Jorgela Argañaráz, trazos de pincel con historia
La artista viedmense expone sus obras en dos galerías porteñas. En la entrevista con cuenta cómo surgieron los temas de esta expo. Un doloroso hecho personal que se transformó en cuadros
ARTE
Hasta fin de mayo, simultáneamente en Galería Ricardo López, y en la planta baja del Teatro Colón, la artista viedmense Jorgela Argañaráz expone pinturas de la serie más reciente de su incesante producción. “La propuesta pictórica desplegada en estas telas encuentra un punto alto de madurez”, escribió el curador Miguel Ronsino en el catálogo de las muestras, quien agregó que las obras reflejan “una operación plástica muy concentrada y fuertemente vivenciada, en la que Jorgela entrega fundamentos visuales detonantes, cuadros como puertas que se abren en nosotros ofreciéndonos la posibilidad de dejarnos mirar”. La artista plástica viedmense, conocida además por dirigir una agencia de prensa y comunicación con artistas en su mayoría músicos, eligió para definir ambas muestras el título del poema homónimo de Oliverio Girondo. “En la sed/en el ser/ en las psiquis…”
“Todo este trabajo se inició con el tema de la falta de gravedad. Los árboles que vemos no tienen raíces en la tierra, en una roca, en nada firme, y gravitan en el espacio o flotan en mares, pero sin sostén, sueltos… Comenzamos a jugar con las palabras, como hace Oliverio, con la rotación, con la gravedad, con lo que está agarrado. A la esposa de Ronsino le apareció este poema y fue genial porque encerraba un montón de cosas vinculadas al nombre que buscábamos y no encontrábamos”, explica a “Río Negro”.
-Nada es casual y menos en la obra de un artista…
-La serie empezó en octubre. El árbol, como personaje, lo estoy abordando desde hace más o menos tres años, en lugar de tomar un modelo vivo, humano o animal. Me fui a pintar uno que estuve siguiendo durante mucho tiempo en Hudson; lo veo en una filmación (del director de fotografía Daniel Ortega, que ha trabajo con Daniel Burman, entre otros realizadores), comienzo a trabajarlo, a soñarlo, a inventarlo y me lo aprendo de memoria; tenía ramas larguísimas que se metían en la tierra y volvían a salir… Es un roble de los que prácticamente no hay en Argentina, lo trajeron de Europa y lo plantaron hace más de ciento cincuenta años en un campo camino a Mar del Plata. Lo busqué hasta que di con la dueña del lugar; le insistí mucho para que me dejara entrar a pintarlo. P; primero no me daba permiso y un día le expliqué que yo llevaba todo lo que necesitaba en el auto, el agua, el taller, solo necesitaba estar cerca del roble… Mañana a partir de las seis, podés venir, me contestó. Cargué todo y me fui con una tormenta tremenda, cayeron rayos, me protegí en el auto, aclaraba un poco y volvía a salir, y allí boceté unas cinco telas. Se me mojaba el acrílico, había bajado los asientos de atrás y ahí los protegía, tenía prendida la calefacción para ayudar al secado. Me empapé. Seguí pintado hasta que ya casi no quedaba luz y me fui. Después se dio la despedida de mi vieja, la muerte de mamá (en octubre 2014), y así apareció esta serie que pinté desde ese momento hasta ahora. Sin saberlo. Todos los árboles sin estar agarrados a la tierra. Me lo mostró el mismo curador, no tienen sustento, es como que se soltaron, se fueron sin gravedad o están en el agua, algo muy relacionado con perder una raíz tan fuerte como mi madre, que tuvo una fuerza impresionante en mi vida. En el momento que la perdés te das cuenta de la magnitud de la pérdida y de lo viva que está.
-¿Qué te dicen ahora, las obras terminadas?
-Es muy raro… Porque ya no me pertenecen, no sé cómo las hice, de dónde salieron, quién las hizo, alguien que no soy yo… Es extrañísimo porque sucede que tengo un plan y cuando voy a la tela, ese algo planeado no existe. Hay como una escisión que me excede, me supera, en relación al camino por el cual va a ir la obra. Muchas veces sueño la paleta que voy a trabajar y termina saliendo otra cosa. Me obsesionó la idea de muchas galaxias desconocidas, paralelas y esa cuestión del infinito… Un universo surgido a partir de la muerte de mi vieja. Fue como un disparador existencial, después me di cuenta. Eso pasó en todos estos últimos meses, lo que sucedió con mi cabeza, con mi estado de ánimo. Descubrí que los árboles no estaban en la tierra, cuando vemos el conjunto, con el curador. No mientras pintaba. Están moviéndose pero sin sujeción, tanto en el agua como en el espacio.
-En tránsito…
-Existe esa fantasía de la eternidad del otro y de uno mismo. Vivimos con la idea de que siempre vamos a vivir. Por eso podemos hacerlo… Seguimos adelante sin pensar que algún día vamos a morir. La vida es hoy, vamos! Empezás a vivir distinto a partir de la muerte de tus padres.
–Pasás a un plano de referencia distinto.
-En una perspectiva natural, sos vos el próximo, sí. Bueno, la experiencia de Hudson fue tremenda, con enormes confluencias, como verás… Muy fuerte. Llegué al campo, la dueña me acompañó por un camino bajo una cúpula verde muy alta y allá lejos, en un claro, estaba el roble. Y me puse a llorar, como ahora.
Eduardo Rouillet
eduardorouillet@gmail.com