La amenaza norcoreana

Por Redacción

Con la excepción de los integrantes del puñado de individuos que por motivos insondables encuentran simpática la dictadura comunista de Corea del Norte que además de encarcelar, torturar o asesinar a todos los disidentes ha hambreado a buena parte de la población del país, hasta los enemigos más furibundos de Estados Unidos tienen buenas razones para sentirse agradecidos por el hecho nada anecdótico de que el país más poderoso del planeta sea una democracia occidental. De no ser por la capacidad militar de la superpotencia, a los demás países no les cabría otra alternativa que la de ceder frente a las pretensiones desmedidas del régimen del psicópata Kim Jong-il o, caso contrario, armarse hasta los dientes con el propósito de enfrentarlo en una guerra que podría costar millones de vidas. Tan peligrosa se ha hecho la situación provocada por el chantaje nuclear norcoreano -la dictadura afirma no sólo poseer armas nucleares sino que también amenaza con «exportarlas»-, que el Japón, país cuyo presupuesto militar ya es el segundo del mundo, pronto podría abandonar el pacifismo de medio siglo a fin de prepararse para cualquier eventualidad, lo que, es innecesario decirlo, sembraría alarma en todo el Asia oriental.

Tal como suele suceder cuando es cuestión de los muchos problemas que aquejan a las atribuladas sociedades musulmanas, los más quieren que la crisis protagonizada por Corea del Norte se reduzca a un enfrentamiento bilateral entre Washington y Pyongyang, el foco de tensión de turno. Es ésta la actitud de Corea del Sur, China y Rusia, países que colindan con Corea del Norte y que en el caso de que estallara un conflicto sufrirían incomparablemente más que Estados Unidos. También piensa del mismo modo el dictador Kim Jong-il, quien se resiste a que los países de la región participen de las «negociaciones» en torno de sus aspiraciones nucleares. Según parece, Corea del Norte estaría dispuesta a moderarlas a cambio de mucho dinero, ayuda alimentaria en gran escala -la que sería acaparada por las fuerzas armadas- y, es de suponer, otras concesiones todavía no planteadas. Aunque en esta oportunidad Estados Unidos quisiera compartir las responsabilidades del poder con otros países, no podría hacerlo porque los críticos más agrios del «unilateralismo» norteamericano son los más reacios a arriesgarse cooperando plenamente en un esfuerzo «multilateral» por solucionar problemas realmente graves como el supuesto por la conducta de la dictadura decrépita pero así y todo peligrosísima que se da en Corea del Norte.

Huelga decir que las opciones ante los demás países -es decir, en la práctica, ante Estados Unidos- no son nada gratas. Una invasión destinada a eliminar una tiranía de brutalidad indecible sería mucho más costosa que la que acaba de terminar con la dictadura iraquí, porque la artillería norcoreana podría alcanzar con facilidad los grandes centros urbanos de la vecina Corea del Sur, entre ellos Seúl, mientras que el régimen ya ha probado misiles que serían capaces de provocar estragos significantes en el Japón, China y Rusia. Resignarse a que Corea del Norte se erigiera en una potencia nuclear dotada de centenares de bombas aumentaría exponencialmente el riesgo de que las consiguieran otros regímenes totalitarios o grupos terroristas, además de desatar una carrera armamentista alocada en Asia oriental. Ceder frente a Kim Jong-il, aceptando subsidiarlo con tal que no ataque a sus vecinos, significaría someterse a un chantajista que como resultado con toda seguridad se pondría a exigir cada vez más. Se trata, pues, de un desafío que debería enfrentar toda la «comunidad internacional» porque el precio de permitirle a un dictador como Kim Jong-il salirse con las suyas sería sin duda alguna pesadillesco, pero puesto que demasiados integrantes de dicha «comunidad» están más interesados en aprovechar las dificultades que surjan para limitar la libertad de acción de la superpotencia que en colaborar con ella por tratarse de la única democracia que cuente con el poder militar necesario para impedir que volvamos a la ley de la selva, el régimen de Corea del Norte no carecerá de motivos para seguir convencido de que si continúa profiriendo amenazas terroríficas logrará cuanto objetivo, por extravagante que fuera, se le ocurra proponerse.


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