La economía en campaña
En todos los países es normal que el gobierno procure arreglárselas para que la economía local colabore con sus propias aspiraciones electorales, pero no lo es que se permita correr tantos riesgos como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, consciente de lo mucho que está en juego, no ha vacilado en aumentar el gasto público a un ritmo cercano al 40% anual. Quiere estimular un boom de consumo lo bastante impresionante como para convencer a quienes votaron por Cristina en el 2011 pero no se proponen hacerlo en el futuro de que, a pesar de la inflación, las faltas en las góndolas, el estado penoso de los servicios públicos y así por el estilo, el “modelo” sigue siendo el mejor posible. Se trata de una estrategia peligrosa. Aun cuando el gobierno logre mantenerse en sus trece hasta fines de octubre, el día siguiente tendría que tomar medidas sumamente drásticas, devaluando el peso y reduciendo los subsidios a la energía que, según se informa, ya han superado los previstos en el presupuesto para el año entero. Sin embargo, no hay ninguna seguridad de que sea factible que el gobierno continúe gastando tanto por muchos meses más; no puede sino temer que la hora de la verdad llegue en vísperas de los comicios. Mal que les pese a los kirchneristas, los tiempos económicos no siempre coinciden con los electorales. Una consecuencia de la desconfianza que tantos sienten es que hasta las noticias presuntamente buenas ocasionan dudas. Así, pues, el anuncio de que en abril la economía creció el 7% fue recibido con escepticismo generalizado porque se basó en las estadísticas confeccionadas por el Indec y porque el país acababa de entrar en una etapa dominada por el electoralismo. De acuerdo con los especialistas independientes, si bien es poco probable que luego de meses de letargo la economía nacional se haya puesto a expandirse a un ritmo no muy distinto del registrado últimamente por la de China, será verdad que ha mejorado su desempeño en comparación con abril del 2012, mes en el que se contrajo el 1,15%, de ahí la cifra un tanto sorprendente producida por el Indec. De todos modos, una golondrina no hace verano; a juicio de la mayoría, ya queda definitivamente atrás el crecimiento vigoroso que siguió al ajuste fenomenal que se llevó a cabo durante la gestión del presidente interino Eduardo Duhalde luego del derrumbe del 2001 y comienzos del 2002 y que andando el tiempo tantos beneficios políticos brindaría al gobierno kirchnerista que se atribuyó los méritos de la recuperación macroeconómica. Sea como fuere, mientras que los economistas más optimistas se arriesgan hablando de una tasa de crecimiento del 3% anual para el año en curso, otros creen que tendremos suerte si alcanza el 1%. Para más señas, casi todos coinciden en que, una vez celebradas las elecciones legislativas el 27 de octubre, el gobierno tendrá que tomar medidas drásticas a fin de corregir las distorsiones provocadas por los esfuerzos oficiales por congraciarse con los votantes impulsando el consumo. Por desgracia, tal y como están las cosas las perspectivas frente a la economía nacional distan de ser buenas. El costo de importar energía no deja de subir; una proporción sustancial de las dificultades financieras que el gobierno está tratando de atenuar con medidas intervencionistas, como la supuesta por el cepo cambiario y la campaña a favor de la pesificación, se debe al fracaso estrepitoso de la política energética adoptada por el entonces presidente Néstor Kirchner. Parecería que su viuda quisiera modificarla, razón por la que, entre otras cosas, se apoderó del grueso de las acciones de Repsol en YPF, una maniobra que asustó tanto a los inversores en potencia que no tardó en resultar contraproducente. Asimismo, es muy preocupante la baja continua de las reservas del Banco Central; a diferencia de lo que sucede en otros países de la región que han visto aumentar las suyas, aquí siguen cayendo debido a la decisión del gobierno de usarlas para impedir que la actividad económica se reduzca antes de las elecciones. Ya hay menos de 38.000 millones de dólares en “la caja” nacional que, de disfrutar el país de otra “década ganada”, terminaría totalmente vacía varios años antes de que llegara a su fin, eventualidad ésta que, según parece, el gobierno se resiste a tomar en cuenta.
