La Guerra Fría del siglo XXI


Aunque a Joe Biden los países aliados le dieron la bienvenida, a pocos les gusta demasiado la soberbia de alguien que da por descontado que los demás lo tomarán por el jefe indiscutido del “mundo libre”.


Si bien a veces desconcierta a sus interlocutores al perder el hilo de lo que está diciendo, el presidente norteamericano Joe Biden ha dejado en claro que aspira a figurar en los libros de historia como el líder del mundo libre que se animó a luchar contra las autocracias que lo amenazaban. A su modo, el demócrata es mucho más “derechista” que el republicano Donald Trump. Desde el punto de vista del magnate, Estados Unidos no tenía porqué intentar solucionar los problemas de otros países o salvar al planeta de una eventual catástrofe climática.

A diferencia de Trump, Biden no es un aislacionista. Así y todo, comparte con su antecesor la idea de que las décadas próximas se verán dominadas por la competencia entre Estados Unidos y China. Mientras que Trump se proponía limitarse a revitalizar la economía de su país y reducir sus compromisos en el exterior, Biden está procurando movilizar a las demás democracias para que hagan frente al “desafío sistémico” planteado por la superpotencia en ciernes que ya se ha erigido en una alternativa económica de dimensiones impresionantes.

La guerra fría que están librando los dos mastodontes acaba de intensificarse. Para incomodidad de muchos europeos, la semana pasada Biden consiguió que la OTAN incluyera a China en la lista de “adversarios” estratégicos; sus socios se resistieron a calificarlos de “enemigos”. También quiere poner en marcha un gran plan mundial de infraestructura que, espera, resulte ser mucho más atractivo que la “nueva ruta de la seda” que está impulsando el gobierno de Xi Jinping, además de repartir entre los países más pobres mil millones de vacunas con el propósito de frenar la ofensiva en dicho ámbito de Rusia y China.

Es de prever, pues, que en adelante los norteamericanos y, con menos entusiasmo, los europeos, redoblen las presiones para que otros países, entre ellos la Argentina, se alejen de China y de su aliado coyuntural, Rusia.

Para el gobierno kirchnerista, en que Cristina y su protegido Axel Kiciloff toman todas las decisiones importantes, ha de ser motivo de preocupación el que el hombre al que ciertos optimistas bautizaron “Juan Domingo Biden” por suponer que simpatizaría con países cuyos gobernantes eran reacios a aplicar medidas económicas “neoliberales”, se vea en un rol equiparable con el de Franklin Delano Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial. Aunque Cristina y Axel preferirían que la Argentina se acercara a China y Rusia, además de Venezuela, Nicaragua y Cuba, no pueden sino entender que por razones bien concretas al país no le convendría ser considerado un amigo de “las autocracias” poderosas que Biden se ha comprometido a jaquear.

Siempre y cuando la rivalidad entre los gigantes siga siendo pacífica, un gobierno hábil debería estar en condiciones de sacar provecho de los esfuerzos respectivos por seducir a terceros, pero hasta ahora el formalmente encabezado por Alberto Fernández ha manejado la política exterior con torpeza tan llamativa que bien podría terminar granjeándose la hostilidad de ambos.

Asimismo, mientras que los norteamericanos han aprendido a tolerar las críticas formuladas por políticos de otros países, los chinos tienen la piel mucho más sensible.

Como ya saben los australianos, estar dispuestos a tomar en serio la teoría, que Biden parece creer verosímil, de que la pandemia empezó cuando un coronavirus modificado se fugó de un laboratorio militarizado de Wuhan, podría tener consecuencias económicas muy graves.

Sin embargo, una negativa a hablar mal de la conducta del régimen chino, cuyo desprecio por los derechos ajenos es manifiesto, no sería bien recibida en Washington donde muchos se aseveran preocupados por lo que está ocurriendo en Hong Kong, por la proliferación de campos de “re-educación” para musulmanes presuntamente proclives a convertirse en islamistas furibundos, y por el riesgo de que el régimen ordene la invasión de Taiwán bajo el pretexto de que no es un país independiente genuino sino sólo una provincia rebelde que hay que reincorporar a la madre patria cuanto antes.

A Biden le gusta proclamar que “América ha regresado” al lugar que ocupaba antes de la irrupción de Trump. Aunque los europeos, japoneses, australianos y otros le han dado una bienvenida muy amable, a pocos les gusta demasiado la soberbia de alguien que da por descontado que los demás lo tomarán por el jefe indiscutido del “mundo libre”. Aun cuando reconozcan que, por su magnitud demográfica, riqueza económica y poderío militar, Estados Unidos tiene que ser el “primus inter pares” de la renovada alianza occidental, les molesta que Biden ya se haya acostumbrado a tratarlos como socios menores que deberían colaborar sin chistar con un proyecto fabricado en Washington.


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