La guerra sigue

Por Redacción

Aunque las fuerzas de seguridad rusas logren “liquidar” a los autores intelectuales de los atentados terroristas que mataron a una cuarentena de personas en el subte de Moscú, como prometió el primer ministro Vladimir Putin, no les será dado reducir por mucho el peligro de que en el futuro próximo se produzcan atrocidades todavía más mortíferas. A diferencia de los terroristas marxistas, fascistas o nacionalistas que hasta hace aproximadamente quince años eran los responsables de sembrar la muerte en distintas partes del mundo, los islamistas están tan fascinados por la idea del martirio que muchos están dispuestos a morir en aras de sus convicciones. Según se informa, quienes llevaron a cabo los ataques indiscriminados en Moscú eran mujeres suicidas, al parecer del Cáucaso Norte, una región convulsionada por la guerra santa que están librando los islamistas contra el dominio ruso. En los países occidentales es muy fuerte la tendencia a atribuir los ataques islamistas a motivos puntuales, como si se tratara de una reacción comprensible a la presencia militar norteamericana y europea en Irak y Afganistán, al escaso respeto del gobierno chino por los musulmanes en Sinkiang, al interminable conflicto entre israelíes y árabes, a lo hecho por el ejército de la India en Cachemira y, desde luego, a la brutalidad rusa en las repúblicas caucásicas de tradiciones islámicas. Se trata de una forma de minimizar la importancia de una ideología de raíz religiosa que ha cobrado tanta fuerza en los últimos años que constituye la principal amenaza a la paz mundial. Puede que sólo una minoría de los musulmanes esté plenamente comprometida con los extremistas que dicen estar actuando en nombre del islam, pero hay suficientes como para provocar estragos en docenas de países. En las últimas semanas han perpetrado matanzas en Nigeria y muchos asesinatos en Tailandia y Filipinas, además de un sinnúmero de atentados en países casi exclusivamente musulmanes cuyos gobiernos dependen del apoyo occidental. Dicho de otro modo, lo que enfrentamos no es una serie de conflictos desvinculados los unos de los otros sino un movimiento de dimensiones mundiales cuyos líderes entienden muy bien que les conviene insistir en que el factor religioso carece de significado ya que las “causas reales” siempre son locales y por lo tanto sería ingenuo suponer que tienen algo que ver con el islam como tal. La resistencia a reconocer que lo que está ocurriendo en Nigeria, Tailandia, Filipinas, China, Rusia, muchas partes de Europa occidental y, por supuesto, todos los países del “Gran Medio Oriente” son manifestaciones de un solo fenómeno de alcance planetario se debe a la convicción de que la mejor forma de asegurar la paz consiste en estimular el respeto mutuo. Fue por este motivo que el entonces presidente norteamericano George W. Bush, que reaccionó a la destrucción de las Torres Gemelas neoyorquinas y un ala del Pentágono en Washington declarando una “guerra contra el terror”, cuando en una ocasión habló del “islamofascismo” fue criticado con dureza por los resueltos a pasar por alto el hecho patente de que “el terror” que todos tenían en mente fuera islamista. Los líderes de otros países afectados por el flagelo han sido igualmente reacios a tomar medidas o formular declaraciones que podrían ofender a los musulmanes. ¿Ha contribuido tal actitud a convencer a los yihadistas de que los demás respetan su credo de suerte que no tienen motivos para “defenderlo” con métodos violentos? Desde luego que no. Antes bien, la han tomado por un síntoma de debilidad que les convendría aprovechar al máximo, redoblando sus ataques hasta que sus enemigos acepten que no les queda más alternativa que la de someterse al islam, palabra que de todos modos significa “sumisión”. Así las cosas, lo lógico sería que todos los gobiernos de los países no musulmanes directamente amenazados por los guerreros santos –Estados Unidos, Canadá, los miembros de la Unión Europea, Rusia, China, Israel, Tailandia, etcétera– se reunieran con el propósito de acordar una estrategia común pero, en vista de la propensión de tantos a negar que el resurgimiento del islamismo militante plantee un peligro muy grave, lo más probable es que se conformen con esperar que el atentado más reciente resulte ser el último.


Exit mobile version