La increíble historia de los San Bernardo en Bariloche

Los perros son parte indivisible del paisaje cordillerano. Pero hace 40 años eran poco comunes y en el Centro Cívico uno podía encontrar desde monos hasta ciervos embalsamados.



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El Pipi, varias décadas en el Catedral con su perro. Foto: Alfredo Leiva

POSTALES

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar

El primer animal que sirvió como pretexto para sacarse una fotografía en el Centro Cívico de Bariloche no fue un perro sino un mono. Después vinieron los ciervos de cartón y hasta uno embalsamado al que le comieron la cola y la cabeza una jauría de canes salvajes y, como en un cuento infantil con final feliz, por último llegó el perro, el San Bernardo en gloria y majestad que en una época estuvo acompañado por siberianos.

Hoy perros y fotógrafos son una postal inalienable del paisaje cordillerano pero su historia se remonta a la década del ´60 cuando un puñado de fotógrafos de la época comenzaron a imaginar un negocio distinto al tradicional. Hasta entonces la cosa era más bien rutinaria. Una familia de Buenos Aires, por ejemplo, se paraba en el medio del Centro Cívico y le pedía una foto al señor de la caja con capa negra. Porque las máquinas que hacían posible el milagro de la postal de las vacaciones eran verdaderos armatostes.

Pero volvamos al mono. Del hombre no se conservan las señas pero se sabe que apareció a fines de los ´60 abrazado a un mono o al revés. La idea era que la gente se tomara fotografías con el animal. Pero las quejas no tardaron en llegar de parte de los vecinos. El mono pasaba frío, estaba nervioso y claramente no era el tipo de animal apropiado para el ventoso clima patagónico. Una señora de apellido Villalba, propietaria de un comercio en el centro de Bariloche, había comprado hacía poco un perro San Bernardo que acostumbraba a pasear en solitario por los alrededores. Una lámpara se prendió sobre la cabeza de alguien en la zona y dos más dos le dio cuatro. “¿Señora y si en lugar de un mono ponemos al perro para las fotos?, le preguntaron a la flamante dueña del voluminoso can. Ese fue el principio de los San Bernardo en Bariloche.

Ernesto Martínez fue el primer fotógrafo en comprar específicamente un cachorro de San Bernardo para ser fotografíado. Lo trajo de Mendoza. En verdad, el San Bernardo es originario de los Alpes Suizos. La relación quedó picando para quienes vieron la oportunidad de ganarse el pan con este oficio naciente. En Bariloche había inmigrantes de Alemania, Suiza, Austria, entre otros países de Europa, el paisaje recordaba las cumbres del Viejo Continente, de modo que ¿por qué no?. Entonces la leyenda se hizo carne.

Martinez salió al ruedo, es decir al Centro Cívico, con su vieja cámara y el perro y, sorpresa o no, comenzó a cosechar decenas, cientos de clientes cada día. Otros fotógrafos siguieron su ejemplo comprando sus propios perros: Julio Nigro, José Caralota, Ricardo Chiesa, y tantos más.

Entre fines de los 60 y mediados de los 70, el perro no era una figura imaginable entre la nieve. En las fotografías más corrientes se observaba a esquiadores que, en realidad, no esquiaban. En otras palabras, los fotógrafos iban hasta las canchas del cerro Catedral cargando sus propios equipos de esquí, los que se “prestaban” a la gente para que protagonizaran una escena tipificado al habilidoso esquiador de sus sueños. “Mucha gente ni sabía esquiar pero quería llevar una foto haciéndose los cancheros para Buenos Aires. Nosotros teníamos un equipo completo, de una sola medida medio grande para que le entrara a todos, se los dábamos y ellos se fotografiaban posando. ¡A algunos las botas de nieve les quedaban enormes y se veían graciosos!”, recuerda hoy, a 40 años de aquellas imágenes trucadas, la fotógrafa Victoria Gúzman que desempeña su oficio, con o sin perro, desde los 20 años.

Uno de los primeros fotógrafos profesionales en trabajar en el Centro Cívico fue “Carlitos” poseedor de la llamada “cámara del fogonazo”. La propia Victoria conserva una foto tomada por el hombre cuando ella tenía 8 años de edad. Pero “Carllitos” andaba solo.

Guzmán explica que con el producto de su trabajo crió ella sola a cuatro hijos, todos ellos profesionales. “Trabajé en la Capilla San Eduardo, frente a la Catedral, en la Intendencia de Parques, en el cerro”, enumera lugares que representan décadas de oficio, frío y estar parada. Ha sido propietaria de cuatro generaciones de perros. El último de ellos Amancay, un perro “liviano” que pesa unos 80 kilos.

Antes de la digitalización un fotógrafo podía llegar a hacer 300 retratos por día. Un número imposible de alcanzar hoy.

