“La hora del testimonio”

Redacción

Por Redacción

Si algo expresa con la mayor propiedad el género de vida por el que las personas deben optar, está bien precisado en el capítulo 30 versículo 19 del Deuteronomio, libro quinto del Antiguo Testamento, cuando dice: “He puesto ante ti la vida y la muerte, elige la vida”. Como es conocido, no fueron muchos los hebreos que supieron observar íntegramente tan elevado precepto, imprudencia que les supo traer terribles tribulaciones a lo largo de su azarosa historia, donde la devolución y el pecado comulgaban recíprocamente. Con el correr de los siglos esa situación se fue extendiendo y agravando, lo que exigía la presencia de un autorizado reformador. Es en esa circunstancia que aparece Jesús de Nazaret, el fundador del cristianismo, cuya tarea era, a través de una pedagogía accesible a las rudimentarias mentes de ese entonces y del ejemplo, restaurar la fe y la moral, en serias dificultades. Para emprender tan trascendente misión el maestro nazareno no levantó templo alguno ni claustro, ni instituyó diezmos, ni hizo elocuente amonestación verbal ni nada por el estilo para desde ahí cumplir el mandato de su padre sino que celebró directamente en el altar de los conflictos humanos donde reina la impiedad. Si tan excelso legislador cósmico tuvo la disposición de tomar esa providencia, lo lógico hubiera sido que la Iglesia Católica, consagrada a rendirle culto, en vez de optar por el inexplicable encierro que la desvaloriza y margina por completo de la problemática social, lo hubiera imitado anteponiendo la luz y el poder de la cruz a la mentira y el engaño de la “prole de la serpiente” que, salvo la excepción de rigor, con plausible éxito opera desde la dirección de las instituciones organizadas para el bien común a favor del maligno “amo del mundo”. Amo y señor del libertinaje, la aflicción y la muerte. El hecho de que en Neuquén existan cuarenta mil jóvenes en riesgo es suficiente prueba de que, como en la época de Jesús, la sociedad se cae a pedazos. Esto ocurre porque el solemne juramento “Que Dios y la patria me lo demanden” no se cumple. Como quienes representan la patria no hacen nada por reivindicarlo y está escrito que Dios no puede ser burlado (Gálatas, capítulo 6, versículo 7), y en la eventualidad de que por ahora no vendrá otro reformador superior para imponer orden, es que ha llegado la hora de que las autoridades católicas testifiquen en tiempo y forma la reiterada promesa pastoral de acompañar y auxiliar al pueblo de Dios en su legítimo e irrenunciable derecho de librarse para siempre de tanta barbarie y tener una sociedad mejor. Además, es lo que don Jaime sin mucho protocolo hace tiempo hubiera hecho. Hugo César Navarro, DNI 7.946.311 Neuquén


Si algo expresa con la mayor propiedad el género de vida por el que las personas deben optar, está bien precisado en el capítulo 30 versículo 19 del Deuteronomio, libro quinto del Antiguo Testamento, cuando dice: “He puesto ante ti la vida y la muerte, elige la vida”. Como es conocido, no fueron muchos los hebreos que supieron observar íntegramente tan elevado precepto, imprudencia que les supo traer terribles tribulaciones a lo largo de su azarosa historia, donde la devolución y el pecado comulgaban recíprocamente. Con el correr de los siglos esa situación se fue extendiendo y agravando, lo que exigía la presencia de un autorizado reformador. Es en esa circunstancia que aparece Jesús de Nazaret, el fundador del cristianismo, cuya tarea era, a través de una pedagogía accesible a las rudimentarias mentes de ese entonces y del ejemplo, restaurar la fe y la moral, en serias dificultades. Para emprender tan trascendente misión el maestro nazareno no levantó templo alguno ni claustro, ni instituyó diezmos, ni hizo elocuente amonestación verbal ni nada por el estilo para desde ahí cumplir el mandato de su padre sino que celebró directamente en el altar de los conflictos humanos donde reina la impiedad. Si tan excelso legislador cósmico tuvo la disposición de tomar esa providencia, lo lógico hubiera sido que la Iglesia Católica, consagrada a rendirle culto, en vez de optar por el inexplicable encierro que la desvaloriza y margina por completo de la problemática social, lo hubiera imitado anteponiendo la luz y el poder de la cruz a la mentira y el engaño de la “prole de la serpiente” que, salvo la excepción de rigor, con plausible éxito opera desde la dirección de las instituciones organizadas para el bien común a favor del maligno “amo del mundo”. Amo y señor del libertinaje, la aflicción y la muerte. El hecho de que en Neuquén existan cuarenta mil jóvenes en riesgo es suficiente prueba de que, como en la época de Jesús, la sociedad se cae a pedazos. Esto ocurre porque el solemne juramento “Que Dios y la patria me lo demanden” no se cumple. Como quienes representan la patria no hacen nada por reivindicarlo y está escrito que Dios no puede ser burlado (Gálatas, capítulo 6, versículo 7), y en la eventualidad de que por ahora no vendrá otro reformador superior para imponer orden, es que ha llegado la hora de que las autoridades católicas testifiquen en tiempo y forma la reiterada promesa pastoral de acompañar y auxiliar al pueblo de Dios en su legítimo e irrenunciable derecho de librarse para siempre de tanta barbarie y tener una sociedad mejor. Además, es lo que don Jaime sin mucho protocolo hace tiempo hubiera hecho. Hugo César Navarro, DNI 7.946.311 Neuquén

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