La construcción de dos sueños a la par
Miguel Caneo, Pablo Batalla y una conexión que comenzó antes de su vida misma.
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Un simple hecho de admiración y respeto se puede transformar en una historia de vida. Cuando los sucesos van volcando su tinta sobre el destino, el pergamino finalmente se desenrollará sin espacios en blanco y allí sí, el relato verá la luz. Así es el proceso de coincidencias que descubre una semblanza de dos pibes vestidos de naranja. La admiración de Miguel Caneo padre hacia un consagrado como Miguel Eduardo Batalla, papá de Pablo, poco a poco se trasformó en amistad. El grado de idolatría que irradiaba Batalla a fines de la década del 70 y principio de los 80 en la comunidad del Depo, forjada en hazañas deportivas como el ascenso al Torneo Nacional de 1978, era muy fuerte. Aún hoy lo es. Caneo padre, por entonces un joven jugador de buen pie, que había crecido admirando a aquel Depo conducido por Rodolfo Santángelo pero principalmente a Batalla, decidió homenajear a su ídolo. El 17 de agosto de 1983, cuando nació su primer hijo, lo bautizó con el nombre de Miguel Eduardo Caneo. Allí nace una amistad. Caneo padre y Batalla juegan juntos algunos años en Deportivo Roca y en ese lapso, el 16 de enero de 1984 nace el primogénito del enrulado y talentoso volante cordobés: Pablo Martín Batalla. Ya no había vuelta atrás. Padres e hijos dejaron correr la bola de la vida y el destino hizo lo suyo. Como cualquier pibe, Miguelito y Pablo crecieron detrás de una pelota y cuando la alcanzaron, la pisaron, levantaron la vista y salieron jugando. Comenzaba otra historia… El año de nuestras vidas El 1998 quedará marcado a fuego en la vida deportiva de ambos pibes, que salieron a la búsqueda del sueño mayor. Caneo con 15 años y Batalla 14, rompieron el cascarón y fueron a verse cara a cara con la gloria. O con el fracaso. De todas maneras, más allá de la sincronía de sus historias juveniles, la manera de cómo llegó cada uno al fútbol grande fue distinta. Caneo, quien ya había debutado en la Primera del Naranja de la mano de Alberto Nicolás Saldico, a mediados del ‘98 fue incluido en un equipo formativo de Deportivo Roca orientado por Luis Graneros, que realizó una serie de encuentros en Capital Federal y La Plata. En uno de ellos, el rival fue nada menos que Boca. Ese encuentro fue presenciado con mucha atención por Jorge Griffa, reconocido hacedor de talentos que por entonces trabajaba en el club de La Ribera. Griffa siguió atentamente los movimientos de Caneo y terminado el encuentro le hizo llenar una ficha con todos sus datos. Era el principio de todo. Aquel partido le hizo cambiar el rumbo a Caneo, quien era esperado en Gimnasia y Esgrima La Plata. El Lobo había pactado un convenio con el Depo, quien se había comprometido de nutrirlo con algunos juveniles. En el club platense esperaban con los brazos abiertos a Caneo, pero Griffa les ganó de mano y el roquense terminó siendo figura de aquel equipo de sexta que en el año 2000 se consagró campeón Era el primer paso grande del jugador que comenzaba a hacerse hombre. Muy atrás quedaban aquellas tardes en la cancha del Patronato cuando Miguelito, con apenas 6 años, comenzó a darle a la pelota bajo la atenta mirada de Roberto Cesarín, el iniciador por excelencia de todos los cracks roquenses que llegaron a Primera. La proyección definitiva de Caneo comienza en el verano del 2002 cuando el por entonces DT de Boca, el uruguayo Oscar Tabárez, lo incluye dentro de la lista que hará la pretemporada en Tandil, atento a la sugerencia de Griffa. “En la categoría ‘83 no hay uno como Miguel Caneo, mediocampista por los costados. Ya los van a ver pronto…”, prometía en una nota publicada en el diario Olé el por entonces coordinador general del fútbol juvenil de Boca. Caneo no debuta en Primera bajo el mando de Tabárez, pero en mayo viaja a Suiza junto a un equipo Sub-20 del club xeneize que conquista la Blue Stars FIFA Cup, ganándole la final al Gremio de Porto Alegre por 1 a 0 . El certamen convocó a equipos de todo el mundo, entre ellos la Lazio y Manchester United. Este torneo, le sirvió al volante de Boca de vidriera para volver a ser citado por Hugo Tocalli para la preselección Sub 20. La primera convocatoria había sido en marzo del 2002. Las cosas para Caneo pasaban demasiado rápido. De todas maneras, el vértigo tuvo un freno en la segunda mitad de ese año, pero retomó su ritmo cuando Carlos Bianchi regresó a la dirección técnica