La biodiversidad del paso internacional Pichachen
por M. H. MILLAHUINCA ARAYA (*)
Especial para «Río Negro»
Con la retirada de los grandes mantos de hielo hace aproximadamente unos 10.000 a 20.000 años de antigüedad se inicia una gran transformación de la matriz original del paisaje en el Area de Pichachen. Una serie de fenómenos de colonización vegetal emergen en ambos lados de las estribaciones de la Cordillera de Los Andes.
Las últimas erupciones volcánicas y sus aportes en materia orgánica permitieron el desarrollo de una interesante diversidad de especies de flora y vegetación, convertidas hoy en llamativos fragmentos de hábitats, como parte del aislamiento biogeográfico y perturbaciones de carácter entrópico y antrópico al mismo tiempo.
Al bajar desde el hito, a unos 2.000 msnm podremos divisar la alta cuenca del Río Reñileuvú cuyo recorrido nos permitirá admirar el más imponente valle glaciario antes de su desagüe en el río Trocomán para luego unirse al Neuquén. A lo lejos un conjunto de parches o muestras botánicas relictas del extremo septentrional de la Región Andino Patagónica, pertenecientes a la Provincia Fitogeográfica Subantártica con un tipo de clima subnival, de régimen pluviométrico mediterráneo y suelos predominantemente Inceptisoles.
Sus tierras mayoritariamente fiscales han recibido el aprovechamiento pastoril extensivo, con empleo de rozado a fuego y de sobrepastoreo, con el consiguiente deterioro de las frágiles capas de suelo que en algunos tramos y con las inclemencias del duro invierno cordillerano avanzan inevitablemente hacia la aparición de profundas cárcavas.
Sobre aquellas reducidas áreas se encuentran depósitos cuaternarios holocénicos, no diferenciados estratigráficamente, constituidos por limos, gravas y arenas de composición variada, derivados de sedimentación fluvial, de sedimentación eólica y de procesos de remoción en masa (Ferrer, 1982, Cepero 1992).
La geomorfología, en tanto, está dominada por los procesos de glaciación que operaron sobre la totalidad de la Región Andino Patagónica en el Período Cuaternario tardío (holocénico) (González Díaz et al., 1986, Cepero 1992).
Sobre el particular, los rasgos de su flora y vegetación no tan sólo se destacarán del lado chileno como ocurrirá al visitar el «Area Silvestre Protegida Laguna del Laja», sino que también cuando ingresemos al sector argentino con sus diferentes estratos morfológicos y sus ecotipos, como hemos podido comprobar a lo largo de múltiples inventarios llevados a cabo en el territorio del Paso Fronterizo de Pichachen.
Sin embargo y antes de enunciar un listado preliminar de aquellas especies más frecuentes, nos parece importante detenernos un momento para resaltar algunos comentarios sobre los bosques dominados por Nothofagus pumilio (P. et E.) Krasser o Lengales Fagaceae que nos acompañarán en todo nuestro recorrido siempre mirando en dirección al sur oeste, hasta que una solitaria Araucaria araucana (Mol.) K. Koch Araucariaceae nos indique que estamos arribando a las inmediaciones de Moncol. Estos bosques también llamados deciduos constituyen el límite arbóreo de las montañas a partir de los 37º S hasta Tierra del Fuego.
Tal como ocurre con las especies siempreverdes de Nothofagus, la regeneración de N. pumilio está asociada a eventos catastróficos, así como a perturbaciones de menor escala. La regeneración en claros formados por caída de árboles ha sido documentada en la Región de los Lagos chilenos (Veblen et al., 1981); en el distrito lacustre argentino (Rush, 1984); en la provincia de Aysén, en Chile (Schlegel et al., 1979) y en Tierra del Fuego (Gutiérrez et al., en prensa; Rebertus y Veblen, en prensa).
Respecto a la evolución del Paisaje Cuaternario y los suelos en Chile Central – Sur y su cercana influencia con Pichachen, adquieren una connotada trascendencia cuya denominación responde al nombre de Trumaos. Suelos típicos sobre sedimentos volcánicos y eólicos recientes o Andosoles (FAO-Unesco 1971, 1988) o Andepts (USDA Soil Survey Staff, 1975; Rovira, 1984), que en Chile ocupan alrededor del 62% de todas las capas naturales superficiales de espesor y estructura variable (Mella y Kuhne, 1985).
Se caracterizan por su alta porosidad, gran capacidad de retención de agua, alto contenido de limo, con un horizonte Ah que puede alcanzar los 80 cm de grosor, con mucho material orgánico y un horizonte cámbico de un color pardo amarillento en donde la actividad biológica generalmente es intensa, tal como lo pudimos comprobar sobre la superficie al colectar Estrellitas o Viola rosoluta Gill. ex H. et. A. Violaceae, Chinitas peludas o Chaetanthera spp. y Nasauvias o Nassauvia spp. ambas Compositae.
