La parábola de Argentina
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
La nota publicada el 15 de febrero por “The Economist” comentando la declinación argentina en la comparación internacional despertó, como era esperable, una resonancia pública importante. El semanario inglés comentó las causas de un proceso con forma de parábola que ha llevado a un país que en 1914 tenía un ingreso per cápita equivalente al 96% del ingreso de los 16 países más ricos a uno que pierde hasta en la comparación con los países vecinos. Y no sólo en lo económico –Chile y Uruguay son hoy más ricos, refiere el texto– sino también en lo educativo, incluyendo a Brasil y México. El articulista considera que en la Argentina se está cumpliendo un siglo de una decadencia en gran medida autoinfligida y califica a la actual presidenta como “la última en una sucesión de populistas económicamente iletrados”. Lo que comenta el semanario inglés con respecto al proceso histórico que sufre el país, con la frustración de un sueño colectivo de grandeza y su retrogradación en el liderazgo regional que tuvo, es una apreciación pasada y presente entre publicistas del mundo y en la propia sociedad nacional. Aquello de Raymond Aron de que “Argentina fue la promesa más grande del siglo XX y se convirtió en la decepción más impresionante de la era contemporánea” no está muy lejos de la queja casi calcada de muchos hombres públicos de ahora. Naturalmente, surgen siempre diferencias, a menudo interesadas, en cuanto a estimación de cuándo fue el arranque y cuáles sus causas. Comentando el juicio del pensador francés, un brillante político conservador databa el origen en el año 1944 y la causa en el relajamiento del mejor sistema educativo de América Latina. Pablo González Bergés (1913-2013) señalaba a la educación como el factor central de ese fracaso. Teníamos hasta entonces el mejor sistema educativo, pero desde entonces, con el rebajamiento de la profesión del maestro, se fue instalando el facilismo, la laxitud en la formación del niño o el joven, la involución de las jerarquías escolares. Cuando la enseñanza es una calamidad, sentía, la democracia es una ilusión. La suya es una opinión esclarecida, pero la mayor parte de los analistas ven la causa específica en la dislocación económica del país con respecto a la dinámica del mundo. En la pérdida del patrocinio británico y el crack financiero de 1929 fundamentalmente. En relación a esa decadencia económica hay un antecedente olvidado al que vale la pena rescatar en razón de que ilumina el problema. Fue expuesto por un estudioso, tuvo lugar en una época de bonanza y orienta fechas y datos concretos sobre el punto de arranque del proceso. Está en el libro “La economía argentina” que publicó en 1928 Alejandro Bunge, un economista católico muy influyente en los gobiernos y la opinión pública de su tiempo que advirtió tempranamente la existencia de cambios negativos en la evolución del país y quiso formular remedio. Bunge presentó un análisis de lo que él, en esos tiempos optimistas de la presidencia de Alvear y “vacas gordas”, apreciaba con preocupación en las finanzas y la vida pública. “Gobernar es atraer capitales” sentenció, en la línea del “dictum” de Alberdi sobre población, como meta de un buen gobierno. Escribiendo en 1927, Bunge hallaba que habían pasado más de doce años desde que la inversión de capitales extranjeros dejara de tener importancia y con ese hecho había coincidido la estabilización de la producción nacional y la acogida de inmigrantes. El progreso que se produjo durante la generación que precedió a 1908, sostuvo, podía comprenderse analizando la inversión multimillonaria de esos tiempos en ferrocarriles, puertos y obras públicas, tranvías y usinas eléctricas, industrias, alambrados, molinos, maquinarias. El retroceso en el flujo de capitales había determinado la detención del crecimiento. Pero mantenía el optimismo. Nuestro país ofrecía, no obstante esa crisis episódica, condiciones óptimas para atraer capitales extranjeros. La Argentina tenía una capacidad económica mayor que todas las demás naciones sudamericanas reunidas: el 50% del comercio exterior, el 42,7% de los ferrocarriles, el 45% de los teléfonos, el 58% de los automóviles, el 66% de los maestros, el 72,8 % del oro, consumía el 55% del papel, albergaba el 50% del stock de raza blanca. Pero debía admitir la existencia de un decaimiento económico, ciertos síntomas de un desfallecimiento físico, una lenta estrangulación, un fenómeno como la imposibilidad en que pudiera verse un organismo joven y fuerte para desarrollarse con libertad cuando se lo encierra en un molde estrecho, impropio para sus movimientos naturales. ¿Cuándo comenzó la decadencia?, se preguntaba. Relacionando la primera parte del período 1908-1925 con su segundo tramo, comprobaba que habían disminuido por habitante los cultivos de trigo, maíz, lino y avena en un 54%; la alfalfa el 30%; el ganado lanar un 66%; el vacuno un 58%; las exportaciones un 11%. La inmigración y la inversión de capitales extranjeros en una proporción igual: el 82%. En una palabra –le había escrito al presidente Alvear en 1926– “en tanto que la mayor parte de los países nuevos reciben inmigración, colonizan, aumentan sus cultivos, perfeccionan, diversifican y ensanchan sus industrias, extienden sus líneas férreas y sus caminos, introducen capitales, reducen sus compras en el extranjero y ven crecer los índices de producción y consumo de sus habitantes, nuestro país, en mejores condiciones que cualquiera de ellos para progresar, ha venido lamentablemente decayendo”. Hacía una comparación que ahora es canónica entre nosotros. Ahí nomás estaba el caso de Canadá, escribió, con menos habitantes y con desarrollo comparable hasta 1908. En 1926 el país del Norte estaba produciendo el doble de trigo, antes de la guerra producía menos; nos triplicaba en manteca, quintuplicaba en queso; casi iguales en ferrocarriles en 1910, ahora nos duplicaba; había construido 27 veces más caminos. Su producción manufacturera alcanzaba, en 1924, los 3.000 millones de dólares, valor superior a toda la producción agrícola y manufacturera de la Argentina. En 1926 producía ocho veces más energía eléctrica. Nuestro país poseía todas las condiciones territoriales y humanas para reanudar aquel poderoso desarrollo económico anterior a 1908, que era superior al de Canadá. Su vaticinio, propio de aquel tiempo argentino, era optimista: “Tan pronto se entre en la política que el país reclama veremos en pocos años, quizás en no más de diez, duplicada como en Canadá la producción por habitante y será entonces la Argentina una de las naciones más prósperas y progresistas del mundo”. (*) Doctor en Filosofía
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