La Peña: el aroma a bicicletas que nunca se fue
No sólo las comidas tienen aromas. También los tienen los lugares, los productos que usan, los objetos.
Y los aromas tienen esa incomparable virtud de transportarnos en el tiempo, de llevarnos a lugares que teníamos en la memoria silenciosa.
Las bicicletas tienen aromas y si están juntas mucho más. Eso se respiraba en la bicicletería de mi padre. Era una mezcla de grasa de mecánicos con metal y con goma. Todo eso junto hacía que tuviera su propia identidad. Era básicamente olor a bicicletería.
El ámbito era muy de trabajo, ahí confluían los ciclistas con aspiraciones a ser deportistas destacados y también aquellos que tenían en la bici una aliada incondicional de la vida cotidiana. La bici significaba llegar a tiempo al trabajo, a la escuela, a misa, porque también en mi pueblo se llega en bicicleta a la iglesia. También los bares en la actualidad muestran apoyadas varias bicicletas en los cordones de la vereda.
Esos ciclistas, generalmente modestos, no eran de los que tenían bolsillo para cambiar piezas, apenas si podían repararlos. Y la bicicletería concentraba esas capacidades de arreglar todo. Ahí reinaba el aroma del trabajo.
Ni hablar del perfume de la pintura a fuego, porque las bicicletas se pintaban a fuego, duraba una eternidad y no se saltaba fácilmente. Cuando en el taller se juntaban dos o tres bicis para pintar, el perfume de la pintura convertía el lugar en un escenario distinto.
Es el día de hoy, después de muchos años, que sólo entrar a una bicicletería me transporta al pasado, a un lugar chiquito donde había un portón precario, un techo de zinc, paredes sin terminar y un bancho alto que se usaba a la hora de centrar las ruedas.
Tampoco faltaba una parrilla para los chorizos de los viernes.
Todo esto junto llenaba de aromas el lugar, tanto que no hay nada que se parezca a la bicicletería. Esos aromas nunca se fueron.
No sólo las comidas tienen aromas. También los tienen los lugares, los productos que usan, los objetos.
Y los aromas tienen esa incomparable virtud de transportarnos en el tiempo, de llevarnos a lugares que teníamos en la memoria silenciosa.
Las bicicletas tienen aromas y si están juntas mucho más. Eso se respiraba en la bicicletería de mi padre. Era una mezcla de grasa de mecánicos con metal y con goma. Todo eso junto hacía que tuviera su propia identidad. Era básicamente olor a bicicletería.
El ámbito era muy de trabajo, ahí confluían los ciclistas con aspiraciones a ser deportistas destacados y también aquellos que tenían en la bici una aliada incondicional de la vida cotidiana. La bici significaba llegar a tiempo al trabajo, a la escuela, a misa, porque también en mi pueblo se llega en bicicleta a la iglesia. También los bares en la actualidad muestran apoyadas varias bicicletas en los cordones de la vereda.
Esos ciclistas, generalmente modestos, no eran de los que tenían bolsillo para cambiar piezas, apenas si podían repararlos. Y la bicicletería concentraba esas capacidades de arreglar todo. Ahí reinaba el aroma del trabajo.
Ni hablar del perfume de la pintura a fuego, porque las bicicletas se pintaban a fuego, duraba una eternidad y no se saltaba fácilmente. Cuando en el taller se juntaban dos o tres bicis para pintar, el perfume de la pintura convertía el lugar en un escenario distinto.
Es el día de hoy, después de muchos años, que sólo entrar a una bicicletería me transporta al pasado, a un lugar chiquito donde había un portón precario, un techo de zinc, paredes sin terminar y un bancho alto que se usaba a la hora de centrar las ruedas.
Tampoco faltaba una parrilla para los chorizos de los viernes.
Todo esto junto llenaba de aromas el lugar, tanto que no hay nada que se parezca a la bicicletería. Esos aromas nunca se fueron.
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