La mentira y la política
En sus recientes declaraciones a los medios en la ciudad de Nueva York con motivo del inicio del nuevo período de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, sostuvo –suelto de cuerpo– que sus militares no estaban envueltos en la guerra civil siria. Sin embargo, muy pocas horas antes un comandante de la Guardia Revolucionaria de Irán había confirmado que sus tropas están efectivamente prestando asistencia –no militar– al régimen de Al Assad, advirtiendo además que sus efectivos podrían de pronto participar –ellos mismos– en las acciones militares si Siria fuere atacada desde el exterior. Esto fue revelado por el diario “El Mundo” de España el 16 de septiembre pasado. ¿Quién dice la verdad? Difícil saberlo. Pero está claro que uno de los dos miente. Ocurre que desde hace rato se sabe de la intensa provisión de armamentos por parte de Irán a Siria, la que –a veces– se hace a través del movimiento libanés Hizbollah, estrechamente vinculado a la teocracia iraní. Y del constante entrenamiento que los hombres de la Guardia Revolucionaria proporcionan a las fuerzas de seguridad del gobierno sirio. No obstante, Ahmadinejad niega todo ello. Quizás porque el uso moderno de la información en política, según nos cuenta Claude Revel –en su reciente libro: “La France, un pays sous influences”, 2012–, es frecuentemente falaz y hasta mentiroso. La información –en nuestros días– se usa hasta para difundir razonamientos paranoicos, seductivos, delirantes o repletos de falsedades. Desenfadadamente. Como si fuera normal. La verdad es que ello es repulsivo, pero nada nuevo. Ya Maquiavelo nos decía: “El arte de la política es el de hacer creer”. El arte de mentir, entonces. A lo que Lenin añadió: “Hay que decir a la gente lo que quiere creer”, sea o no cierto. Ambos tienen hoy cada vez más seguidores. Sólo teniendo esto en cuenta se pueden comprender, aunque naturalmente no justificar, las increíblemente sorprendentes respuestas de nuestra presidenta a los alumnos que la entrevistaron en la Universidad de Harvard, durante su reciente periplo exterior, y la enorme distancia que esas respuestas marcaron reiteradamente respecto de la realidad argentina, que por lo demás el mundo no desconoce. Esto sucede en el escenario que Simona Forti –en su obra: “Il totalitarismo”, 2001– pintara con bastante precisión, donde la autora italiana nos confirma que los autoritarios modernos sienten la necesidad de construir su dominio sobre una “apariencia democrática”. Mientras intentan manipular a la sociedad, recurriendo a los resentimientos y modificando caprichosamente la realidad, de manera que ella se conforme a su “relato” ideológico, con el que apuntan a la llamada “Gleichschaltung” –o sea el alineamiento de todos– predicada en su momento por los nazis. Para ello es necesario desfigurar la realidad. Esto es: mentir cada vez que convenga, suponiendo que se trata sólo de una pícara “anomalía del comportamiento”. De horror. Mentir debe ser siempre una conducta inaceptable. Más aún cuando la mentira se pronuncia descaradamente desde lo más alto del poder. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
Gustavo Chopitea (*)