La misma canción

Redacción

Por Redacción

Ya es tradicional que el presidente de turno nos informe que le tocó fundar un nuevo país, como si todo lo ocurrido antes de su llegada perteneciera a la prehistoria, de suerte que pudo preverse que, para Cristina Fernández de Kirchner, el 25 de mayo de 2003 fuera una efemérides tan importante como el mismo día más de dos siglos antes ya que, para marcar la ocasión, nos aseguró que “vinimos a torcer un camino como había ocurrido en 1810”. También es tradicional que los giros supuestamente copernicanos intentados por los distintos gobiernos resulten ser decididamente menos drásticos de lo que soñaron. Acaso el único presidente que consiguió cambiar mucho fue Juan Domingo Perón al abrir las puertas a la participación a sectores hasta entonces marginados, pero al alejarse del poder otros, incluyendo una larga serie de dictaduras castrenses, dejaron atrás un país que, en muchos ámbitos, resultaba ser muy similar a aquel que encontraron a su llegada. Por cierto, ninguno logró “cambiar la mentalidad” de los argentinos, como se habían propuesto. Frente a una muchedumbre de militantes, Cristina sorprendió gratamente a muchos al adoptar un tono relativamente conciliatorio para un discurso en que aludió al “amor por el otro” que supone ha sido la clave de su gestión. Puede que lo haya sido y, de todos modos, no hay duda alguna de que, lo mismo que virtualmente todos los demás gobiernos anteriores, el kirchnerista quería mejorar la situación de “los pobres y excluidos”. Sin embargo, conforme a los datos disponibles, los resultados concretos de sus esfuerzos en tal sentido han sido peor que decepcionantes. Hay tantos pobres como en la satanizada década de los noventa y, a raíz de la debacle educativa y el deterioro social, habrá muchos más excluidos. Es que, de por sí, las buenas intenciones no bastan. Para reducir la proporción de compatriotas que viven en pobreza y que, tal y como están las cosas, no podrán salir de ella, sería necesario algo más que arengas moralizadoras o “planes sociales” clientelistas que, a lo sumo, hacen más tolerable la falta de perspectivas reales. Lo entiendan o no Cristina y sus partidarios, el gobierno kirchnerista no ha manifestado demasiado interés en “la gestión”, es decir en medidas prácticas destinadas a impulsar los cambios que supondrían deseables. Antes bien, los funcionarios, encabezados por la presidenta, se han concentrado en felicitarse a sí mismos por sus sentimientos generosos. A esta altura, el que éste haya sido el caso no debería motivar extrañeza. Aun más que en otras sociedades, en la nuestra la política se ha distanciado tanto de la realidad que las palabras pronunciadas por los dirigentes raramente tienen mucho que ver con lo que efectivamente está ocurriendo, pero pocos gobiernos han ido tan lejos como el actual. En lugar de procurar llevar a cabo las reformas que serían precisas para la tercera parte de la población que a duras penas sobrevive por debajo de la línea de pobreza o, con suerte, esporádicamente logra superarla por poco, el de Cristina se limitó a inventar un país ficticio, el del Indec, en el que por arte de birlibirloque las heridas sociales se habían curado, la inflación no era un problema grave y en ciudades como Resistencia no había desempleo. Sólo cuando pareció que bien antes del 11 de diciembre de 2015 el Banco Central perdería el último dólar de las reservas y el país caería nuevamente en bancarrota optó el gobierno por cambiar de rumbo aunque, huelga decirlo, negaría haber puesto en marcha un ajuste “ortodoxo”. Asimismo, en el país fantasmal del gobierno la inseguridad ciudadana es un tema menor, el narcotráfico sigue ausente y la corrupción no constituye un problema grave. Parecería que a juicio de Cristina y sus simpatizantes más locuaces se trata de lacras propias de un pasado al que no tiene ninguna intención de volver, no de aquellas de la actualidad que, luego de más de once años de kirchnerismo, le serán atribuidas. Si bien es tarde para esperar que en el tiempo que aún le queda Cristina se anime a enfrentar los problemas bien concretos que dejará a sus sucesores, sería bienvenido un mayor grado de realismo. Caso contrario, la larga “década ganada” será recordada como una de las peores de la historia nacional, en la que un gobierno enamorado de su propio relato desperdició todas las oportunidades que le había brindado una coyuntura internacional excepcionalmente favorable.


Ya es tradicional que el presidente de turno nos informe que le tocó fundar un nuevo país, como si todo lo ocurrido antes de su llegada perteneciera a la prehistoria, de suerte que pudo preverse que, para Cristina Fernández de Kirchner, el 25 de mayo de 2003 fuera una efemérides tan importante como el mismo día más de dos siglos antes ya que, para marcar la ocasión, nos aseguró que “vinimos a torcer un camino como había ocurrido en 1810”. También es tradicional que los giros supuestamente copernicanos intentados por los distintos gobiernos resulten ser decididamente menos drásticos de lo que soñaron. Acaso el único presidente que consiguió cambiar mucho fue Juan Domingo Perón al abrir las puertas a la participación a sectores hasta entonces marginados, pero al alejarse del poder otros, incluyendo una larga serie de dictaduras castrenses, dejaron atrás un país que, en muchos ámbitos, resultaba ser muy similar a aquel que encontraron a su llegada. Por cierto, ninguno logró “cambiar la mentalidad” de los argentinos, como se habían propuesto. Frente a una muchedumbre de militantes, Cristina sorprendió gratamente a muchos al adoptar un tono relativamente conciliatorio para un discurso en que aludió al “amor por el otro” que supone ha sido la clave de su gestión. Puede que lo haya sido y, de todos modos, no hay duda alguna de que, lo mismo que virtualmente todos los demás gobiernos anteriores, el kirchnerista quería mejorar la situación de “los pobres y excluidos”. Sin embargo, conforme a los datos disponibles, los resultados concretos de sus esfuerzos en tal sentido han sido peor que decepcionantes. Hay tantos pobres como en la satanizada década de los noventa y, a raíz de la debacle educativa y el deterioro social, habrá muchos más excluidos. Es que, de por sí, las buenas intenciones no bastan. Para reducir la proporción de compatriotas que viven en pobreza y que, tal y como están las cosas, no podrán salir de ella, sería necesario algo más que arengas moralizadoras o “planes sociales” clientelistas que, a lo sumo, hacen más tolerable la falta de perspectivas reales. Lo entiendan o no Cristina y sus partidarios, el gobierno kirchnerista no ha manifestado demasiado interés en “la gestión”, es decir en medidas prácticas destinadas a impulsar los cambios que supondrían deseables. Antes bien, los funcionarios, encabezados por la presidenta, se han concentrado en felicitarse a sí mismos por sus sentimientos generosos. A esta altura, el que éste haya sido el caso no debería motivar extrañeza. Aun más que en otras sociedades, en la nuestra la política se ha distanciado tanto de la realidad que las palabras pronunciadas por los dirigentes raramente tienen mucho que ver con lo que efectivamente está ocurriendo, pero pocos gobiernos han ido tan lejos como el actual. En lugar de procurar llevar a cabo las reformas que serían precisas para la tercera parte de la población que a duras penas sobrevive por debajo de la línea de pobreza o, con suerte, esporádicamente logra superarla por poco, el de Cristina se limitó a inventar un país ficticio, el del Indec, en el que por arte de birlibirloque las heridas sociales se habían curado, la inflación no era un problema grave y en ciudades como Resistencia no había desempleo. Sólo cuando pareció que bien antes del 11 de diciembre de 2015 el Banco Central perdería el último dólar de las reservas y el país caería nuevamente en bancarrota optó el gobierno por cambiar de rumbo aunque, huelga decirlo, negaría haber puesto en marcha un ajuste “ortodoxo”. Asimismo, en el país fantasmal del gobierno la inseguridad ciudadana es un tema menor, el narcotráfico sigue ausente y la corrupción no constituye un problema grave. Parecería que a juicio de Cristina y sus simpatizantes más locuaces se trata de lacras propias de un pasado al que no tiene ninguna intención de volver, no de aquellas de la actualidad que, luego de más de once años de kirchnerismo, le serán atribuidas. Si bien es tarde para esperar que en el tiempo que aún le queda Cristina se anime a enfrentar los problemas bien concretos que dejará a sus sucesores, sería bienvenido un mayor grado de realismo. Caso contrario, la larga “década ganada” será recordada como una de las peores de la historia nacional, en la que un gobierno enamorado de su propio relato desperdició todas las oportunidades que le había brindado una coyuntura internacional excepcionalmente favorable.

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