La lógica del “FIFAgate”
“El problema no es Blatter, es el sistema”, sostienen.
OPINIÓN
La corrupción está en el ADN de la FIFA. Esta institución fue desde sus inicios, y mientras el fútbol se mantenía dentro del amateurismo y semiprofesionalismo, una organización casi inexistente para muchos habitantes del mundo. Pero llegó la revolución de la televisión y las comunicaciones y el fútbol mutó a la categoría de supernegocio. El dinero empezó a fluir hacia jugadores, clubes, asociaciones de clubes (AFA) y a la federación de asociaciones (FIFA). Pero hay una diferencia sustancial entre un caso y los otros. Porque en el caso de los jugadores, la plata gorda les queda a ellos y es justo que así ocurra, porque son los dueños de la magia; ellos son los que hacen sentar a un espectador en el living de su casa, de cualquier lugar del mundo, para ver en vivo un partido que se juega en las antípodas. Pero en el caso de los clubes y asociaciones, se generó una situación confusa. Sin proponérselo, los directivos pasaron a manejar mucha plata, ¡pero que no es de ellos! Éste fue el factor que finalmente llevó a que la mayoría de los clubes de las grandes ligas de Europa decidieran mutar de asociaciones civiles a empresas privadas. Porque comprendieron lo obvio: no se puede administrar prácticamente ad honórem, sólo por el amor al club, un negocio que mueve hoy miles de millones de dólares (esto, que los dirigentes europeos entendieron rápidamente, los argentinos aún ni se lo han planteado; y así está el fútbol allá y acá). Particularmente en el caso de FIFA, al ser propietaria de derechos (de designar sedes mundiales, de asignar derechos de televisión, etc.), la nueva situación la hizo supermillonaria. Pero, como ya se dijo, la plata no es de sus dirigentes. No son ellos accionistas de una empresa que de repente vio volar el precio de sus acciones. Son sólo sus administradores. Y por lo tanto, lo que pueden sacar en blanco es poco (viajes, hoteles, restaurantes, etc.). No hay manera de apropiarse, por derecha, de la plata grande. Entonces, hacen valer su poder. Te damos los derechos de tal evento, o el derecho televisivo de tal certamen, a cambio de tanta plata, obviamente por izquierda. Este crecimiento de poder de la FIFA es el rasgo particular. Pero hay algo más bastante sui géneris. Y es que la tentación a prenderse en estos negociados es grande, porque a diferencia de lo que ocurre en una corrupción gubernamental, donde los grandes perdedores son siempre los contribuyentes, en el caso de la FIFA no parece haber perdedores. Tengamos en cuenta que la plata de estos negociados ni siquiera entró a la FIFA. Todo se hizo por afuera del organismo. Es que en realidad esta corrupción de la FIFA se parece mucho a la incentivación que le hace el club A al club B para que éste le gane al club C. El que pone la plata lo hace voluntariamente (cosa que no ocurre en el caso de los contribuyentes en el caso de corrupción pública). En tal caso, es muy difícil encontrar el delito. De hecho, las acusaciones que está haciendo la Justicia de Estados Unidos son más por lavado de dinero que por los sobornos en sí. Supongamos que alguien de Qatar puso dinero en manos de algunos de los 209 representantes que votan en la FIFA para que el país fuese elegido como sede del Mundial 2022. Obviamente que lo puso en forma voluntaria, ya que seguramente luego la recuperaría y hasta multiplicaría si el país sale elegido. Pero, ¿quién se perjudicó? Podría decirse que se perjudicaría todo el pueblo de EE. UU. por la no realización del Mundial en ese país. Bueno, sí. Pero no es un perjuicio directo, no le sacaron plata al contribuyente americano. Además, si se puso a votación, es porque ninguno de los candidatos tenía derechos sobre el otro. Es decir: también podría ser que los que votaron a Qatar lo hubieran hecho de todas maneras, con o sin incentivo, porque creían que era lo justo, lo conveniente, o por simpatía, etc. Aclaro que no estoy justificando ni defendiendo las acciones de estas personas. Simplemente digo que una organización que no es propietaria del negocio, ya que los jugadores no le pertenecen, pero que sí es propietaria de determinados derechos que significan negocios importantes; que está compuesta por 209 miembros que en forma personal no son ni dueños de jugadores ni dueños de esos derechos pero sí tienen el poder para otorgar los mismos, con su voto, y donde el voto de cada uno de ellos tiene el mismo peso… bueno, amigo, una organización así es casi imposible que pueda funcionar sin irregularidades. Franz Beckenbauer, refiriéndose a este caso, fue muy claro: “El problema no es Blatter, es el sistema”. Con este sistema de organización no hay manera de que no ocurran ni vuelvan a ocurrir estas cosas, por más que cambien a los 209 representantes. Porque en definitiva los hombres… son hombres. (*) Economista
Rolando Citarella (*)