Dejando atrás en sentido longitudinal la majestuosidad de la cordillera de Los Andes, vemos a lo largo y ancho de nuestro recorrido otros especímenes de su composición fitosociológica integrada por matorrales de Ñires, Maitenes, Llaretas, Romazas, Pichogas, Capachitos, Yaques, Chacayes, Neneos, Chuquiragas, Pingo – Pingo, Adesmias, Senecios, Acaenas, Romerillos y otros Baccharis Ñipas, Pernettyas, Palo Amarillo, Hierba del Paño y los inconfundibles integrantes de la Estepa Graminosa Stipas y Festucas.
En distintos escenarios los mejor adaptados han podido sobrevivir compartiendo la llamada «Teoría del aislamiento biogeográfico», en pequeños fragmentos de hábitats, logrando alcanzar la perpetuidad de su especie y ocupando un nicho ecológico definido; Zonas de Transición, Ecotonos, Riberas Fluviales, Zonas Semiáridas, Timberline, Trumaos, Paredes y Afloramientos Rocosos, Doseles Boscosos, etc. A pesar de los efectos modeladores del paisaje como producto de los disturbios y la indeterminación, plantas y animales proseguirán poblando los lugares más increíbles a través del largo camino de la evolución de la vida.
Desde «Los Barros» –Chile– iniciamos la última aventura para conocer desde muy cerca la figura imponente de la Sierra Velluda, un glaciar extinto, el serpentear de las coladas lávicas expulsadas otrora por el volcán Antuco y un grupo de Radalillos (Proteaceae) que nos permitirán relacionar los ejemplares descubiertos en la reserva Lagos de Epu Lauquen, despejando así las dudas sobre un posible endemismo.
Los grandes ríos de escoria y refulgentes bloques de basalto nos acercan más a la entrada principal del P.N. Laguna del Laja. Es el momento de revelar sus secretos y contrastes para poder comparar las probables similitudes allende Los Andes.
En el vigoroso caudal del Parque es posible encontrar la presencia del pato cortacorriente o Merganetta armata Gould (F) Anatidae (SF) Anatinae que navega enfrentando la fuerza del agua, cuya característica es la gran cantidad de vertientes que dan vida a numerosos arroyos.
El relieve del parque es producto de las glaciaciones y fenómenos volcánicos del Cuaternario, que actuaron sobre la cuenca del río homónimo. Sobre el particular las coladas de lava que escurrieron por las laderas aprisionaron las aguas en el curso medio del río Laja dando origen a la Laguna, interrumpiendo de esta manera la continuidad de los valles excavados por los glaciales.
La pobreza de los suelos, así como la presencia de lavas y grandes concentraciones de escoria volcánica, permiten el crecimiento de especies colonizadoras de escaso desarrollo.
En este sentido, en la Laguna del Laja se pueden encontrar zonas con formaciones casi puras de Ciprés de la Cordillera o Austrocedrus chilensis (D. Don) Pic. Ser. et Bizz. Cupressaceae en cuyo sotobosque aparecen con alguna frecuencia el Radal Enano o Orites myrtoidea (P. et E.) B. et H. ex Sleumer Proteaceae y un selecto grupo de otras nativas como el Coigüe, el Roble, el Maqui, el Radal y Ciruelillo, hallándose en las riberas de esteros, nacientes de agua y, en general, en aquellas áreas que no fueron cubiertas por la escoria volcánica.
Por sobre el límite altitudinal arbóreo se presentan formaciones de matorral de Ñire o Nothofagus antarctica (G. Forster) Oerst. Fagaceae y praderas andinas de Festuca y Poa. A pesar de que el clima en la Laguna del Laja es riguroso, las precipitaciones caen en forma de nieve, entre junio y septiembre y de agua en el resto del año, con una concentración máxima entre mayo y agosto en el orden del 55% y sólo en un 9% entre enero y marzo, alcanzando en un año normal 2.170 mm y una temperatura media anual en julio de -0,3º Celsius (Chile Forestal 1983).
Al concluir, lo cierto es que del otro lado de la cordillera de Los Andes los grandes disturbios provocados por las erupciones volcánicas cobraron un mayor protagonismo que de este lado, a diferencia de los glaciares que constituyeron el principal componente entrópico sobre la matriz original del paisaje con el atenuante de recibir las gélidas influencias del océano Pacífico, que permitieron aplacar de alguna manera las fuerzas de la naturaleza y el control sobre el núcleo de la corteza terrestre.
Dos fenómenos diferentes que en algunos aspectos se parecen en las estrategias de adaptación biológica para alcanzar un grado de equilibrio o clímax, donde muchos de los integrantes de la pirámide ecológica aún persisten en su búsqueda, a pesar de las duras presiones del hombre, sin advertir lo provechoso que sería lograr un estado de conservación en ocasión de conmemorarse este año 2006, el bicentenario del Paso Pichachen mediante un acuerdo binacional.
(*) Entomólogo.
Especial para "Río Negro"
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