En todos los países es normal que el gobierno procure arreglárselas para que la economía local colabore con sus propias aspiraciones electorales, pero no lo es que se permita correr tantos riesgos como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, consciente de lo mucho que está en juego, no ha vacilado en aumentar el gasto público a un ritmo cercano al 40% anual. Quiere estimular un boom de consumo lo bastante impresionante como para convencer a quienes votaron por Cristina en el 2011 pero no se proponen hacerlo en el futuro de que, a pesar de la inflación, las faltas en las góndolas, el estado penoso de los servicios públicos y así por el estilo, el “modelo” sigue siendo el mejor posible. Se trata de una estrategia peligrosa. Aun cuando el gobierno logre mantenerse en sus trece hasta fines de octubre, el día siguiente tendría que tomar medidas sumamente drásticas, devaluando el peso y reduciendo los subsidios a la energía que, según se informa, ya han superado los previstos en el presupuesto para el año entero. Sin embargo, no hay ninguna seguridad de que sea factible que el gobierno continúe gastando tanto por muchos meses más; no puede sino temer que la hora de la verdad llegue en vísperas de los comicios. Mal que les pese a los kirchneristas, los tiempos económicos no siempre coinciden con los electorales. Una consecuencia de la desconfianza que tantos sienten es que hasta las noticias presuntamente buenas ocasionan dudas. Así, pues, el anuncio de que en abril la economía creció el 7% fue recibido con escepticismo generalizado porque se basó en las estadísticas confeccionadas por el Indec y porque el país acababa de entrar en una etapa dominada por el electoralismo. De acuerdo con los especialistas independientes, si bien es poco probable que luego de meses de letargo la economía nacional se haya puesto a expandirse a un ritmo no muy distinto del registrado últimamente por la de China, será verdad que ha mejorado su desempeño en comparación con abril del 2012, mes en el que se contrajo el 1,15%, de ahí la cifra un tanto sorprendente producida por el Indec. De todos modos, una golondrina no hace verano; a juicio de la mayoría, ya queda definitivamente atrás el crecimiento vigoroso que siguió al ajuste fenomenal que se llevó a cabo durante la gestión del presidente interino Eduardo Duhalde luego del derrumbe del 2001 y comienzos del 2002 y que andando el tiempo tantos beneficios políticos brindaría al gobierno kirchnerista que se atribuyó los méritos de la recuperación macroeconómica. Sea como fuere, mientras que los economistas más optimistas se arriesgan hablando de una tasa de crecimiento del 3% anual para el año en curso, otros creen que tendremos suerte si alcanza el 1%. Para más señas, casi todos coinciden en que, una vez celebradas las elecciones legislativas el 27 de octubre, el gobierno tendrá que tomar medidas drásticas a fin de corregir las distorsiones provocadas por los esfuerzos oficiales por congraciarse con los votantes impulsando el consumo. Por desgracia, tal y como están las cosas las perspectivas frente a la economía nacional distan de ser buenas. El costo de importar energía no deja de subir; una proporción sustancial de las dificultades financieras que el gobierno está tratando de atenuar con medidas intervencionistas, como la supuesta por el cepo cambiario y la campaña a favor de la pesificación, se debe al fracaso estrepitoso de la política energética adoptada por el entonces presidente Néstor Kirchner. Parecería que su viuda quisiera modificarla, razón por la que, entre otras cosas, se apoderó del grueso de las acciones de Repsol en YPF, una maniobra que asustó tanto a los inversores en potencia que no tardó en resultar contraproducente. Asimismo, es muy preocupante la baja continua de las reservas del Banco Central; a diferencia de lo que sucede en otros países de la región que han visto aumentar las suyas, aquí siguen cayendo debido a la decisión del gobierno de usarlas para impedir que la actividad económica se reduzca antes de las elecciones. Ya hay menos de 38.000 millones de dólares en “la caja” nacional que, de disfrutar el país de otra “década ganada”, terminaría totalmente vacía varios años antes de que llegara a su fin, eventualidad ésta que, según parece, el gobierno se resiste a tomar en cuenta.
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