La Argentina en bici

Después de viajar por la Ruta 40 durante nueve meses, decidimos continuar nuestro periplo por el Litoral, el centro del país y la costa del Atlántico. Será un viaje de 11.000 kilómetros, a un ritmo lento y pausado: el de la bicicleta. Aquí, la primera etapa, desde Buenos Aires a Concepción del Uruguay.

Por Redacción

Jimena Sánchez

En el 2013 cumplimos un sueño que al principio parecía muy lejano: unir Ushuaia con La Quiaca en bicicleta siguiendo la ruta más icónica de nuestro país, la mítica Ruta 40. Gracias a esa travesía de 9 meses y 6.600 km, conocimos muchos de los paisajes más representativos de una Argentina llena de contrastes: el Faro solitario del Fin del Mundo en Tierra del Fuego, el glaciar Perito Moreno en Santa Cruz, el camino de los lagos en Neuquén, el submarino del Cañón del Atuel en Mendoza, las altas paredes rojas de Talampaya en La Rioja, la aridez de la Quebrada de las Flechas en Salta y los colores vivos del norte de Jujuy. La cara oeste y cordillerana ya está tildada, ¿pero cómo será pedalear por la Mesopotamia y sus selvas en galería, por el Chaco impenetrable, por el camino de las altas cumbres en Córdoba, por la llanura pampeana y por la costa del Atlántico? Decidimos entonces volver a las rutas argentinas, esas que nos enamoraron a primera vista. Pero esta nueva travesía (que ronda los 11.000 kilómetros) es un tanto diferente: el viaje se despliega ante nosotros con tantas opciones de caminos como líneas en el mapa. Hacia el Litoral El periplo empieza en el patio de casa. Salimos desde la costanera que bordea nuestro barrio en la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Nos subimos a las bicicletas y es como si el tiempo no hubiera pasado: las sentimos cómodas, las sentimos hogar. Sabemos que el primer desafío es cruzar los dos puentes atirantados del complejo Zárate-Brazo Largo que desembocan en el sur de Entre Ríos, pero el detalle es que no está permitido pedalearlos y debemos atravesarlos sí o sí a pie por una pasarela peatonal angosta que los bordea. No es un problema, sino todo lo contrario: la cantidad de camiones y autos que pasan a la velocidad de la luz no van de la mano con nuestro ritmo caracol. Cruzamos el primer colgante y tenemos por delante dos opciones: ir por la Ruta 12 sin banquina con todo el tráfico o tomar un camino de tierra y barro que va en paralelo a la ruta principal. Cuando tenemos que tomar este tipo de decisiones el sentido común levanta bandera. Viajando en bicicleta, los caminos más complejos muchas veces terminan siendo los más seguros. Esa noche llegamos a un camping con costa de río y atardecer de otoño. Después de tantos meses de sedentarismo citadino volvemos a tender nuestra carpa, a dormir sobre colchonetas y a las bolsas de dormir. Al otro día nos levantamos temprano y hay tanta niebla que todo se demora. Le dedicamos una hora y media al segundo puente y logramos pisar Entre Ríos. Hacemos solo 4 kilómetros de ruta nacional y, ni bien el GPS nos marca un desvío hacia algún camino secundario, nos alejamos del ruido y comenzamos a pedalear por vías casi nada transitadas que desembocan en pueblos de un Litoral poco conocido: el puro, el autóctono, el que no se ve en los mapas turísticos. Cruzamos pequeños ríos y vías de ferrocarril que parecen abandonadas pero que siguen viviendo gracias a los trenes de carga. El paisaje es algo monótono: pastizales y pastos altos en cada margen