La partida
Columna semanal
La Peña
La teoría y la práctica marcaron sus diferencias. Es que mientras fue teoría todo era entusiasmo, todos eran planes y sueños por cumplir, pero con cierto respaldo de una Patagonia cuyo prestigio tenía que ver en buena parte con eso de las oportunidades.
La práctica era subir al camión y partir. Tan diferente de la de los sueños que ni siquiera daría para mirar atrás.
Es que así fue la sensación que sentí el día que dejé mi pueblo sin saber si alguna vez volvería a sus calles, a sus secretos, a su clima, a su gente. Es paradójico pero eso sentí. Porque me iba a una tierra de oportunidades con mi familia, con mis hermanos y mis padres, pero no tenía la certeza de que esas mismas oportunidades me darían la chance de volver.
Y cuando uno no sabe se carga de angustias porque el no saber pone límites.
Nos avisaron en agosto que mi padre había conseguido trabajo en la Patagonia, lugar a donde, sin conocer, había partido en busca nada más ni nada menos que de un empleo en serio, ese que nunca había tenido en el pueblo donde no pudo más que ser un emprendedor de varias pequeñas ideas.
Es que mi padre tenía grandes sueños y grandes ideas, pero cuando los bolsillos eran pobres los convertían casi de inmediato en cuestiones más limitadas, muy limitadas. De qué serviría tener planes enormes si no tenía un peso para hacerlos realidad.
Así fue que buscó nuevos horizontes, y así fue que una familia identificada plenamente con su pueblo lo siguió a tierras que eran casi como el fin del mundo. Nos íbamos a la Patagonia y se lo contábamos a todos. A qué se van a ir nos decía un tío, quédense que ya llegarán las oportunidades al pueblo, nos dijo el abuelo, pero nada era más fuerte que los sueños de progreso, que los trabajos dieran frutos, que pudiéramos elegir el calzado, que dejáramos de ponernos pantalones achicados de nuestro padre, que pudiéramos festejar los cumples con cotillón como lo hacían nuestros amigos, que llegáramos a la universidad y fuéramos profesionales.
Pero esos sueños de encontrar en la Patagonia el sitio que nos daría el primer empujón al progreso, se chocaron de pronto con la tristeza. Porque una cosa fueron los meses desde agosto donde todos eran planes. Otra era diciembre, ni más ni menos que el mes de la partida, cuando en casa empezaron a embalar todo y a preparar el viaje. Cajas y cajas se acumularon, roperos, mesas, sillas, muebles, de todo se acomodaba para llevarnos lo poco que habíamos conseguido pese al esfuerzo. Y nos invadió la nostalgia cuando llegó el 28 de diciembre y el camión de la mudanza se paró en la puerta de casa.
Un enorme nudo en la garganta nos invadió, la partida era casi realidad, pero también era realidad el dejar cada imagen y cada recuerdo que habíamos formado hasta ese día. Ni siquiera nos mirábamos con mis hermanos. Todo era silencio en casa. Salíamos con cajas en las manos y volvíamos a entrar con las manos vacías y un dolor cada vez más profundo. Un camión resumía lo que nuestros padres habían conseguido en años. Pero eso no importaba. De a ratos el fantasma de las oportunidades nos daba alivio, pero volvía a nosotros el desgarro de la partida. Tanto que era dolor, angustia, tristeza, lágrimas.
De lejos mis amigos que ni siquiera se animaban a venir a despedirnos. El abuelo a 50 metros mirando en silencio cómo el camión se llenaba de cosas y de ilusiones. Pero también de tristezas.
Subimos, cargados de lágrimas, llenos de dolor. Y no nos atrevimos a mirar para atrás las calles del pueblo. Nos sumergimos en la oscuridad de los ojos cerrados hasta que supimos que el camión estaba lejos del pueblo.
Cuando los abrimos el pueblo no se veía, pero sí nos aparecieron por horas las imágenes de cada uno de los que dejamos ahí.
jorge vergara
jvergara@rionegro.com.ar
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