La apoteosis de Cristina
A los impulsores de la re-reelección les es forzoso creer que sería francamente inconcebible que la Argentina se dejara gobernar por un mortal común mientras esté dispuesta a hacerlo Cristina, la Sarmiento del siglo XXI, la reencarnación del gran arquitecto egipcio responsable de la construcción de la Gran Pirámide de Giza, una de las siete maravillas del mundo antiguo, y, para más señas, la viuda del “héroe colectivo”, también conocido como el “Nestornauta”, que con cierta frecuencia le da consejos desde el lugar privilegiado que ocupa en el más allá. ¿La toman por una diosa? Aunque las opiniones en torno a este asunto de importancia fundamental están divididas, los simpatizantes menos inhibidos de Cristina parecen resueltos a convencernos de que posee atributos que merecerían la envidia de muchas deidades foráneas. Desde su punto de vista particular, hoy en día escasean los países que cuentan con un recurso humano –mejor dicho, superhumano– tan excepcional. Por motivos de fuerza mayor, o sea aquellas bombas atómicas, a inicios de 1946 el entonces emperador del Japón, Hirohito, tuvo que renunciar a la divinidad. En cuanto a su sucesor, Akihito, se limita a desempeñar un papel que es meramente simbólico, protocolar; para indignación de los tradicionalistas, reina como hacen sus homólogos decorativos de Europa. Asimismo, aunque el mandatario actual de Corea del Norte, Kim Il-sung, superó el inconveniente que le supuso su muerte en 1994 al transformarse en “presidente eterno”, de acuerdo común es a lo mejor un semidiós, un equivalente oriental del “Nestornauta”, puesto que, a diferencia de Cristina, no le ha sido dado encargarse personalmente de las tareas gubernamentales cotidianas. Todavía hay gobernantes que dan a entender que se sienten acompañados por el Dios con mayúscula de los cristianos o judíos, el Alá de los mahometanos o una, tal vez todas, de la plétora de deidades hindúes, pero hablan así por querer llamar la atención a su propia piedad, no porque esperen que sus compatriotas los crean respaldados por legiones celestiales capaces de fulminar a quienes se atrevan a oponérseles. Es su manera de decir que somos normales, personas humildes que se arrodillan ante algo que es mucho más poderoso que nosotros. En cambio, a juzgar por lo que están haciendo, Cristina y sus asesores teológicos de La Cámpora se han propuesto crear algo parecido a un culto religioso nuevo. Puede que hayan tenido algo similar en mente ciertos embelesados admiradores progres del norteamericano Barack Obama, como el editor de la revista “Newsweek” que lo declaró “una especie de dios” que está “por encima del país, y del mundo”, pero parecen haber llegado últimamente a la conclusión de que su héroe aún tendría que rendir algunas materias antes de ser admitido al Olimpo. Es una suerte: de insistir los demócratas en la hipotética divinidad de Obama, la campaña electoral que está entrando en su fase final resultaría ser una batalla a muerte entre los idólatras del presidente y las huestes aún más fervorosas de la llamada “derecha religiosa”. A Cristina le gusta trazar paralelos entre su propia trayectoria y la de ciertas eminencias del pasado, incluyendo, desde luego, al arquitecto egipcio, su empleador, el faraón Keops, y, aunque sólo fuera por algunos minutos, Domingo Faustino Sarmiento. Puede que el mismísimo Jesucristo pronto se vea incorporado al elenco, lo que molestaría bastante a los obispos católicos y los pastores evangelistas. Sea como fuere, para Cristina, los pibes de La Cámpora que se han puesto a pescar almas en las cárceles, colegios secundarios y jardines de infantes del país son apóstoles de la nueva fe kirchnerista, razón por la que hace poco no titubeó en equipararlos con quienes desafiaban a los romanos para llevar el evangelio de Jesucristo a los marginados de aquellos tiempos. Como Cristina subrayó, de haber estado en condiciones de hacerlo, los imperialistas de un par de milenios atrás hubieran puesto “un 0-800” para que los vecinos de lo que más tarde sería la Tierra Santa denunciaran las actividades subversivas de los militantes de la versión bíblica de La Cámpora. Si bien parecería que, como los primeros apóstoles cristianos a quienes están tratando de emular, los pibes del ala juvenil del kirchnerismo aún no disponen de textos sagrados definitivos, ya es posible discernir los contornos del culto que están plasmando. Por ahora, Cristina cumplirá el rol de la suma sacerdotisa, Néstor aquel del precursor que murió, si en su caso tal palabra puede considerarse apropiada, luchando heroicamente contra un ejército de neoliberales satánicos, oligarcas golpistas, plutócratas colonialistas y otros representantes del mal. Puede que andando el tiempo se vea modificada la jerarquía así supuesta, al ser relegado el “Nestornauta” al papel de Juan el Bautista, el encargado de anunciar la llegada próxima de la salvadora de un pueblo traicionado por una generación tras otra de políticos venales y financistas voraces, pero por tratarse de una obra en construcción sería prematuro especular acerca de la forma definitiva que asumirá el cada vez más ambicioso relato cristinista. De todas maneras, para justificar la re-re, los seguidores de Cristina han tenido forzosamente que exaltarla por encima del resto del género humano. Si corre la voz de que no es dueña de poderes misteriosos reservados para ciertos elegidos y que por lo tanto sería una locura pensar en prescindir de sus servicios, a muchos podría ocurrírseles que sería un error imperdonable confiar demasiado en un movimiento político tan multitudinario como el gobernante que, en opinión de sus propios dirigentes, cuenta con una sola persona que esté en condiciones de ser presidenta de la nación. Asimismo, es natural que los obsecuentes, los aplaudidores rituales, los intelectuales orgánicos y otros que todos los días rinden pleitesía a Cristina estén decididos a ir a virtualmente a cualquier extremo para convencerse a sí mismos de que el objeto de su adoración realmente es una superdotada digna de figurar entre los héroes más destacados de la historia. Caso contrario, por una cuestión de amor propio, quienes participan de los ritos kirchneristas entenderían que su actitud es ridícula, que es humillante postrarse así ante una política que acaso sea talentosa pero que no es nada del otro mundo.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON