La genialidad y la locura

Genio y locura parecen irremediablemente atados en la historia de vida de los grandes talentos de la humanidad

Redacción

Por Redacción

Existe una indiscutible conexión entre la genialidad y la locura. Es como si una mitad del cerebro funcionara a una potencia que la otra no fuera capaz de soportar. Resultado: una colisión y un desplome de la identidad. Aunque Bobby Fischer, siendo un joven, poseía un coeficiente de 180, sus cercanos no fueron capaces de ayudarlo a formarse como una persona integral. Fischer existía sólo para el ajedrez. Acaso el único terreno en el que podía mostrarse perfecto. Un centímetro fuera del tablero, el chico se volvía un imbécil o un fantasma.

Nadie lo dijo mejor que Truman Capote: «Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Fischer tenía un látigo de cinco puntas con el cual azotó su humanidad constantemente.

En su caso, el ajedrez y la comida sirvieron como analgésicos de un sufrimiento crónico amplificado por su genialidad. En el de Capote, como en el del pintor Jackson Pollock, fue el alcohol, la cruel herramienta que les brindó sosiego y calvario, puesto que ambos murieron aturdidos por su sonido etílico ensordecedor.

Hace unos años Hollywood relató la historia del matemático John Nash en el filme «Una mente brillante». También Nash se caracterizó por ser un joven introvertido y poco dado a las relaciones sociales. En su plenitud desarrolló una teoría vinculada al equilibrio en la distribución de recursos que aún se utiliza en diversos campos. Al igual que Fischer, este genio matemático manifestó severos síntomas de paranoia en una época en que realidad y ficción en el terreno de las conspiraciones internacionales podían confundirse con toda facilidad. Porque si bien Nash cooperó con organizaciones pertenecientes al gobierno americano que ocupaban el trabajo de otros superdotados con fines estratégicos, también es cierto que su visión comenzó a deformarse al punto de escuchar voces y descubrir mensajes cifrados en revistas y diarios que fueron sacándolo poco a poco de su trabajo científico.

La mirada de los otros, el dedo imaginario y perturbador, acosó a todos estos genios y quién sabe a cuántos más. Pollock, que ya recuperado del alcoholismo explotó frente al ojo mecánico de una cámara de filmación durante un documental; Fischer, que vivió en una época en donde las sospechas de antipatriotismo eran moneda corriente -y oh casualidad, él sería señalado como antipatriota 30 años después por violar un embargo comercial con la ex-Yugoslavia-, terminó asilado en Islandia, harto del acoso periodístico y obsesionado con la idea de ser escuchado por espías de toda índole; Nash, primero contratado por el gobierno y luego envuelto en una espiral de locura que lo condujo al ostracismo.

También Capote en su declive se descubrió solo y perseguido por la envidia ajena. Durante años prometió a sus editores que presentaría una obra capaz de acercarse en importancia a «A sangre fría». Jamás la terminó y de su escritura el mundo vio apenas unos capítulos bajo el nombre «Plegarias Atendidas». En este libro inconcluso, Capote revelaba ciertas conductas secretas de sus compañeros de ruta, gente de la alta sociedad norteamericana. Sus conocidos reaccionaron con virulencia y dejaron de comunicarse con el escritor. El autor de «Desayuno en Tiffanys» tomó el desaire del peor modo. Murió lamentando su soledad y la indiferencia de sus amigos. Sin embargo, es difícil saber cuanto de esa indiferencia era tan cierta y cabal como para dejar a Capote sumido en las tinieblas del alcohol. «Soy alcohólico, drogadicto, homosexual. Soy un genio», había confesado en una legendaria entrevista.

Varios años atrás Ben Affleck y Matt Damon escribieron «En busca del destino», el filme de Gus Van Sant, acerca de un joven genio que trabaja como personal de limpieza en una prestigiosa universidad americana. El verdadero punto de discusión es cómo debe utilizar su don este muchacho salido de la clase obrera y de conducta delictiva. En coincidencia con otros genios de la vida real, Will tampoco tiene familia que lo apoye y vive en un ambiente mediocre y sin futuro. Sin embargo, en el camino se encuentra con un psiquiatra, un mentor y una chica. Un trío que entre idas y venidas, lo ayudará a ponerse en vereda. Al final, el indomable Will, escoge por relegar su genio y escuchar a su corazón. Una forma bastante original de tratar el látigo que viene con el talento.

Sid Barret, el creador de Pink Floyd, quien permaneció por décadas recluido en casa de sus padres hasta su muerte; Jim Morrison, perdido en París, obseso y alcoholizado; Vincent Van Gogh, quien después de tanto genio y angustia, se disparó en el pecho; John Kennedy Toole, brillante escritor americano quien se mató al suponer que jamás iba a conseguir publicar una de sus novelas, no tuvieron tanta suerte.

El dedo acosador no dejó de penetrar sus ojos.

CLAUDIO ANDRADE

viejolector@yahoo.com


Existe una indiscutible conexión entre la genialidad y la locura. Es como si una mitad del cerebro funcionara a una potencia que la otra no fuera capaz de soportar. Resultado: una colisión y un desplome de la identidad. Aunque Bobby Fischer, siendo un joven, poseía un coeficiente de 180, sus cercanos no fueron capaces de ayudarlo a formarse como una persona integral. Fischer existía sólo para el ajedrez. Acaso el único terreno en el que podía mostrarse perfecto. Un centímetro fuera del tablero, el chico se volvía un imbécil o un fantasma.

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