de Boca. La primera decisión del Virrey sobre Caneo, fue llevarlo a la “Posada de los Pájaros” de Tandil para que haga la pretemporada. Y ahí sí, Miguelito tuvo su primer contacto con el cielo xeneize cuando Bianchi, que ya lo había hecho jugar ante San Lorenzo en Salta, lo puso como titular ante River en Mendoza. El roquense anotó el primer gol de Boca y definió el pleito a favor de su equipo al acertar el último penal de la serie, luego de que el tiempo reglamentario finalizara 3-3. Pero faltaba la primera consagración oficial. Y fue ante Coco Colo, en Chile, en febrero de ese año cuando Caneo tuvo su bautismo inolvidable jugando la Copa Libertadores, que después Boca terminaría levantando. El roquense fue figura y gestor de la jugada que le dio el triunfo al Xeneize ante el Cacique. Caneo, que a los 10 años le había prometido a su mamá que jugaría en Boca, cumplía con su palabra. Después llegaría el codo a codo constante con el fútbol de elite. Un año después de obtener la Libertadores, Caneo partió a Quilmes, y de allí a Mendoza donde tuvo un breve paso por Godoy Cruz en el 2007. Al año siguiente vendría la experiencia internacional, primero con Colo Colo y poco después con Boyacá Chico, donde salió campeón siendo la figura excluyente de aquel equipo colombiano que hizo historia, ya que nunca había podido dar una vuelta olímpica en toda su existencia. Desde el 2010 está de regreso en Quilmes y hoy su lucha está centrada en devolver al Cervecero a la Primera. Batalla, la leyenda continúa… Contar con sólo 14 veranos no fue impedimento para que Pablo Batalla comenzara con su ruta, que tuvo a Núñez como primera estación. Sin embargo, River no fue resultó ser su primer lugar en el mundo fuera de casa y terminó recalando en Quilmes. Pero cuando el gerenciamiento del Exxel Group se metió de lleno en el Cervecero, el hijo de Miguel Eduardo quedó en el medio de una negociación y pasó a Vélez. La continuidad de la dinastía comenzó a tomar color. A la entidad de Liniers, el talento de Pablo los terminó de deslumbrar después de que José Pekerman, por entonces DT de las selecciones juveniles, lo convocara para el Mundialito que se disputó en Salerno, Italia, en el año 2000. Allí el Sub -17 se quedó con subcampeonato al perder la final con Brasil por penales. Batalla compartió plantel con un tal Carlos Tevez y con Javier Mascherano. En el Fortín de la primera mitad del 2003, la camiseta número 10 era custodiada por Leandro Gracián y Patricio Pérez, quien también había estado en Salerno junto a Batalla. A pesar de ello, Carlos Ischia por entonces técnico de Vélez le dio la oportunidad a Pablo de alcanzar su primer sueño de pibe. “Andá y jugá…”, fue la frase del calvo DT, que fue música para los oídos del pibe roquense. La última fecha del Clausura de ese año, ante Colón en Santa Fe, quedará grabada para siempre en la vida deportiva del menor de la dinastía. Su camino en Vélez se mezcló entre espinas y rosas. Fue gran protagonista del Apertura 2004, pero a falta de tres fechas para el epílogo se lesionó, el equipo sintió su ausencia y dejó escapar el título en la última fecha, que finalmente quedó en poder del Newell’s del Tolo Gallego. Ischia se fue, llegó Miguel Ángel Russo y todo cambió para Pablo. El nuevo DT sólo lo uso en el primer partido del Clausura 2005 y después no lo convocó más. A final de ese torneo, la salida de Batalla de Vélez era inevitable. Quien el abrió las puertas fue el Pachuca mexicano, un club que es el alma de la ciudad, donde todo gira alrededor del fútbol. Después llegaría el tiempo de Gimnasia La Plata y después otra vez a Quilmes. En el 2009, Deportivo Cali lo hizo mudarse hasta Colombia, pero un año después el llamado desde la vieja Constantinopla se hizo escuchar. El Bursaspor, un club sin mucha tradición dentro del fútbol turco acostumbrado a rendirse ante el triunvirato histórico compuesto por Galatasaray, Besiktas y Fenerbahce, con Batalla como emblema de guerra se quedó con el título. ¿El premio extra? El ingreso directo a la Champions League. Como consecuencia de ello, aquel roquense que supo aprovechar el mandato de sus genes y entendió que su designio era coexistir junto a una pelota, se transformó en el primer futbolista zonal en jugar el prestigioso torneo europeo, y también en marcar un gol. Hoy su vida continúa en medio de las colinas de Bursa, muy cerca de Estambul. Hasta allí llegó uno de los conquistadores de ilusiones, en busca de una respuesta sobre de qué están hechos los sueños. (W. R.)