La lista de Duhalde

Por Redacción

Cuando de asegurar la supervivencia propia se trata, nuestros «dirigentes» están entre los más hábiles del mundo entero. De otro modo, sería imposible explicar el hecho de que a pesar de haber protagonizado un desastre colectivo tan espectacular que los más renombrados especialistas internacionales aún lo encuentran incomprensible, el panorama político sigue dominado por virtualmente el misma conjunto que diez años antes. Si bien se han producido algunos cambios, éstos se han debido más a la muerte por causas naturales de los ausentes que al disgusto manifiesto, en algunas oportunidades rayano en la histeria, que ha sentido una ciudadanía que tiene motivos de sobra para creerse vilmente estafada. Puede que un político notorio, Fernando de la Rúa, se haya visto expulsado definitivamente del elenco estable, pero también es factible que se las arregle para regresar: si la historia nos ha enseñado algo, esto es que en este ámbito todo es posible.

Así las cosas, era de prever que muchos tomarían la decisión del presidente Eduardo Duhalde de crear un registro de los que se dicen dispuestos a renunciar a sus cargos electivos y, es de suponer, a no volver, por un chiste de pésimo gusto. También lo era que los más indignados por la maniobra serían Elisa Carrió y Luis Zamora. ¿Quién se cree Duhalde apoderándose de esta manera de su bandera principal, cuando no la única? Parecería que el presidente no entendía que al reclamar que «se vayan todos», aquel todos no podría incluirlos a ellos mismos porque, dirán, no han tenido nada que ver con el colapso del país. Por razones evidentes, dicha teoría es muy popular entre los partidarios de la chaqueña y de su compañero de ruta circunstancial, pero muchos no lo compartirán porque comprenden que la actitud encarnada por Zamora y la guerra santa contra la banca de Carrió sí han constituido aportes muy significantes al derrumbe.

Con todo, es probable que el trotskista y la ultracatólica estén en lo cierto al suponer que lo último que quisiera Duhalde sería que la «clase política» en su conjunto optara por dedicarse a otro oficio, aunque sólo fuera porque el desmantelamiento de su célebre aparato bonaerense lo dejaría expuesto a los ataques nada respetuosos de una jauría de abogados y jueces mediáticos resueltos a examinar sin darle el beneficio de duda alguna todos los detalles relacionados con su ascenso, su gestión y, claro está, la formación de su patrimonio familiar. Sin embargo, sería asombroso que los decididos a aprovechar el estado de ánimo ciudadano no tuvieran en mente nada más que el reemplazo de la clase política in toto por otro presuntamente mejor. Son políticos profesionales que se formaron en el contexto supuesto por esta rama de la cultura argentina y, al igual que los demás, son expertos consumados en el arte de transformar en poder las desdichas ajenas, actividad que, desde luego, suele tentarlos a ayudar a agravarlas.

En última instancia, la conformación futura de la clase política nacional dependerá de la voluntad de la gente. Si bien tendrá que limitarse a la oferta electoral existente, la gama de opciones es lo bastante amplia como para permitirle obligar a irse a todos los representantes de la politiquería tradicional, entre ellos Carrió y Zamora. Sin embargo, como hace pensar la eminencia actual de estos dos en las tablas de posición confeccionadas por las empresas encuestadoras más los índices de aprobación relativamente satisfactorios conseguidos por un trío de peronistas archiconocidos, la mayoría no tiene demasiado interés en intentar un borrón y cuenta nueva. Es concebible que en los meses próximos cambie de actitud -en efecto, el estancamiento de Carrió, el boicot a casi todos los radicales y la incapacidad aparente de José Manuel de la Sota de impresionar a nadie sugiere que algo está sucediendo en las profundidades de la conciencia colectiva-, pero la verdad es que a pesar de la popularidad del lema «que se vayan todos» el país sigue siendo reacio a intentar una renovación total, lo cual puede considerarse una lástima a la luz de la inoperancia patente de tantos «dirigentes» notorios pero que por lo menos refleja un grado de cautela saludable frente a un problema que dista de ser tan sencillo como muchos parecen suponer.


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