del camino. La primera parada entrerriana es Ibicuy, un pequeño poblado isleño con una única calle principal cubierta de arena. En él empiezan las confesiones. Sentimos nostalgia de Ruta 40. Cualquier carretera alternativa nos resulta extraña: el sabor de ese camino quedó grabado en nuestra alma viajera que se maravilló cuando pedaleó por la extensa y única Patagonia argentina. De Ibicuy vamos hacia Mazaruca, un pueblo cuyos habitantes son diez personas. Del paraje La Argentina doblamos hacia Médanos y el camino es tan arenoso que nuestras bicicletas se entierran. Retomamos la Ruta 12 solo para llegar a Gualeguay, pero tiramos la toalla a 20 kilómetros de la campana de bienvenida: ya los días de ruta suman cuatro y no tenemos otra opción que frenar en un corral de estancia. no es solo carnaval Llegamos a la quinta ciudad más grande de la provincia con ánimos de quedarnos unos cuantos días para descansar. Allí nos estaban esperando Edgardo, Estela y una casa llena de recuerdos de dos infancias: la rosa en el jarrón representa a su hija Natalia, la guitarra a Federico. Hay fotos de ellos guardadas en cajones, hay retratos en blanco y negro, hay más fotos en estantes y muebles del living. Ambos están en diferentes puntos del planisferio: ella en Bariloche, él en Estados Unidos. Subimos las escaleras y pasamos a habitar un dormitorio con ventana al jardín, biblioteca de madera y peluches sentados en la alfombra. Sobreocupamos el placard y sentimos la cama cómoda. La ducha caliente se convierte en un momento de comunión y la cena es un pretexto para escuchar acordes de viola criolla. Nos es inevitable pensar en los viajes y en las distancias, en los espacios que quedaron vacíos allá y acá y en los mil hogares que uno vive como propios al menos por un rato. Aprovechamos para recorrer la costanera arbolada, visitar Puerto Ruiz y conocer un poco más la vida de los pescadores: para ellos su caña es sinónimo de desconexión, un recreo de su rutina, una excusa para mates calientes de media tarde. En las tierras del Coronel Decidimos que esta travesía tomará la parsimonia de los pueblos pesqueros, de los pocos habitantes, del compás de la siesta. Por eso encaramos hacia el norte no por la Ruta Nacional N° 12 sino por el centro mismo de la provincia. Atravesamos aldeas alemanas que en el mapa son puntos tan pequeños que casi no se llegan a leer. Después de unos kilómetros entramos en Concepción del Uruguay, conocida también como “La Histórica” por ser testigo de algunos de los hitos más importantes de la historia nacional. La mayor parte de sus tierras pertenecieron a Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos y primer presidente constitucional de la Argentina. Su nombre es recordado en calles, clubes, cafés, estancias, escuelas y en las memorias de su gente. A 30 km de Concepción, llegamos al Palacio San José donde el General vivió los últimos años de su vida. Hay arcadas y columnas toscanas, estatuas de Napoleón, Hernán Cortés, Julio César y Alejandro Magno; pajareras y fuentes, patios con parras y honores, una capilla erigida con permiso del Papa Pío XII, obras de artistas, un lago artificial en el que caprichosamente mandó a construir un barco para navegarlo, jardines que representan su personalidad y una arquitectura sin igual que simboliza la construcción del Estado Argentino. Revisamos coordenadas y decidimos que nuestra próxima parada será el Parque Nacional El Palmar.

