La historia de una casa tomada
La primera novela de Matías Alinovi, “La Reja”, nació de una usurpación. El hecho se transformó en un libro que publicó Alfaguara y fue elogiado por la crítica.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
Matías Alinovi pasó su infancia en una casa quinta de La Reja, de la que años después, mientras vivía en París, pensó que había quedado abandonada. Como en un juego de opuestos, viviendo en Europa le preocupaba el destino de ese rincón del conurbano bonaerense en el que había crecido. Pero estaba demasiado lejos como para hacer algo. Hasta que volvió a Buenos Aires y un vecino lo llamó por teléfono para avisarle que se la habían ocupado.
“Ahí se activó algo respecto de la propiedad. Mis derechos de propiedad sobre la cosa eran nulos, solo simbólicos, provenían del hecho de que yo había pasado mi infancia ahí, desde los dos años. En el momento que es ocupada, algo me habilita a recuperar ese lugar simbólico que podría perderse si perdíamos la casa”, cuenta Alinovi en una entrevista con “Río Negro”.
Esa invasión de algo suyo lo impulsó a escribir “La Reja” (Alfaguara), su primera novela, que se publicó este año y recibió un amable trato de la crítica especializada. Entre otros, logró cautivar a Beatriz Sarlo, a quien le gustó mucho y elogió “la prosodia poética, con los acentos perfectamente colocados donde deben caer, todo tendiendo al noble endecasílabo, que casi no se escribe”.
Alinovi no tiene una explicación demasiado acabada de por qué escribió en endecasílabos: “No sé, salió así. Sarlo me dijo que Juan José Saer había pensado mucho tiempo en escribir una novela en verso y que no lo había hecho, que era como una vieja ilusión. Para ella, La Reja podía ser leída en términos de aquella ilusión”. Lo concreto es que al empezar a escribir le salían oraciones de once sílabas: “Me parecía ridículo. Pero cuando lo evitaba, perdía pie, aparecía un realismo que no me importa nada. Un día no reprimí más los endecasílabos y salió eso que salió. No se podía mantener de manera indefinida, así que resolví alternar. Pero quedó algo que me parece que se sostiene”.
“La Reja” es la historia de una casa quinta ocupada que a los pocos días es recuperada. El relato, en primera persona, se centra en lo que pasa en esos días para dejar al descubierto algunos pliegues del conurbano bonaerense. Aparecen una abogada, la policía, los vecinos, un jardinero y, también, un padre, que no hace ningún esfuerzo por recuperar la quinta ocupada.
–¿Tuviste el temor de perder algo más que la propiedad?
– Simbólicamente me funcionaba como el peor modo de enterrar la infancia, digamos. ¿Cómo se cuenta esa historia después? Son muchos los años que fui a esa quinta siendo chico y en los relatos siempre vuelven esos años. Entonces, ¿qué iba a decir? ¿Que iba a una quinta que después terminó ocupada? Es como un desestimar la infancia, no cerrarla bien, por lo menos en el recuerdo. Pensaba que había que hacerse cargo y decir “un día la vendimos”. Pero había que ser el dueño del final de la casa.
–La decisión de abandonarla también es de uno, ¿no?
–Sí, está bien. Pero eso me hace acordar a una cosa que dice Sartre: cuando uno no elige, elige. No hay forma de no elegir. Al mismo tiempo, toda la filosofía existencialista de Sartre es un pensar la elección dirigida a un proyecto, a un fin. El elegir porque no elijo es una elección menor. Como que te socava la posibilidad de construirte. El tipo que no va eligiendo a lo largo de su vida sí va a eligiendo pero no elige bien en el sentido de que no elige construirse.
– Falta la construcción de la decisión.
–Exactamente. Porque la decisión consciente te va construyendo. Así, yo soy el tipo que decidió esto o aquello, casarse o no casarse, tener o no tener hijos. Yo soy este, me construyo y me doy una esencia, que se da a través de decisiones.
–¿Cómo fue la infancia en La Reja?
–De mezcla de clases. La Reja me permitía en mi infancia la dimensión de lo otro, si no todo era lo mismo. En la infancia elegís a los amigos sin ningún miramiento o prejuicio, es el tipo con el que más te divertís, no una valoración consciente. Mi más amigo era Marcelo, el hijo de los que cortaban el pasto en otra quinta. Marcelo, que después se hizo policía, vivía en una casita minúscula. Nunca vi una tan chiquita.
–¿Qué te representaba ir a su casa?
–Para mí jugar con él, ir a esa casa y que él me contara lo que había hecho, era la experiencia de lo otro. Había cosas que me atraían, y otras que no, desde luego. Después vas cumpliendo años y vas entendiendo que hay muchas diferencias que te separan. Entonces silenciás. Yo tenía unas primas que vivían a la vuelta pero no eran tan amigas de Marcelo como yo, porque no era lo mismo. Un hombre, aunque sea un niño, quizá está habilitado a entrar en ese mundo de lo otro. Hay una diferencia de género muy marcada en la relación con lo otro.
–¿Cómo era el ambiente en esa casa?
–Eran muy risueños, muy buena onda. Era imposible pensar que los padrea alguna vez le gritaran, por ejemplo. Para un chico era un mundo espectacular. Una casita chiquita al fondo de una quinta. Era como una aventura, como una casa en el árbol. Los padres eran bajitos, casi gnomos, y él era más alto. Ahora que lo pienso, no estoy ni siquiera seguro de que fuera hijo de alguno de los dos. Es increíble que me lo plantee ahora, tanto tiempo después (risas). En cambio, un chico acepta todo.
–Pareciera, también, que en la novela hay algún reclamo hacia tu papá, ¿es así?
–Él tenía sus cosas. Sí, hay algún reclamo. Mi viejo admira infinitamente a la primera persona que ve y luego se olvida. Entonces me comí muchos cuentos de esos. Habla dos minutos con alguien y te dice “Qué pibe piola, es una luz”. Era como que calibraba mal la realidad. Cuando era chico aceptaba todo y ahora puedo tomar distancia para decirle con tranquilidad que se obnubila con lo primero que ve.