La Peña: Los aromas tienen el rostro de la gente
Datos
- No puedo evitarlo. Recuerdo el aroma inconfundible del maní caliente que en cucurucho de papel de diario nos vendían en la plaza los domingos y casi de manera inmediata me surge la imagen del manicero, hombre alto, muy educado y de pocas palabras.
- Menos aún podría olvidar el aroma a torta de la única tía repostera de lujo en la familia. La tía Negra solía hacer tortas de cumpleaños, casamientos, bautismos. Vivía a 50 metros de mi casa y cuando ella tenía trabajo lo sabíamos de inmediato. Por un lado por el aroma inconfundible de bizcochuelo casero y porque después nos invitaba a comer lo que llamaba recortes de la torta. Los pedazos que quedaban afuera cuando un determinado modelo tomaba forma.
- El pan, sí, el delicioso pan de la panadería más cercana a casa, que al amanecer empezaba a hornear, a la hora de la escuela era una tentación. Tenía el rostro del panadero que a esa hora se desperezaba en la vereda y nos esperaba con el primer trozo de pan Tomate, como lo llamaba. Hombre bajo, siempre de blanco.
- Las comidas de mi madre eran eso, una tentación permanente, pero sobre todo los domingos, cuando las empanadas se comían apenas salían de la fritura. En casa los días de empanadas eran diferentes porque se ponía la mesa, las bebidas en su lugar, pero los comensales quedaban de pie, servilleta en mano para esperar que esas delicias fueran saliendo. Y tenían un aroma que era extrañable. Las empanadas de doña Petrona, que las vendía para los días en que uno tenía ganas de cambiar de sabores, también se instalaron en nuestros paladares. Su rostro quedó grabado por siempre.
- Cada uno de esos aromas tiene rostro, el de sus autores, el de sus creadores, porque las comidas son creaciones. Por más receta que le den, el sello de cada uno es indiscutible. Y junto a esos sabores conocimos sus caras.