La bomba no estalló

Redacción

Por Redacción

Para alivio de todos, a último momento los legisladores norteamericanos acordaron declarar una tregua de tres meses en la batalla fiscal que, además de paralizar varias reparticiones gubernamentales, pudo haber provocado el cese de pagos –el equivalente de una bomba atómica, en palabras de los alarmados por lo que podría suceder–, pero si bien el presidente Barack Obama salió airoso del conflicto con el ala más dura del Partido Republicano, a la que acusó de actuar con irresponsabilidad casi criminal, sólo se trató de un triunfo táctico. El gran problema de Estados Unidos no consiste en la mediocridad evidente de tantos integrantes de la clase política, sino en lo difícil que es impedir que siga aumentando la deuda pública, tema éste que no preocupa a Obama. Es comprensible: puesto que los cortes presupuestarios tienen repercusiones dolorosas, preferiría postergarlos hasta que la economía se haya recuperado, pero todos coinciden en que, tarde o temprano, el peso de la deuda resultará insostenible. Según Obama, “la frustración del pueblo estadounidense con la política de Washington nunca ha sido mayor”, de tal modo distanciándose del resto de sus congéneres. Tiene razón, pero se trata de un fenómeno universal, ya que escasean los países democráticos, si es que hay uno, en que la mayoría se afirme conforme con el desempeño de los políticos locales que, para ser elegidos, se resisten a proponer medidas antipáticas aun cuando entiendan que son necesarias. La crisis financiera del 2008 que señaló el fin de una época de crecimiento generalizado supuestamente automática o, por lo menos, una pausa durante la que sería forzoso llevar a cabo muchos cambios estructurales, ha sido atribuida a la miopía de políticos, empresarios, economistas y otros que pasaron por alto las advertencias de quienes señalaban que es peligroso hacer del endeudamiento el motor principal del crecimiento, pero debido al optimismo que imperaba pocos gobiernos resultaron dispuestos a “ajustar” antes de que los mercados se encargaran de la tarea así supuesta, lo que procedieron a hacer con su brutalidad habitual. Achacar el embrollo fiscal estadounidense a nada más que la terquedad irracional de ciertos políticos republicanos de mentalidad populista –a diferencia de los de otras latitudes, los populistas norteamericanos están a favor de los ajustes con tal que no los perjudiquen personalmente– no sirve para mucho. También tiene que ver con el sistema de gobierno y de la virtual institucionalización de procesos que brindan a los legisladores oportunidades tentadoras para negarse a financiar al gobierno, como proponía Obama mismo antes de trasladarse a la Casa Blanca. Por lo tanto, no hay garantía alguna de que no se repita pronto el drama rencoroso que durante semanas mantuvo en vilo a los gobiernos de casi todos los demás países y a los líderes de entidades como el Fondo Monetario Internacional. El orden constitucional de Estados Unidos fue construido para que el poder quedara repartido entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, obligándolos a colaborar o, caso contrario, resignarse a la parálisis, como ha ocurrido con cierta frecuencia a través de los años. Un esquema de dicho tipo pudo haber sido apropiado para un país relativamente aislado, pero en opinión de muchos no lo es para uno que constituye el epicentro del sistema mundial, ya que una fracción pequeña está en condiciones de provocar desastres no sólo en su propio país sino también, según quienes nos dijeron que un eventual default estadounidense podría causar una depresión internacional, en Europa, Asia, África y América Latina. Convendría, pues, que los norteamericanos modificaran ciertos procesos presupuestarios a fin de ahorrarle al resto del mundo los sustos periódicos ocasionados por la lucha entre demócratas y republicanos, y las fracciones internas de los dos grandes partidos, pero la posibilidad de que lo hagan en los meses próximos es reducida. Asimismo, aunque el prestigio internacional de Estados Unidos ha sufrido a causa de las constantes reyertas políticas, sigue siendo por mucho el país más poderoso del planeta, de suerte que los encargados de manejar otras economías tendrán que resignarse a que la nación más comprometida con el statu quo sea también una de las fuentes principales de inestabilidad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 20 de octubre de 2013


