que han fracasado los esfuerzos por limitar el mal financiero que está sufriendo la Eurozona a países “periféricos” chicos como Grecia, Portugal e Irlanda. Ya afecta no sólo a España sino también a Italia. Pronto podría llegar a Francia, cuyos bancos tienen en su cartera 500.000 millones de dólares en valores italianos y otros 175.000 millones en españoles. Puede entenderse, pues, que tantos teman que la turbulencia de los días últimos sea sólo un preludio, que a menos que los gobiernos de Alemania y Francia tomen medidas drásticas las semanas próximas se vean agitadas por convulsiones más violentas que aquellas que siguieron al hundimiento de Lehman Brothers en septiembre del 2008. El dilema que, les guste o no, tendrán que enfrentar los equipos de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy es evidente. Para salvar el euro que tanto ha beneficiado a sus países respectivos, les sería forzoso hacer de la Eurozona una unión fiscal genuina, asumiendo la plena responsabilidad por las deudas que han acumulado los socios menos ahorrativos, pero no quieren ir tan lejos porque la mayoría de los alemanes y franceses, tan orgullosos ellos de su propio rigor financiero, se opone a subsidiar a quienes cree son despilfarradores indisciplinados. Otra alternativa consistiría en resignarse a la división de la Eurozona en dos o más partes, lo que entrañaría el riesgo del colapso de la Unión Europea, una eventualidad que tendría profundas consecuencias geopolíticas y que, por razones comprensibles, aún les parece inconcebible. De las dos opciones, la primera sería la menos mala, pero mientras el gobierno alemán y, en menor medida, el francés sigan brindando la impresión de estar más interesados en castigar a los socios en dificultades por su resistencia a ajustar, será escasa la posibilidad de que logren ponerse a la altura de las circunstancias.

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