La centroderecha argentina a dos años de gobierno
Ser autoritario o ejercer el legítimo derecho de mandar. Exigir obediencia o construir consensos alrededor de la autoridad constituida. Ordenar desde la política del palacio o entenderse con las demandas de la política de las calles. Democracia electoral o democracia continua. Elites de gobierno o pueblo gobernante. El ciudadano individuo visto desde el mercado o como parte de la sociedad de la solidaridad. Estado de derecho o Estado de seguridad. Coerción estatal sin control o vigilar moderando la violencia estatal. Libertad política o libertad social. Igualdad formal o igualdad como equidad. Derechos humanos u obligaciones conservadoras. Realismo político o defensa de la posverdad política. Manipulación de la opinión o pluralidad de la información.
A esos dilemas se suman muchos otros. Posiblemente demasiados. Tanto para las versiones radicales que están en cada punta de esas antinomias como los que ofrecen las llamadas terceras posiciones. Es que toda construcción del ideal de centroderecha es aceptar una parte de ese mundo de dilemas. Esos que buscan alejarse de la derecha extrema. Siempre en condiciones de producir una identidad que no deje a sus promotores tan mal parados dentro de aquello que antes se llamaba liberaldemocratismo y ahora se confunde con el republicanismo formal.
No hay duda de que el partido gobernante de la Argentina de estos días inclina su basa por algunos extremos de aquellos dilemas. Ya no lo hace desde la queja ni la crítica antisistémica. Lo hace gobernando. Y su oportunidad es extraordinaria porque asumió la construcción de partidos y votos, lo que ya significa un gran aporte al tiempo “largo” de la democracia electoral argentina.
Aun con ello sus definiciones no son exactamente por el lado de la moderación o, como insisten sus voceros, “del gradualismo”. Ciertamente lo hecho en dos años se aleja cada vez más de todo punto medio. Es que su idea de que un centro es posible resulta inaplicable en la tarea de gobernar. Estamos frente a un repertorio de políticas de derecha a secas. Sólo basta observar las consideraciones sobre política económica y su impacto sobre la desigualdad, igual que la mirada cultural de la vida social.
Ver el capítulo financiero de la política económica o los avances sobre la imposición regresiva y su impacto positivo en la evolución de los patrimonios de quienes cuentan con mayor riqueza y su reverso negativo en los grupos más postergados de la sociedad. Todo dentro de una lógica neocorporativa favorable al capital financiero y sectores concentrados de la economía. Sobre el segundo tema quien mejor lo expresó fue la vicepresidenta, cuando hace semanas demandara la necesidad de una Argentina que deje atrás el lenguaje de los derechos y se pusiera a trabajar en una indefinible cultura de las obligaciones.
Es sobre las definiciones de los derechos, garantías y libertades donde esta centroderecha gobernante produce sus mejores definiciones. No sólo en el discurso oficial sino en el trabajo de los poderes fácticos. Es que su formalismo ha sido puesto en entredicho. El sólo encuentro con la muerte en ocasión de protestas sociales, el manejo de la cuestión de ocupaciones de tierra de grupos indígenas y la forma en que adquirió la administración de justicia hace que este inventario coloque al actual equipo de gobierno y su filosofía cada vez más cerca del campo de las derechas históricas. Diríamos clásicas.
Lejos entonces de lo que algunos quisieron identificar como moderna centroderecha. En todo caso su modernidad cuenta mayormente por el extraordinario uso de técnicas y procesos de la vanguardia tecnológica para orientar preferencias y modelar opiniones. De la misma manera que las derechas autoritarias del período de entreguerra resultaron modernas en su tiempo con las técnicas de movilización de masas.
En gran medida ese sello se inició hace dos años con un brusco ciclo de reformas institucionales a medida de un capital político electoral inesperado. Cierta dureza y astucia estuvo con aquel original decreto de nombramiento “en comisión” de dos nuevos integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Es sabido que esa audaz iniciativa fue cuestionada inmediatamente y prontamente se dejó de lado. Aún así fue parte del brusco decisionismo político que vendría y se volcaría por entero al campo judicial.
Durante estos dos años se desplegaron muchos experimentos. Jueces y funcionarios judiciales fueron los destinatarios. El propósito: hacer funcionales o simplemente cerrar lealtades largamente obtenidas de estructuras que se saben aristocráticas. El desmantelamiento de las áreas de vigilancia y control de la violencia institucional es uno de los últimos datos que ofrece esta política.
Sin duda estas acciones tienen que ver con una expresión fatalista. Se dice “no se puede volver atrás” porque sino se tiene el populismo que tanto daño ha hecho. No hay duda de que esa visión de “ni un paso atrás” es sólo demagogia y discurso de sabiduría de la prepotencia, no muy diferente a derechas que se han construido fuera de las lógicas democráticas. Esa fórmula está en el doble juego de dureza y astucia políticas, clave del actual éxito. Un sello para un partido con dos años de ejercicio del poder y apenas una década de existencia. Que ya no cuenta sólo como un grupo de gerentes, suma de ONG liberales y de partes de los viejos y siempre pequeños partidos liberales que la Argentina tuvo.
*Profesor de Historia y Derecho Político, UNC
El oficialismo se aleja del centro político para apelar a un repertorio de políticas de derecha a secas. Basta ver la política económica y su impacto sobre la desigualdad.
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- El oficialismo se aleja del centro político para apelar a un repertorio de políticas de derecha a secas. Basta ver la política económica y su impacto sobre la desigualdad.