La lista de fin de año

Por Redacción

Un aula es, sobre todo, un lugar de encuentro entre las generaciones. Los nuevos y los viejos se reúnen en un espacio pensado para la transmisión del conocimiento, pero en realidad es mucho más que eso. La docencia es un trabajo moroso para mostrar sus resultados; puede pasar una vida sin que sepamos en qué mujeres y hombres se convirtieron nuestros alumnos. Pero es una tarea vital. Yo, por ejemplo, llegué hasta aquí gracias a un libro que me recomendó un profesor. Conocí “El barón rampante” de la mano de Lucas Potenze, el Poto, que nos enseñó Historia durante dos años seguidos en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Un día nos habló en clase de cómo habían retrocedido las ciudades durante la Edad Media mientras crecían los bosques y las jaurías de lobos. Nos contó que en esa época se decía que un mono que se trepara a un árbol en Roma podía llegar de rama en rama hasta las orillas del Mar del Norte sin tener que tocar nunca el suelo. Evocó el miedo a los acechantes peligros extramuros de los restos de las viejas ciudades romanas, desperdigadas como islas en la Europa medieval, las acechantes fantasías agazapadas entre los árboles. Y, como al pasar, como quien recita un conjuro, dijo que esa historia le recordaba un libro: “El barón rampante”, de Ítalo Calvino. La imagen de un mono viajando desde la Basílica de San Pedro a las costas desoladas del Báltico me hechizó. Encontré el libro en una mesa de una librería de viejo que ya no está más: la misma edición de tapa dura que aún tengo. Y fue entonces, a mis quince años, que leí por primera vez “El barón rampante”. Recuerdo perfectamente la tarde en la que lo empecé: un sábado de junio soleado y frío, acurrucado en mi cama. Siento de nuevo el calor de mis pies abrigados confundiéndose con el de mi pecho a medida que leía. Revivo cada vez la sensación física del placer de la lectura extendiéndose por mi cuerpo. La historia de Cósimo Piovasco de Rondó me atrapó. Era muchísimo más que lo que mi profesor había prometido. Un joven barón, en el Norte de Italia, protagoniza un gesto de rebeldía que cambiará su vida. No comerá un plato repugnante de caracoles preparado por su hermana ni aceptará la obligatoria presencia en la mesa ni el castigo de su padre: para evitarlo, se irá a vivir en las copas de los árboles para siempre. A partir de esa decisión, comienza la historia de un adolescente que mientras crece, en vísperas de la Revolución Francesa, nos enseña que no hay aislamiento posible, que sólo podemos ser nosotros mismos en relación con los demás, aun cuando elijamos el camino de la soledad. Sin volver a bajarse de los robles del bosque de Ombrosa, Cósimo enfrentó a los piratas, se escribió con los filósofos ilustrados, vio llegar a los ejércitos napoleónicos en retirada con los cosacos a la zaga, ayudó a los aldeanos a enfrentar a los lobos. Y vivió, como no podía ser de otra manera, una gran historia de amor condensada en un nombre: Viola. Yo no sé si Lucas, mi profesor, tenía incorporada esa recomendación como una estrategia didáctica. Pero, en todo caso, ese es el hito en el que yo hago nacer mi tradición ahora que también soy profe: cada año, en algún momento, les recomiendo a mis chicos “El barón rampante” y les cuento cómo fue que supe yo de la existencia de ese libro. Es una forma de lucha contra el olvido: de la obra, del Poto y, por qué no, de mí. Este año, a pedido de uno de mis alumnos, reforcé la tradición. Al final de las clases les regalé a mis chicos una lista de los libros que yo consideraba más importantes y que había leído más o menos hasta la edad de ellos (la única excepción fueron los de Álvaro Mutis, porque retrospectivamente me hubiera encantado leerlos más joven). Son los libros que entiendo que de alguna manera me formaron. Les aclaré que seguramente a algunos los iban a encontrar aburridos, que otros quizás no les iban a mover un pelo. Que después había leído muchos más. Pero que en esa lista estaban los que definitivamente me ayudaron a ser quien soy. Son mis amigos: y uno está orgulloso de sus amigos. Siempre pensé que la tarea del docente es anticlimática: lanza flechas sin blanco fijo más que el futuro, busca cómplices para robar el fuego sagrado. George Steiner escribió que los maestros son quienes “despiertan el don que posee un niño o un adolescente, que ponen una obsesión en su camino”. A medida que crecí, me di cuenta hasta qué punto esa clase sobre árboles y monos medievales y el libro recomendado me habían modelado. Un profesor es un lanzador de desafíos, y estoy seguro de que los buenos docentes han sentido al menos una vez que detuvieron el tiempo, que propiciaron el encuentro. Una frase adecuada, en el momento justo (aunque no sepamos que lo es), es decisiva para las personas. Lanzarla, o atraparla, nos hacen ser parte de un proceso multisecular: el del misterio de la transmisión de la cultura, el de la comunidad entre los hombres, entre los vivos y los muertos. Entreteje la hebra que somos en el hilo invisible de la experiencia humana. (*) Historiador y escritor

Federico Lorenz (*) @FedeLorenzyClio Especial para “Río Negro”

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