La disolución de los Berkut ucranianos
GUSTAVO CHOPITEA (*)
Los repudiables esbirros paramilitares de Viktor Yanukovich que conformaron los llamados Berkut, auténticas fuerzas irregulares de choque, se parecen mucho, en Ucrania, a los desalmados matones que integran las Brigadas de Respuesta Rápida de Raúl Castro, en Cuba. Son exmilitares o miembros de las fuerzas de seguridad, o simplemente “patoteros” a sueldo. También llamados –no sin soberbia– “las águilas doradas”, repartían mecánicamente golpes en Kiev contra los civiles inocentes, hombres, mujeres y niños por igual. Como si no tuvieran alma, ni límites, ni comprendieran de qué se trata cuando se habla de la dignidad del ser humano. Por eso no sorprende, para nada, que las nuevas autoridades ucranianas, tras la precipitada fuga de Yanukovich, hayan decidido simplemente disolver para siempre ese odioso cuerpo, tan pronto como se hicieron cargo del gobierno transitorio de Ucrania. Tampoco sorprende la decisión de significado inverso del gobierno de la Federación Rusa de conferirles pasaportes y nacionalidad ante su sola solicitud. Pero hay mucho que aprender de lo sucedido en Ucrania. Porque los asesinatos, torturas y agresiones de los matones de Nicolás Maduro en Venezuela así lo exigen. ¿Qué eran en pocas palabras los Berkut? Simplemente proveedores de ayuda violenta a las fuerzas de seguridad regulares del gobierno ucraniano, que estaban dispuestos a hacer –desde la impunidad– todo lo que tiene que ver con la represión violenta que las fuerzas regulares, por el motivo que fuera, no estuvieran a su vez dispuestas a hacer. Se vestían con atuendos parecidos, sino uniformes, y se cubrían frecuentemente los rostros. Su modelo era presumiblemente la fuerza rusa que, en tiempos soviéticos, se llamaba Omon, destinada y entrenada especialmente para enfrentar los desórdenes y las eventuales perturbaciones sociales. Sus miembros golpean para malherir. Apuntan generalmente a las cabezas. Y no vacilan en desfigurar –para siempre– al adversario, a la manera de cínica advertencia. Se organizan en grupos que actúan en conjunto y coordinadamente. Golpean además con inusual ferocidad a los periodistas, a los que odian y desprecian a la vez. Humillan cada vez que pueden. Frente a todos. De modo de intimidar a muchos, por un buen rato, cada vez que tienen la oportunidad. Algunos de ellos, luego de la caída de Kiev, aparecieron enseguida en Sebastopol, en la península de Crimea, en actos de apoyo abierto a Rusia. Con armas modernas y aspecto futurista. Pero eran algunos de los que, poco antes, habían golpeado a los civiles inocentes –indiscriminadamente– en la Plaza Maidán, en Kiev. No vacilaron jamás, un instante, frente a la oportunidad de torturar. Nada es inhumano para ellos. Lo que quizás pocos imaginaron es que su aparición y sus tropelías en rigor terminaron fortaleciendo la decisión de quienes protestaban, convencidos de que no querían seguir expuestos a los malos tratos de los Berkut. Con la más absoluta razón. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional