La moda y el cine, aliados desde hace décadas

Por Redacción

El cine crea conceptos, fantasías y también delinea la silueta femenina de cada década. Impulsa el sistema de la moda a través de las celebridades que harán que tantas mujeres deseen lucir como ellas. En simultáneo, el séptimo arte asimila las tendencias de indumentaria de la época y las refleja en los filmes.

Probablemente el mejor ejemplo del influjo mutuo de cine y moda es “Sabrina” (1954). Cuando a Audrey Hepburn le propusieron el papel estelar para esta película, eligió prendas que el modisto francés Hubert de Givenchy aún estaba bosquejando para la pasarela, y que fueron rediseñadas por la vestuarista de Hollywood Edith Head.

Tras el éxito de la película, el “vestido Sabrina” fue imitado en todo el mundo: era sencillo, bello, romántico y juvenil. Negro, de cuello bote y con breteles mínimos, de torso ceñido y falda amplia con vuelo. La dupla Hepburn-Givenchy se perpetuó en filmes sucesivos de la actriz que, con sus expresivos ojos y rasgos cincelados, marcó tendencia dentro y fuera de la pantalla.

Luego de los andróginos años 20, con vestidos sueltos y rectos que disimulaban los senos, los años 30 encumbraron la elegancia con recursos de confección que siguen vigentes. Vestidos de cóctel y noche con corte al bies, para destacar las curvas; los drapeados, que fusionan elegancia y sencillez; y espaldas descubiertas para una seducción sorpresiva. La silueta femenina era delgada, como lo seguiría siendo hasta los años 50, cuando la desplazó la forma del reloj de arena.

En 1931, la Metro Goldwyn Mayer le ofreció un millón de dólares a la diseñadora francesa Coco Chanel para vestir a estrellas como Katharine Hepburn, Grace Kelly y Elizabeth Taylor. En 1948, la Academia agregó el premio al Mejor Diseño de Vestuario. “El vestuario es crucial a la hora de definir la personalidad del personaje. La intención es ilustrar lo que está pasando en la historia a través del carácter propio del vestuario”, señala la vestuarista argentina Cintia Fainberg.

En los años 30 y 40, el director de vestuario de MGM Gilbert Adrian creó la imagen cinematográfica de estrellas como Jean Harlow y Greta Garbo con recursos de la alta costura. El francés Jacques Fath, que no hacía bocetos sino que directamente drapeaba la tela sobre la modelo, sería el favorito de Rita Hayworth en los 40.

La Segunda Guerra Mundial obligó a los modistos a reemplazar fibras naturales como lana y seda por sintéticas, con lo cual la mayoría de los vestidos de fiesta sería en rayón. Sólo las lentejuelas abundaban, ya que no eran útiles para los fines bélicos. Para la ceremonia de 1942, la Academia emitió un pedido oficial de que las actrices se vistieran con discreción en la entrega de los Oscar. Joan Fontaine acató la consigna en extremo, al recoger su estatuilla a mejor actriz por “Suspicion” ataviada con un austero vestido y mantilla negros.

Tras la guerra, el glamour retornaría a la ceremonia y a la moda en sí, encarnado en la silueta del New Look de Christian Dior: los vestidos tenían un escote amplio, torso ceñido y cintura que se estrechaba al máximo para luego abrirse en una generosa falda.

En 1953 se televisó por primera vez la entrega, lo cual amplió, y décadas después magnificó, la difusión del look de las actrices en ese evento. “Uno de los vestidos que se convirtieron en un ícono de la moda es el que lució Grace Kelly en la ceremonia de 1955, cuando ganó el Oscar a la mejor actriz por ‘The Country Girl’”, indica Fainberg. Hecho en seda color hielo, se sujetaba con breteles spaghetti y tenía la cintura levemente drapeada. “Lo diseñó Edith Head, la vestuarista que ganó ocho premios de la Academia y se destacó por su trabajo a lo largo de décadas. En sus creaciones podía lograr una sencillez total o la extravagancia”.

En paralelo a la belleza etérea y exacta de Audrey Hepburn y Grace Kelly, otro ideal de feminidad se impuso en los años 50; el de figuras voluptuosas como Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor. Los escotes palabra de honor, los bustos drapeados y armados, los corseletes y las faldas con volumen serían clave de esa silueta.

En los 60, las ansias de libertad y el culto a la juventud relajaron la vestimenta de los Oscar y las actrices se despidieron del look princesa. Audrey Hepburn y su inolvidable vestido negro de corte imperio con collar de vueltas y guantes largos de “Desayuno en Tiffany’s” (1961) pautaría el estilo para una mujer joven y desenfadada, al tiempo que sofisticada.

Faye Dunaway y su vestuario en “Bonnie and Clyde” (1967) marcaron tendencia con el “Bonnie look” de falda lápiz, pañuelo de cuello y boina.

Diez años después, el diseñador neoyorquino Ralph Lauren contribuyó a la apariencia andrógina de Diane Keaton en la cinta “Dos extraños amantes (Annie Hall)” con ítems del vestuario masculino como blazer sobre chaleco, corbata, pantalones anchos y sombrero. Haciendo alarde del furor que causó esta estética, Keaton recibió la estatuilla a la mejor actriz vestida como Annie Hall.

En los 80 se impondría el eslogan de “vestirse para el éxito”, tanto en la oficina como en fiestas opulentas. El exceso de maquillaje y bijouterie, las telas brillantes y los colores fuertes arrasarían con toda veta clásica de la moda. Las hombreras conferían cierto rigor a la estructura femenina, no sólo en blazers sino también en vestidos, como el esmeralda brillante que eligió Jessica Lange cuando en 1983 recogió el premio a mejor actriz de reparto por “Tootsie”. El cabello se batía hasta lograr melenas elevadas, según demostró Elizabeth Taylor en la ceremonia de 1987.

Los años 90 iniciarían un camino al minimalismo en la moda, encabezado por el modisto italiano Giorgio Armani, que se transformó en el favorito de actrices que querían lucir elegantes pero discretas. Los vestidos volvieron a ser de un solo color, en una paleta clásica que privilegió el negro, rojo y blanco. Marisa Tomei lució un espléndido vestido en organza de seda blanca y detalles negros de Chanel al recibir el premio a mejor actriz de reparto en 1993 por “Mi primo Vinny”. Y Uma Thurman resultaría la más copiada de la década cuando eligió un sencillo vestido de Prada para el evento de 1995.

En el inicio del siglo XXI hubo un retorno a la elegancia, casos aislados de extravagancia y cada vez más elecciones de vestidos vintage. Con una difusión televisiva y de internet que garantiza un público millonario y mundial, la elección de la prenda estelar para los Oscar se ha hecho más compleja.

“La decisión ya no sólo depende del gusto de la actriz y el diseñador, sino también de un asesor de imagen que, por ejemplo, conozca los efectos que provoca la televisación –que ‘engorda’ cinco kilos– y que aconseje a la artista en función de su cuerpo y lo que la favorece, más allá de la ropa que a ella le guste. Además, los asesores top suelen enterarse de qué vestuario eligen otras actrices y así pueden evitar las temidas repeticiones”, señala Fainberg.

En los últimos años siluetas alargadas más características de pasarela, como las de Nicole Kidman y Charlize Theron, resultaron el escaparate ideal para Chanel, Prada, Jean Paul Gaultier, Vera Wang, Yves Saint Laurent y Christian Dior. Pero también actrices de estatura media como Renée Zellweger, o baja como Salma Hayek, causaron impacto con sus modelos de Carolina Herrera, Narciso Rodríguez, Karl Lagerfeld, Oscar de la Renta y Valentino.

Para la ceremonia del 2012, todo indica que el mejor premio para los diseñadores será vestir a estrellas consagradas y nominadas al Oscar como Meryl Streep y Glenn Close, así como a las juveniles Rooney Mara y Bérénice Bejo. (DPA)


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