Hacia el Litoral El periplo empieza en el patio de casa. Salimos desde la costanera que bordea nuestro barrio en la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Nos subimos a las bicicletas y es como si el tiempo no hubiera pasado: las sentimos cómodas, las sentimos hogar. Sabemos que el primer desafío es cruzar los dos puentes atirantados del complejo Zárate-Brazo Largo que desembocan en el sur de Entre Ríos, pero el detalle es que no está permitido pedalearlos y debemos atravesarlos sí o sí a pie por una pasarela peatonal angosta que los bordea. No es un problema, sino todo lo contrario: la cantidad de camiones y autos que pasan a la velocidad de la luz no van de la mano con nuestro ritmo caracol.

Cruzamos el primer colgante y tenemos por delante dos opciones: ir por la Ruta 12 sin banquina con todo el tráfico o tomar un camino de tierra y barro que va en paralelo a la ruta principal. Cuando tenemos que tomar este tipo de decisiones el sentido común levanta bandera. Viajando en bicicleta, los caminos más complejos muchas veces terminan siendo los más seguros. Esa noche llegamos a un camping con costa de río y atardecer de otoño. Después de tantos meses de sedentarismo citadino volvemos a tender nuestra carpa, a dormir sobre colchonetas y a las bolsas de dormir.

Al otro día nos levantamos temprano y hay tanta niebla que todo se demora. Le dedicamos una hora y media al segundo puente y logramos pisar Entre Ríos. Hacemos solo 4 kilómetros de ruta nacional y, ni bien el GPS nos marca un desvío hacia algún camino secundario, nos alejamos del ruido y comenzamos a pedalear por vías casi nada transitadas que desembocan en pueblos de un Litoral poco conocido: el puro, el autóctono, el que no se ve en los mapas turísticos. Cruzamos pequeños ríos y vías de ferrocarril que parecen abandonadas pero que siguen viviendo gracias a los trenes de carga. El paisaje es algo monótono: pastizales y pastos altos en cada margen del camino.

La primera parada entrerriana es Ibicuy, un pequeño poblado isleño con una única calle principal cubierta de arena. En él empiezan las confesiones. Sentimos nostalgia de Ruta 40. Cualquier carretera alternativa nos resulta extraña: el sabor de ese camino quedó grabado en nuestra alma viajera que se maravilló cuando pedaleó por la extensa y única Patagonia argentina. De Ibicuy vamos hacia Mazaruca, un pueblo cuyos habitantes son diez personas. Del paraje La Argentina doblamos hacia Médanos y el camino es tan arenoso que nuestras bicicletas se entierran. Retomamos la Ruta 12 solo para llegar a Gualeguay, pero tiramos la toalla a 20 kilómetros de la campana de bienvenida: ya los días de ruta suman cuatro y no tenemos otra opción que frenar en un corral de estancia.

No es solo carnaval Llegamos a la quinta ciudad más grande de la provincia con ánimos de quedarnos unos cuantos días para descansar. Allí nos estaban esperando Edgardo, Estela y una casa llena de recuerdos de dos infancias: la rosa en el jarrón representa a su hija Natalia, la guitarra a Federico. Hay fotos de ellos guardadas en cajones, hay retratos en blanco y negro, hay más fotos en estantes y muebles del living. Ambos están en diferentes puntos del planisferio: ella en Bariloche, él en Estados Unidos. Subimos las escaleras y pasamos a habitar un dormitorio con ventana al jardín, biblioteca de madera y peluches sentados en la alfombra.

Sobreocupamos el placard y sentimos la cama cómoda. La ducha caliente se convierte en un momento de comunión y la cena es un pretexto para escuchar acordes de viola criolla. Nos es inevitable pensar en los viajes y en las distancias, en los espacios que quedaron vacíos allá y acá y en los mil hogares que uno vive como propios al menos por un rato. Aprovechamos para recorrer la costanera arbolada, visitar Puerto Ruiz y conocer un poco más la vida de los pescadores: para ellos su caña es sinónimo de desconexión, un recreo de su rutina, una excusa para mates calientes de media tarde.

En las tierras del Coronel Decidimos que esta travesía tomará la parsimonia de los pueblos pesqueros, de los pocos habitantes, del compás de la siesta. Por eso encaramos hacia el norte no por la Ruta Nacional N° 12 sino por el centro mismo de la provincia. Atravesamos aldeas alemanas que en el mapa son puntos tan pequeños que casi no se llegan a leer. Después de unos kilómetros entramos en Concepción del Uruguay, conocida también como “La Histórica” por ser testigo de algunos de los hitos más importantes de la historia nacional. La mayor parte de sus tierras pertenecieron a Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos y primer presidente constitucional de la Argentina. Su nombre es recordado en calles, clubes, cafés, estancias, escuelas y en las memorias de su gente.

A 30 km de Concepción, llegamos al Palacio San José donde el General vivió los últimos años de su vida. Hay arcadas y columnas toscanas, estatuas de Napoleón, Hernán Cortés, Julio César y Alejandro Magno; pajareras y fuentes, patios con parras y honores, una capilla erigida con permiso del Papa Pío XII, obras de artistas, un lago artificial en el que caprichosamente mandó a construir un barco para navegarlo, jardines que representan su personalidad y una arquitectura sin igual que simboliza la construcción del Estado Argentino. Revisamos coordenadas y decidimos que nuestra próxima parada será el Parque Nacional El Palmar.

Fotos: Andrés Calla

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