La excepción argentina
En los meses últimos se han multiplicado las advertencias sobre el riesgo de que la mayoría de los países latinoamericanos recaigan en el autoritarismo y el populismo, los vicios políticos tradicionales de la región, luego de una década signada por el avance de la democracia y un esfuerzo generalizado por reemplazar los esquemas corporativos antes ubicuos por una «economía de mercado». Por ejemplo, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, una entidad muy influyente cuya sede está en Londres, acaba de señalar que lo que llama el «neopopulismo» está difundiéndose con rapidez en América Latina debido a la frustración causada por las dificultades sociales, políticas y, sobre todo, económicas que están experimentando virtualmente todos los países. No exagera: desde Paraguay hasta Venezuela, pasando por Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, la democracia está batiéndose en retirada y nadie se sentiría sorprendido si algunos gobernantes optaran por declararla muerta. En tal caso, los culpables de matarla no serían únicamente los que aprovechen las circunstancias para dotarse de poderes dictatoriales. También habrían hecho un aporte imprescindible los políticos que, su presunta adhesión a la democracia no obstante, no hayan resultado ser capaces de defenderla con el vigor y la inteligencia suficientes. Después de todo, en América Latina los enemigos de la democracia cuentan con la ayuda inestimable de dirigentes corruptos cuya codicia es tan notoria que están desacreditando la política misma.
Felizmente para nosotros, las consultoras responsables de estos informes pesimistas no incluyen a la Argentina entre los países que corren peligro de retroceder de esta manera, porque si bien no es difícil detectar aquí síntomas de ambos males, tanto las instituciones democráticas como el «modelo» económico parecen firmemente asentados. Además de un privilegio, la situación excepcional de la Argentina entraña una grave responsabilidad: si el país logra construir sobre las bases así supuestas una sociedad relativamente próspera, equitativa, libre y respetuosa de la ley y de la Constitución, las naciones menos afortunadas de América tendrán la posibilidad de avanzar por el mismo camino en el caso de que un día consigan remontar la cuesta por la cual tantas están precipitándose. En cambio, si la Argentina también tropieza, las perspectivas para la región serán sombrías.
Tanto aquí como en el resto de América Latina, son muchos los que hablan del «fracaso» de la democracia y de la economía de mercado porque en sus propios países los resultados concretos han sido decepcionantes. Tal actitud sería razonable si en otras latitudes, como Europa Occidental, América del Norte, Oceanía y el Japón el panorama fuera igualmente desalentador, pero ocurre que éste dista de ser el caso. Así, pues, debería sernos evidente que lo que ha «fracasado» no son la democracia o el capitalismo liberal sino aquellas sociedades que, por los motivos que fueran, no han resultado capaces de aprovechar los beneficios incuestionables que traen en otras partes. Dicho fracaso no importaría demasiado si se hallaran otros «modelos» igualmente promisorios pero más afines a las tradiciones latinoamericanas, pero sucede que no existen.
El autoritarismo y el populismo – modalidad ésta caracterizada por la negativa sistemática de los dirigentes a tomar cualquier medida que en el corto plazo podría incomodar al «pueblo» -, no constituyen respuestas a los problemas de la región. Antes bien, son formas de convivir con el fracaso, de resignarse a que la sociedad propia nunca pueda aspirar a emular a las universalmente consideradas más exitosas y de intentar atenuar el dolor y la humillación que provoque tal realidad exaltando las particularidades locales y denostando furiosamente a los países más poderosos. Aunque este modo de resignarse a la inferioridad propia tenga su atractivo para cierta clase de dirigentes, por ahora la Argentina parece estar vacunada contra él y es de esperar que siga estándolo durante mucho tiempo más.
En los meses últimos se han multiplicado las advertencias sobre el riesgo de que la mayoría de los países latinoamericanos recaigan en el autoritarismo y el populismo, los vicios políticos tradicionales de la región, luego de una década signada por el avance de la democracia y un esfuerzo generalizado por reemplazar los esquemas corporativos antes ubicuos por una "economía de mercado". Por ejemplo, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, una entidad muy influyente cuya sede está en Londres, acaba de señalar que lo que llama el "neopopulismo" está difundiéndose con rapidez en América Latina debido a la frustración causada por las dificultades sociales, políticas y, sobre todo, económicas que están experimentando virtualmente todos los países. No exagera: desde Paraguay hasta Venezuela, pasando por Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, la democracia está batiéndose en retirada y nadie se sentiría sorprendido si algunos gobernantes optaran por declararla muerta. En tal caso, los culpables de matarla no serían únicamente los que aprovechen las circunstancias para dotarse de poderes dictatoriales. También habrían hecho un aporte imprescindible los políticos que, su presunta adhesión a la democracia no obstante, no hayan resultado ser capaces de defenderla con el vigor y la inteligencia suficientes. Después de todo, en América Latina los enemigos de la democracia cuentan con la ayuda inestimable de dirigentes corruptos cuya codicia es tan notoria que están desacreditando la política misma.
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