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La gran tragedia migratoria




Hasta mediados del siglo pasado, era habitual suponer que un “refugiado político” sería un intelectual disidente, alguien como Aleksandr Solzhenitsyn que escapaba de un régimen totalitario, y que ayudarlo sería muy beneficioso para el país anfitrión. Puesto que había pocos, no era difícil para quienes simpatizaban con ellos hacer del asilo para las víctimas de tiranías un derecho inalienable que sería reconocido por todas las sociedades democráticas.


En teoría, sigue siéndolo, pero tanto ha cambiado últimamente que ningún país está dispuesto a tomar en serio las obligaciones que entraña. Como dijo el papa Francisco luego de quejarse una vez más por la hostilidad de muchos europeos hacia los inmigrantes sin papeles que de un modo u otro habían logrado entrar en su parte del mundo, “objetivamente, el tema es muy complejo”.


Lo es porque los refugiados se cuentan por decenas de millones y, con un puñado de excepciones, tienen muy poco en común con los de otros tiempos que conformaban una especie de elite, casi exclusivamente de cultura europea, de perseguidos por sus ideas. En la actualidad, la mayoría abrumadora de los que huyen de dictaduras que son tan crueles como las de la Europa de entre las dos guerras mundiales o de la pobreza extrema es de origen asiático o africano, aunque también hay muchos latinoamericanos, y carece de pretensiones intelectuales.


Por un rato, los gobiernos de países como Alemania y Suecia, fieles a los principios de décadas anteriores, les abrían las puertas de par en par, pero pronto entendieron que no podrían dar la bienvenida a todos. Además de contribuir al fortalecimiento de movimientos nacionalistas, los recién llegados incluían en sus filas a delincuentes y terroristas que no vacilaron en perpetrar matanzas en nombre de su religión. Para más señas, escaseaban los capacitados para cumplir tareas útiles en una economía avanzada; un título profesional afgano, sirio o eritreo no es lo mismo que uno alemán o sueco.


Como es natural, los inmigrantes no occidentales traen consigo sus propias costumbres y formas de pensar que se resisten a modificar.



Con todo, el problema fundamental es que son demasiados los que sueñan con emigrar a un país próspero con servicios sociales generosos. La Argentina dista de ser el único país en que la mitad de la población se siente tentada a probar suerte en el exterior. Si continuara siendo tan fácil como era trasladarse de un país a otro, no tardaría en procurar hacerlo una proporción sustancial de los habitantes de África, el Oriente Medio y las regiones más convulsionadas de América Latina.


Si fuera cuestión de un número reducido de personas, tales hombres y mujeres tendrían que adaptarse a las sociedades que los acogen, pero hay tantos que pueden formar comunidades que son virtualmente autónomas. Como es natural, los inmigrantes no occidentales traen consigo sus propias costumbres y formas de pensar que se resisten a modificar. Gracias a las comunicaciones electrónicas, pueden aferrarse a sus propias particularidades culturales, comunicarse con sus familiares todos los días y disfrutar de programas televisivos en su propio idioma. En las grandes ciudades del mundo desarrollado, ya hay muchos barrios que se asemejan más a los de Karachi, Rabat o Mogadiscio que a aquellos de apenas tres décadas atrás.


Por desgracia, será imposible solucionar los problemas gravísimos que está planteando la voluntad de muchos millones procedentes de lo que se llamaba “el Tercer Mundo” de tener la posibilidad de una vida mejor en Europa o América del Norte. Aunque conforme a las pautas tradicionales, casi todos tienen pleno derecho a ser admitidos, las consecuencias para un país receptor de reconocerlo podrían ser catastróficas; la llegada de multitudes de personas que no podrán aportar mucho a una sociedad moderna pondría en peligro todo cuanto la hizo tan atractiva a quienes aspiraban a vivir en ella.


Por desgracia, será imposible solucionar los problemas gravísimos que está planteando la voluntad de muchos millones procedentes de lo que se llamaba “el Tercer Mundo” de tener la posibilidad de una vida mejor en Europa o América del Norte.



Al agravarse la situación, crece la influencia de los decididos a blindar las fronteras; pueden decir que estimular a quienes tienen la mala suerte de vivir en lugares paupérrimos, violentos y pésimamente gobernados a intentar cruzar el Sahara, los desiertos mexicanos, el Mediterráneo o el Canal de la Mancha aumenta el riesgo de que muchas personas mueran de hambre o ahogadas, como en efecto está ocurriendo con frecuencia creciente.


¿Sería mejor que quienes viven en países pobres devastados por guerras o por regímenes ineptos y brutales comprendieran que les sería inútil tratar de mudarse a uno desarrollado sin cumplir los trámites oficialmente exigidos?. Desde su propio punto de vista, quienes les piden hacerlo tendrán razón, pero nunca podrán convencer a los muchos que se sienten sin más alternativa que la de optar entre resignarse a una existencia miserable y emprender un viaje azaroso hacia lo que ven como una tierra de promisión.


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