“La La Land” o el fin de la era romántica del capitalismo





Mirando al sur

El amor es un cuento chino. Literalmente. Los mayas como los griegos, los romanos, los sumerios, los egipcios y todos los demás pueblos del mundo no conocieron el amor. En todas partes existieron sentimientos que los chinos asociaban al amor: la ternura, la confianza, el compañerismo. Pero el amor-pasión por otra persona (quererla como si fuere un dios encarnado), eso no lo conoció ninguna cultura antes de que los poetas chinos del siglo VIII lo inventaran. Como todo lo humano, el amor también es invento. Y como lo muestra la película “La La Land”, ese invento acaba de morir.

En el siglo XII, los árabes llegaron a China y descubrieron el amor. Los fascinó y lo divulgaron por medio mundo: de Turquía a España, de Siria a Marruecos, los poetas mediterráneos comenzaron a cantarle al amor. Sin embargo, tardó siete siglos en popularizarse. Hacía falta un cambio radical en las costumbres y en la vida económica para que el amor pudiera ser un ideal de masas. Y eso se produjo con la confluencia de la Revolución Industrial, la Revolución Francesa y el surgimiento de la filosofía romántica. Es decir, a fines del siglo XVIII. “La La Land” viene a contar justamente lo contrario: cómo es que ahora los astros (económicos, políticos y sociales) se han alineado para acabar con el amor.

El cuento chino del amor se popularizó masivamente en apenas unas décadas y se convirtió en un ideal absoluto que, de a poco, fue abarcando todo el planeta. La primera gran globalización fue la de los sentimientos. Miles de canciones y novelas (y luego películas y series de TV e historietas, y toda la producción de la industria cultural moderna) han tenido al amor como eje central de su trama.

¿Por qué fue posible esa masificación y globalización del amor en un mundo en el que anteriormente no le interesaba a casi nadie? Porque surgió la libertad individual, el ideal de autonomía personal (que supone que uno puede elegir, incluso, sus sentimientos) y una mínima independencia económica. También el amor necesita de la asimetría (los dos enamorados no pueden tener exactamente el mismo poder, aunque puedan tener poderes equivalentes). Mientras la mujer claramente estaba en desventaja sociocultural, política y económica con respecto al varón, el amor fue posible (al menos como ideal).

La mujer, en la etapa romántica del capitalismo, renunciaba a su independencia económica y cultural a cambio de vivir con el hombre al que adoraba. Al cuidar a sus hijos y mantener la casa la mujer ganaba un cierto poder “puertas adentro”, pero era siempre, en la sociedad, la que estaba en desventaja. No todo fue tan sencillo en los últimos dos siglos, pero ese esquema funcionó bastante bien hasta la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces (y más aún desde los 60 con la aparición de la píldora anticonceptiva y el lavarropas) las mujeres comenzaron masivamente (ya no una escritora genial aislada, como Virginia Wolf, por ejemplo) a tener poder autónomo.

Cada vez se tornaban más inverosímiles las historias románticas. Cada vez debían ser más cínicas, más atrevidas, para que el público las aceptase. Hasta que llegó “La La Land” y mostró que con esos retoques cosméticos no alcanzaban: el amor hoy es un sentimiento anticuado. Nadie (en la elite mundial) sacrifica sus metas porque se enamora de otra persona.

Los pobres pueden aun sacrificarse por amor, al menos como un ideal, y por eso seguirán produciéndose las telenovelas latinoamericanas o turcas que apuestan a la vieja idea del amor apasionado como un ideal compartido con su público. Pero los menores de 40 que hoy pertenecen a la elite planetaria (ese 10 ó 15% de los que están en la cima de la pirámide) ya saben que si no quieren morir en la pobreza (o lejos de sus ideales socioeconómicos) deberán olvidarse del amor.

Es casual (y causal, a la vez) que “La La Land” llegue a la consagración mundial en el mismo momento en que la idea del capitalismo posromántico llega a la Casa Blanca. Los productores del filme no sabían que Donald Trump hoy sería el presidente. Sin embargo, fue el mismo sentido de la historia el que hizo que millones de votantes quisieran a Trump y el que impulsó a guionistas, director y actores a contar esta historia de dos enamorados que prefieren cumplir sus sueños antes que vivir su amor. Sueños cuya realización no incluye al otro.

Vivir separados. Vivir sin ideales. Vivir luchando para lograr no se sabe qué. Conformarse. Adaptarse. Saber que las opciones eran menos placenteras, que eran menos beneficiosas (en lo económico, en lo social). Vivir sin sueños (porque logramos cumplir los míseros sueños en los que abandonamos todo). Ese es el nuevo clima de época.

“La La Land” le puso música y baile a la utopía de nuestra era: vivir sin sentirlo. No es una película conservadora ni nostálgica. No habla del pasado (pero ese “no hablar” lo hace con decenas de citas de toda la historia del cine romántico y de las comedias musicales), sino del futuro: ya somos otros, aunque no amemos serlo.

Catorce siglos de historia del amor se han terminado. No hay marcha atrás, aunque no nos guste. “La La Land” nos muestra qué queda cuando un ideal global se esfuma en el aire: el desconcierto. Y eso es lo que el capitalismo posromántico nos promete: vivir mejor sin saber para qué vivimos.

El cuento chino del amor se popularizó masivamente en apenas unas décadas y se convirtió en un ideal absoluto que, de a poco, fue abarcando todo el planeta.

“La La Land” mostró que el amor hoy es un sentimiento anticuado. Nadie (en la elite mundial) sacrifica sus metas porque se enamora de otra persona.

Datos

El cuento chino del amor se popularizó masivamente en apenas unas décadas y se convirtió en un ideal absoluto que, de a poco, fue abarcando todo el planeta.
“La La Land” mostró que el amor hoy es un sentimiento anticuado. Nadie (en la elite mundial) sacrifica sus metas porque se enamora de otra persona.

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