La estatua de Colón y la construcción de climas
No hay a la vista quien pueda asumir un liderazgo a partir de una síntesis de los proyectos de todos.
de domingo a domingo
La estatua de Cristóbal Colón seccionada y tirada por el piso en una plaza pública resulta ser por estas horas la más acabada metáfora de la actual conformación política, económica y social de la Argentina. “Es el ajuste, estúpido”, podría decirse desde una primera mirada, en una afirmación que sintetiza el preocupante combo de las últimas jornadas: devaluación del peso, inflación creciente, pérdida de reservas, ralentización de la economía y temor por el empleo. Un repaso más profundo de un suceso que está a la vista de todos revela cómo la figura destrozada del navegante resume de modo dramático no sólo la división que aqueja a los dirigentes y el espíritu de estropicio que los anima, sino la desidia de buena parte de la sociedad, a la que parece importarle bastante poco la degradación que la envuelve por los cuatro costados. Bien vale pensar en términos de complicidades, cuando los actores sociales se enamoran de modelos que suelen llevarlos a túneles de impredecibles salidas, desde conveniencias individuales especialmente aderezadas por el consumismo exacerbado, el asistencialismo indiscriminado, el empleo público fácil o la Justicia débil. “El país de los derechos adquiridos”, como se suele decir para graficar la permisividad de la década. Basta mirar lo que queda de la figura del ahora vilipendiado genovés para observar con preocupación cómo se ha llegado hasta acá, a partir de la necesidad de prevalecer sobre el otro imponiendo como sea pareceres o modelos de gestión, de la incapacidad para pensar más allá del día a día y hasta de los berrinches personales de los que deciden, paradójicamente todas manifestaciones individualistas de un relato que no cesa de hablar de la inclusión solidaria. En la escultura que ya ha empezado a quebrarse por indebidas manipulaciones de razón política se patentiza la injusticia que golpea al cuerpo social. Allí, en ese cuadro tan triste, aflora tanto el desdén por la inflación, que fabrica más pobres todos los días y las mentiras que quisieron ocultarla, cuanto el problema de la inseguridad, que durante años todos convinieron en disfrazar a partir de un debate casi folclórico centrado en la “sensación”, hasta que hoy le ha estallado en las manos a la dirigencia con secuelas casi imparables, como el desembarco de las pandillas narcos. Así, por estos dos temas esenciales, pero por muchos otros más que cruzan a la sociedad, lo que queda de Colón se ha convertido en la manifestación más acabada de la crisis. Tan inertes como están esos desordenados pedazos de mármol tirados detrás de la Casa Rosada, está hoy la dirigencia en su conjunto, que ha empezado a discutir una vez más el sexo de los ángeles. En general, ni de un lado ni del otro hay vocación por reconstruir en conjunto, como merecería lo delicado del momento. A estas alturas, no existe a la vista quien pueda asumir un liderazgo de grandeza, a partir de una síntesis de los proyectos de todos, para convertirse en el director de una orquesta no sólo que no desafine, sino que comience a tocar con la misma partitura. Lo único que saben hacer hoy todos los actuales ejecutantes es echarle la culpa al vecino. La oposición, claro está, bate el parche con aquellos dos temas críticos, a los que les agrega el desmadre fiscal, monetario y cambiario, el freno de la economía y la posible pérdida de empleos que presagia discusiones paritarias complicadas. Y mira más hacia el pasado y apunta hacia las políticas de “vivir con lo nuestro”, de los subsidios indiscriminados, de divorcio del mundo, de exceso de consumo y la ausencia de inversiones productivas, producto del desapego kirchnerista por los temas institucionales y de su vocación hegemónica. Claro está que los opositores hablan y denuncian esencialmente de corrupción, mientras que en estos días se empeñan en resaltar la ausencia de la escena de la presidenta Cristina Fernández. Sin embargo, ellos suelen decir que no pueden salir a liderar ninguna alternativa común, porque no quieren ser apuntados con el dedo como artífices de la desestabilización. El discurso así armado no deja de ser una excusa para dejarlo solo al Gobierno y para engancharse en el mientras tanto en su deporte favorito: la construcción de internas. Así, radicales y socialistas arman alianzas, pero cruzan espadas… con otros radicales y socialistas. En tanto, el GEN, la Coalición Cívica y otras expresiones de la centro-izquierda miran desde afuera y de modo temprano cómo se produce el desgaste de un espacio que aspiran a conformar hacia 2015. En la otra vereda, el PRO, que tiene que luchar con los problemas de la Ciudad de Buenos Aires y con sus propios opositores, es la única expresión que, por la soledad que presenta su propio espectro, queda fuera de los cruces, preocupada como está por los armados territoriales. Dentro del peronismo, Daniel Scioli y Sergio Massa buscan caminos diferentes, más cerca o más lejos del kirchnerismo, pero se miran y se recelan casi deportivamente. Otro tanto, pasa con José Manuel de la Sota. En tanto, en el sindicalismo dividido en cinco, el moyanismo y el barrionuevismo tocan tambores de guerra, pero poco ayudan a conformar la unidad sindical, aunque el propio Hugo Moyano haya sugerido que podría correrse, si fuese necesario. Desde el kirchnerismo duro, dirigentes y militantes han respondido no con hechos concretos, sino desde un ángulo discursivo e ideológico. Por ejemplo, ellos afirman que “se criticaba cuando la Presidenta hablaba mucho y ahora, se dice lo contrario, porque de lo que se trata es de crear un clima de vacío de poder”. En esa supuesta campaña, ya han puesto en primera línea a la prensa no alineada, sólo porque publica informes de bancos o de fundaciones liberales que descalifican a la Argentina o el precio del dólar blue o le dan espacio a los cortes de luz.
HUGO GRIMALDI
de domingo a domingo
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora