La nueva bipolaridad sudamericana

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR LANDOLFI (*)

En el escenario internacional de nuestro siglo va apareciendo una nueva bipolaridad protagonizada por Estados Unidos y China. La superpoblada y ancestral potencia oriental es la única cultura que no generó una sola idea dogmática en los cinco mil años de su existencia. Esta característica le permitió desprenderse de los dogmas economistas del marxismo e introducir profundas reformas capitalistas en su economía. Y simultáneamente, mantener la estructura autoritaria de partido único impuesta por la mano de Mao. Ya no hay confrontación ideológica como en el siglo pasado; hoy, el duro poder es el que prevalece. Mientras los ejes del dominio mundial se desplazan, América Latina va ingresando en el concierto del poder mundial, con Brasil, como “caballo cadenero”, a la cabeza. Esta nueva realidad se produce como consecuencia de la reversión del llamado “Deterioro de los términos de intercambio”. Esta hipótesis económica de nuestro Raúl Prebisch, que la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) hiciera suya, revelaba que los países productores de materias primas y agropecuarias vendían sus productos a precios estables o en descenso mientras el valor de los productos industriales producidos por los países centrales iba en aumento. Este gigantesco desnivel entre ingresos y egresos se ha revertido y en este nuevo siglo nuestros países han obtenido grandes saldos a favor en su comercio exterior. Se llega a esta situación como consecuencia de que ya somos en el mundo más de siete mil millones de habitantes que necesitamos alimentarnos y una nueva clase media generada en los países llamados Brics aumenta exponencialmente su consumo de alimentos y productos de uso cotidiano. Esta inédita demanda produce los altos precios de los commodities y, no obstante la crisis europea, casi todo hace pensar en que esta reciente “relación de los términos de intercambio” se mantendrá, al menos en el mediano plazo. La designación del papa Francisco, “el del fin del mundo”, estaría indicando que la Iglesia de Roma tomó nota del nuevo reordenamiento mundial. Europa ya no es el centro del mundo y la mayor cantidad de fieles católicos está en Sudamérica. Los más de siete millones de seguidores que tiene el twitter papal en español avalan el giro efectuado por el timón del Vaticano. Las palabras del nuevo papa, dichas en la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Brasil: “Esta semana, Río se convierte en el centro de la Iglesia”, indicarían que la Iglesia romana da un primer y trascendente paso para alejarse del péndulo eurocéntrico. Pero no sólo a nivel mundial se produce una nueva bipolaridad. A medida que dejamos de ser el “patio trasero” de Estados Unidos va emergiendo la sorda bipolaridad latinoamericana, de larga data y alta complejidad. La conquista europea de la América del Sur genera, hace quinientos años, una bipolaridad resultante del enfrentamiento competitivo entre las Coronas de España y Portugal. Los españoles despliegan su poder por el mundo andino y en la llanura sudamericana. Los portugueses lo hacen sobre la casi totalidad de la parte central de nuestro subcontinente. Este nuevo mundo austral y escindido, avalado por el Tratado de Tordesillas (1494), queda separado por una imaginaria y movediza Línea de Tordesillas, que los portugueses lograron siempre correr hacia el oeste. La diferencia idiomática hace más precisa esa escisión: hacia el oeste y en el sur se habla español; en el centro, el portugués. La rúbrica a este mundo disímil la pone la política seguida por ambos imperios: el español promueve el mestizaje con el mundo indígena, como política de Estado en sus colonias, mientras el portugués, al igual que los ingleses, pone distancia con sus dominados. Los perfiles de la población brasileña confirman y remarcan, aún más, estas diferencias. En su último censo, Brasil se muestra como el país más negro y el menos indígena de América del Sur. Más de la mitad de su población (supera los doscientos millones de personas y crece a razón de más de un millón anual) es de origen afro-sudamericana y mulata, y los aborígenes son menos del 5% de sus habitantes. Téngase en cuenta que Brasil tiene pegado a su espalda al país (Bolivia) más indígena y menos afro-sudamericano del subcontinente. El proceso independentista también marca derroteros diferentes, y hasta opuestos, para ambas Américas. La América del Sur, española, al emanciparse, se divide en once países diferentes, mientras la portuguesa –Brasil– permanece unida. Las guerras de la independencia dividen y debilitan a los países de matriz hispánica; simultáneamente el poder brasileño se consolida al trasladarse el emperador portugués Pedro I de Brasil y IV de Portugal a territorio americano y proclamar la independencia brasileña (imperio) en 1822. Brasil, a diferencia de los demás países americanos, logra su independencia y su transformación en república (1889) sin guerras ni violencia revolucionaria. Richard Nixon, como presidente de Estados Unidos (1972), dijo entonces que “Hacia donde vaya Brasil irá Sudamérica”. Joe Biden, actual vicepresidente norteamericano, en su reciente visita al “país tropical” declaró que “Brasil es el socio (de Estados Unidos) más significativo en la región”. Y completó su juicio elogiando su reciente proceso político declarando que “Brasil demuestra que se pueden aplicar políticas sociales sin abandonar la economía de mercado”. Las declaraciones del republicano Nixon y el demócrata Biden, separadas por más de cuarenta años de distancia temporal, reflejan la continuidad de la política externa norteamericana hacia el país sudamericano. Brasil, por su parte, respondió con creces al apoyo constante de su gran aliado nórdico. Durante la Segunda Guerra Mundial se alineó decididamente con Estados Unidos y participó con los aliados del esfuerzo bélico conjunto. La Fuerza Expedicionaria Brasileña enviada a Europa peleó dura y exitosamente contra los alemanes nazis en Italia. Los integrantes de esa fuerza muestran hasta qué punto se involucró la sociedad brasileña en esa guerra. En la expedición militar participaron empresarios, políticos (Castelo Branco, luego presidente), escritores (Clarice Lispector), músicos y futbolistas. Estados Unidos retribuyó el esfuerzo militar de su aliado construyendo, en Brasil, la acería de Volta Redonda, la mayor de América del Sur, afirmando así el sesgo industrialista de nuestro vecino. Los dichos de Biden indican que una nueva “Línea de Tordesillas” se ha ido marcando alrededor del Brasil, ya no impuesta por un papa sino por la ideología y la política. Mientras la potencia sudamericana promueve el ascenso social de su población marginada, sin afectar la economía de mercado, a su alrededor, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina hacen lo contrario: desarrollan una política social perjudicando la economía competitiva. La política internacional también marca una conducta bipolar: mientras el arco de países que circundan al Brasil desarrolla una creciente conducta antinorteamericana, con Venezuela a la cabeza, Brasil logra una relación madura con su gran aliado, Estados Unidos. Los temblores que emergen hoy de la vasta piel social brasileña estarían indicando que una nueva fuerza política entró en escena. El abismo social que existe entre la elite industrial de São Paulo y los habitantes de las bullangueras favelas cariocas ha sido ocupado por un tercer actor en discordia. Son los jóvenes de clase media que no son ácratas, no quieren destruir el sistema, pero exigen que se lo limpie de corruptos y que mejore la oferta educativa, de salud y la calidad de los medios de transporte. Esta juventud, interconectada por las redes sociales, ya no se obnubila fácilmente con el fútbol y el zamba, exige un lugar en la sociedad para participar con protagonismo en ella. El perfil del reclamo social brasileño también se diferencia de las demandas que plantean los sectores marginales en los demás Estados sudamericanos. Brasil ya no es el país de la década del 70 que vociferaba consignas antinorteamericanas en sus calles, seguramente transitadas también por Dilma. Nuestro vecino ya no quiere ser hijo de Estados Unidos, quiere ser su hermano. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina


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