Para alivio de todos, a último momento los legisladores norteamericanos acordaron declarar una tregua de tres meses en la batalla fiscal que, además de paralizar varias reparticiones gubernamentales, pudo haber provocado el cese de pagos –el equivalente de una bomba atómica, en palabras de los alarmados por lo que podría suceder–, pero si bien el presidente Barack Obama salió airoso del conflicto con el ala más dura del Partido Republicano, a la que acusó de actuar con irresponsabilidad casi criminal, sólo se trató de un triunfo táctico. El gran problema de Estados Unidos no consiste en la mediocridad evidente de tantos integrantes de la clase política, sino en lo difícil que es impedir que siga aumentando la deuda pública, tema éste que no preocupa a Obama. Es comprensible: puesto que los cortes presupuestarios tienen repercusiones dolorosas, preferiría postergarlos hasta que la economía se haya recuperado, pero todos coinciden en que, tarde o temprano, el peso de la deuda resultará insostenible. Según Obama, “la frustración del pueblo estadounidense con la política de Washington nunca ha sido mayor”, de tal modo distanciándose del resto de sus congéneres. Tiene razón, pero se trata de un fenómeno universal, ya que escasean los países democráticos, si es que hay uno, en que la mayoría se afirme conforme con el desempeño de los políticos locales que, para ser elegidos, se resisten a proponer medidas antipáticas aun cuando entiendan que son necesarias. La crisis financiera del 2008 que señaló el fin de una época de crecimiento generalizado supuestamente automática o, por lo menos, una pausa durante la que sería forzoso llevar a cabo muchos cambios estructurales, ha sido atribuida a la miopía de políticos, empresarios, economistas y otros que pasaron por alto las advertencias de quienes señalaban que es peligroso hacer del endeudamiento el motor principal del crecimiento, pero debido al optimismo que imperaba pocos gobiernos resultaron dispuestos a “ajustar” antes de que los mercados se encargaran de la tarea así supuesta, lo que procedieron a hacer con su brutalidad habitual. Achacar el embrollo fiscal estadounidense a nada más que la terquedad irracional de ciertos políticos republicanos de mentalidad populista –a diferencia de los de otras latitudes, los populistas norteamericanos están a favor de los ajustes con tal que no los perjudiquen personalmente– no sirve para mucho. También tiene que ver con el sistema de gobierno y de la virtual institucionalización de procesos que brindan a los legisladores oportunidades tentadoras para negarse a financiar al gobierno, como proponía Obama mismo antes de trasladarse a la Casa Blanca. Por lo tanto, no hay garantía alguna de que no se repita pronto el drama rencoroso que durante semanas mantuvo en vilo a los gobiernos de casi todos los demás países y a los líderes de entidades como el Fondo Monetario Internacional. El orden constitucional de Estados Unidos fue construido para que el poder quedara repartido entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, obligándolos a colaborar o, caso contrario, resignarse a la parálisis, como ha ocurrido con cierta frecuencia a través de los años. Un esquema de dicho tipo pudo haber sido apropiado para un país relativamente aislado, pero en opinión de muchos no lo es para uno que constituye el epicentro del sistema mundial, ya que una fracción pequeña está en condiciones de provocar desastres no sólo en su propio país sino también, según quienes nos dijeron que un eventual default estadounidense podría causar una depresión internacional, en Europa, Asia, África y América Latina. Convendría, pues, que los norteamericanos modificaran ciertos procesos presupuestarios a fin de ahorrarle al resto del mundo los sustos periódicos ocasionados por la lucha entre demócratas y republicanos, y las fracciones internas de los dos grandes partidos, pero la posibilidad de que lo hagan en los meses próximos es reducida. Asimismo, aunque el prestigio internacional de Estados Unidos ha sufrido a causa de las constantes reyertas políticas, sigue siendo por mucho el país más poderoso del planeta, de suerte que los encargados de manejar otras economías tendrán que resignarse a que la nación más comprometida con el statu quo sea también una de las fuentes principales de inestabilidad.

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