Jihad populista

Redacción

Por Redacción

En un intento de asustar al electorado para que no vote por Ricardo López Murphy, el candidato duhaldista Néstor Kirchner ha echado mano a un aviso televisivo en el que se ve a Fernando de la Rúa «huyendo» de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero. El mensaje es claro: de resultar elegido presidente López Murphy, no podría concluir su mandato constitucional porque no lo permitiríamos. Es que si bien De la Rúa cometió muchos errores, el fracaso humillante de su gestión se debió en buena medida a la hostilidad cerril del caudillo vitalicio radical Raúl Alfonsín, su escudero Leopoldo Moreau y el cacique peronista bonaerense Eduardo Duhalde. Aunque es probable que la actitud de éstos, sobre todo de Duhalde, y de muchos otros tuviera bastante que ver con sus ambiciones personales, incidió de forma decisiva la convicción compartida de que el pronto a ser ex presidente, para no hablar de López Murphy, encarnaba «el neoliberalismo», doctrina que a su entender estaba destruyendo el país poniéndolo al servicio de siniestros intereses foráneos, de suerte que para derrotarlo tenían derecho a violentar las reglas constitucionales.

El fanatismo así supuesto, combinado con la costumbre de acusar a cualquiera que pretenda sanear las finanzas nacionales de ser un «neoliberal» y por lo tanto enemigo de las esencias nacionales, es muy peligroso porque, además de suministrar a los violentos un pretexto para emplear métodos poco democráticos, hace virtualmente imposible que un ministro de Economía pueda tomar las medidas exigidas por las circunstancias sin verse frente a protestas callejeras en gran escala. Aunque ya no cabe duda de que si López Murphy hubiera podido instrumentar el programa que anunció a comienzos de su breve paso por el Ministerio de Economía, las consecuencias concretas para el país habrían sido decididamente menos «salvajes» que las provocadas por el default jubiloso que nos deparó Adolfo Rodríguez Saá y la «devaluación asimétrica», la más brutal que conociera cualquier país en los años últimos, que ordenó Duhalde, el que López Murphy se haya visto calificado de «neoliberal» mientras que los responsables del default y de una devaluación pésimamente manejada fueran populistas y por lo tanto, se suponía, personajes solidarios, ha significado que para muchos el intento de ahorrarnos males mayores sigue pareciendo peor que las torpezas indecibles que aseguraran que dichos males resultaran mucho peores de lo que hasta los más pesimistas habían vaticinado.

López Murphy ha afirmado que «no va a haber helicóptero para este presidente», pero ya sabrá que de triunfar en las elecciones tendrá que hacer frente a la oposición implacable de quienes creen que llamar a alguien «neoliberal» es más que suficiente como para condenarlo al infierno. En efecto, además de los seguidores de Alfonsín, Moreau y Duhalde -el que ya ha jurado que defenderá su «modelo» contra cualquiera que se anime a tocarlo-, un hipotético presidente López Murphy tendría que vérselas con las dos CGT, la de «los gordos» y la liderada por el siempre belicoso Hugo Moyano, con las huestes furibundas de la izquierda combativa y con los piqueteros.

Si sólo fuera una cuestión de ambiciones personales, podría decirse que sería mejor reconocer la triste realidad así planteada, pero sucede que hay mucho más en juego. A menos que la Argentina logre liberarse de una corporación política y sindical que ya está habituada a emplear el horror santo que supone debería inspirar la mera palabra «neoliberal» -vocablo que a esta altura significa cualquier cosa que no le guste-, no le será posible reordenarse para que por fin pueda funcionar como un país «normal». Al fin y al cabo, lo que propone López Murphy no es nada de otro mundo. Por el contrario, en términos objetivos el programa que desde años está promoviendo es más «izquierdista» que los vinculados con socialistas europeos como el español Felipe González y el francés François Mitterrand. Sin embargo, parecería que en las filas del ultraconservadurismo populista lo objetivo pesa poco, mientras que la especie de odium theologicum que subyace en los discursos de tradicionalistas como Alfonsín, Duhalde y tantos otros representantes del calamitoso statu quo nacional, es en última instancia lo que determina la conducta de políticos hasta ahora muy poderosos.


En un intento de asustar al electorado para que no vote por Ricardo López Murphy, el candidato duhaldista Néstor Kirchner ha echado mano a un aviso televisivo en el que se ve a Fernando de la Rúa "huyendo" de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero. El mensaje es claro: de resultar elegido presidente López Murphy, no podría concluir su mandato constitucional porque no lo permitiríamos. Es que si bien De la Rúa cometió muchos errores, el fracaso humillante de su gestión se debió en buena medida a la hostilidad cerril del caudillo vitalicio radical Raúl Alfonsín, su escudero Leopoldo Moreau y el cacique peronista bonaerense Eduardo Duhalde. Aunque es probable que la actitud de éstos, sobre todo de Duhalde, y de muchos otros tuviera bastante que ver con sus ambiciones personales, incidió de forma decisiva la convicción compartida de que el pronto a ser ex presidente, para no hablar de López Murphy, encarnaba "el neoliberalismo", doctrina que a su entender estaba destruyendo el país poniéndolo al servicio de siniestros intereses foráneos, de suerte que para derrotarlo tenían derecho a violentar las reglas constitucionales.

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