“Son tiempos que no van a volver, hoy tenés suerte si en temporada alta se hacen 30 ó 40 fotos en un día entero”, explica el Pipi, uno de los fotógrafos emblemáticos que tiene el cerro Catedral. Para el Pipi no hay secretos, no hay leyendas acerca de la materia que lo tiene como trabajador full time. “Es un oficio sacrificado. Mi perro es mi hermano, mi mejor amigo, mi compañero, vengo temprano, lo hago correr y después trabajamos juntos. Sin él yo no estaría acá ni comería”, explica el Pipi, que no duda en confesar que el barril que los San Bernardo patagónicos llevan debajo del hocico es “una gilada, puro cuento, no llevan ron ni nada”. Curiosamente el primer perro que trabajó de “San Bernardo para la foto”, se llamó Brandy.

Un perro grande come cerca de un kilo de comida balanceada por día, más alrededor de 3 kilos de carne y, cada tanto, platos especiales con pollo y arroz. El más voluminoso que se puede ver hoy en el Centro Cívico pesa 200 kilos (si, leyó bien 200) y tiene el grosor de dos (¿o tres?) pastor alemán juntos. Le pertenece a Virginia que considera que “Antu” tiene una energía que sólo se puede catalogar de espiritual. “Antes trabajaba 8 horas corridas pero ahora vengo nada más que dos, debería laburar más pero los perros se estresan, uno se cansa, estoy en esto desde los 16 años”, cuenta Virginia quien al momento de la charla ya estaba por partir hasta el auto de “su perro”. “Antu se apropió del coche, vive ahí y además en el patio se hizo una cueva”, relata la joven de aspecto dark, como una fan de “The Cure”.

El precio de las fotografías con un San Bernardo van de los 30 a los 100 pesos. Nadie ha podido dilucidar porqué la gente elige retratarse una y otra vez con un perro de gesto cansado. No lo saben los fotógrafos y, por lo general, lo ignora la propia gente. “¡Hay que liiinnndoooo!”, exclama la chica y Virginia la incita “podés tocarlo sin problemas”. Entonces la chica lo toca como si tocara un manto divino. El perro no se da por enterado. No mueve una pestaña. Pero algo ocurre. Un hecho difícil de explicar. Entonces, si, dice la chica “hacéme la foto”. “La gente se olvida que esto para nosotros es un trabajo, entonces va, pone al chico al lado del perro sin nuestro permiso y le toma la foto. ¡Señor! ¡No se olvide que el perro no llega solo hasta acá!”, monologa Victoria quien dice estar cansada de los fotógrafos aficionados.

Un coleccionista regional de anécdotas asegura que un cliente le pidió al Pipi en una oportunidad más de 20 fotografías en las cuales se lo veían en distintas poses junto al perro de turno. Victoria tiene su propio récord: 36 fotografías hechas para un actor americano del cual no recuerda el nombre y que apareció parado, abrazado, acariciando, en fin, junto a su San Bernardo. ¿La factura? Onerosa, por supuesto. “36 fotos, no sé para qué, eran la misma foto todas”, reflexiona Victoria hoy.

El combo “fotógrafo + perro” debe pagar un canon al municipio y tener un carnet profesional para ejercer su trabajo. Pero hoy la competencia es mucho mayor que hace 35 años. Hubo un largo periodo en que todos los que se dedicaban al negocio se reunían a cenar juntos. “Hoy ni nos hablamos, basta con una cámara y un perro y listo, se ponen ahí a sacar fotos”, dice Victoria.

La diversidad es la norma del oficio. Un signo del momento en que vivimos en el principio del milenio. Una paradoja se para sobre los hombros de la otra. Un fotógrafo de, por ejemplo, Bolivia se consigue un San Bernardo que no viene de Suiza sino de la provincia de Buenos Aires y le toma fotografías a un Brasileño en Bariloche.

“Lo peor de esto es el frío y el viento, lo más duro”, señala Tania, que hace 20 y tantos años que se dedica a tomar fotos. “¡Ah! ¿Lo puedo tocar?”, le gritan, preguntan un poco histéricas un grupo de estudiantes a Tania que tiene en sus brazos un San Bernardo bebé, el animal más dulce del planeta después de un bebé panda. “No, no sigan, sigan caminando”, le responde Tania. “Si les digo que sí se vienen todas encima y se llena de gente”, le dice al periodista la fotógrafa que conoce los trucos del negocio. Se mira pero no se toca y si se toca, se paga.

Los rumores atraviesan las vidas de estas personas que por elección o necesidad ataron sus vidas a un perro gigantesco. Hay quien dice que los drogan para que estén relajados y tranquilos, o que los maltratan cuando nadie los observa. Hay denuncias al respecto. En la villa del señor, como suele decirse, hay de todo. Pero la mayoría de los casos el vínculo entre dueño y perro, fotógrafo y objeto de deseo turístico, parece bueno. Al fin de cuentas, ambos le deben la vida al otro.

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