La pobreza se niega a rendirse

Redacción

Por Redacción

Hace medio siglo, el 8 de enero de 1963, el entonces presidente norteamericano Lyndon Baines Johnson declaró la “guerra contra la pobreza”. Confiaba en ganarla. Como muchos otros, creía que al país más rico del planeta le sería fácil derrotar al enemigo ancestral entregando dinero a quienes lo necesitaban y, en el caso de los negros, ayudándolos a abrirse camino con medidas destinadas a permitirles romper todas las barreras que habían erigido los racistas blancos. De acuerdo común, los resultados de la “guerra” han sido muy decepcionantes. Las estadísticas nos informan que, a pesar de las cantidades astronómicas de dólares que se han gastado y el trabajo denodado de una multitud de funcionarios gubernamentales, el porcentaje de pobres en la población norteamericana apenas se ha modificado. Puede que las estadísticas sean engañosas: muchos latinoamericanos de clase media, además de sus equivalentes africanos, asiáticos, rumanos y búlgaros, quisieran disfrutar del poder adquisitivo de un norteamericano calificado de pobre. Asimismo, no cabe duda de que la inmigración masiva a Estados Unidos de personas procedentes de América Latina y otras regiones de cultura socioeconómica distinta ha agravado el problema. Con todo, parecería que la guerra declarada por Johnson ha sido tan frustrante como las libradas por sus sucesores contra “el terror” islamista en Irak y Afganistán. Si bien han anotado muchos triunfos tácticos, en términos estratégicos han fracasado. Será por este motivo que el presidente norteamericano actual, Barack Obama, ha elegido cambiar de enemigo. Ya no es la pobreza sino la desigualdad. Dice que es “el mayor desafío de nuestro tiempo”. No es el único que piensa así. Comparten su opinión el papa Francisco y una multitud de intelectuales, políticos y hasta economistas de ideas avanzadas como Paul Krugman. Dan a entender que la pobreza tiene que ver con la rapacidad de una pequeña minoría de plutócratas riquísimos, miembros de aquel mundialmente célebre “uno por ciento” cuya mera existencia motiva la indignación de los biempensantes. A los más vehementes les encantaría solucionar el problema que tanto les preocupa eliminando a los ricachones con métodos parecidos a los empleados por los jacobinos para enseñarle a la nobleza francesa a respetar la voluntad popular o, con más truculencia aún, por los comunistas en los países que lograron dominar y, huelga decirlo, depauperar. Otros, entre ellos el presidente galo François Hollande, preferirían despojar a los ricos de su dinero de manera más suave, obligándolos a pagar impuestos draconianos, aunque para hacerlo tendrían que atraparlos a tiempo. Algunos franceses adinerados, de los que el más famoso es el actor Gérard Depardieu, ya han buscado refugio en países a su juicio más acogedores como Rusia. Otros, menos renombrados, han huido a Londres. Esperemos que hayan exagerado aquellos que aseguran que Francia está por convertirse en “el hombre enfermo de Europa”, pero el que sus gobernantes parezcan estar mucho más interesados en ensañarse con los ricos que en mejorar el desempeño del conjunto dista de motivar optimismo. En principio, liquidar al “uno por ciento” no sería difícil. Una alianza internacional podría hacerlo de la noche a la mañana sin maltratar físicamente a nadie. Pero privar a los plutócratas más notorios del grueso de sus patrimonios abultados no ayudaría en absoluto a los más pobres. Antes bien, los perjudicaría. Como a esta altura Hollande debería haber aprendido, concentrarse en castigar a los envidiablemente ricos desalienta a muchos que saben muy bien que nunca lo serán; con razón o sin ella, temen ser las próximas víctimas de la persecución fiscal. Aun cuando a un empresario jamás se le haya ocurrido soñar con emular a personajes como Bill Gates que, según parece, acaba de recuperar el título mundial en la materia, se sentirá inhibido por la conciencia de que el Estado no le perdonaría si la suerte le sonriera. Puesto que la única forma conocida de sacar a una proporción sustancial de la población de la miseria consiste en estimular la actividad económica, medidas punitivas, para no decir vengativas, del tipo favorecido por los halcones más belicosos de la “guerra contra la pobreza” propenden a ser contraproducentes. Lo entienden muy bien los comunistas chinos; con pragmatismo, decidieron hace poco más de treinta años que, cuando de la economía se trata, no hay alternativas al salvajismo capitalista. En su país, al menos 20.000 personas tienen ahorrados más de 16 millones de dólares. La noción de que si algunos son muy pobres es porque otros son demasiado ricos está firmemente arraigada en la mente humana. Para muchos, es una cuestión de sentido común. Dicha convicción pudo justificarse hasta cierto punto en épocas ya lejanas cuando la actividad económica más lucrativa era el saqueo –los más fuertes se enriquecían esclavizando a los débiles y apropiándose de sus bienes–, pero desde aquellos días mucho ha cambiado. Fuera de regiones dominadas por señores de la guerra de ideas tradicionales, la riqueza suele conseguirse con métodos que son menos robustos. En el mundo desarrollado por lo menos, los más adinerados son empresarios exitosos, inversores astutos y aquellos afortunados que heredaron un patrimonio jugoso. En otras latitudes, abundan quienes han logrado hacer del poder político una fuente casi inagotable de dinero sin tener que actuar con violencia. Puede que sea natural culpar a los ricos por las penurias de centenares de millones de otros y querer castigarlos por su presunta falta de solidaridad, pero la desigualdad creciente que en los años últimos se ha registrado en virtualmente todos los países no se debe a una conspiración plutocrática. Es una consecuencia del progreso tecnológico que, al privilegiar a los que están en condiciones de aprovechar las oportunidades resultantes, perjudica a quienes carecen de las aptitudes o conocimientos apropiados para los tiempos que corren. No sólo en los países subdesarrollados sino también en los más avanzados crece el número de “marginados” que son incapaces de cumplir funciones útiles en una economía moderna y que, por lo tanto, dependerán de por vida de la caridad ajena. Encontrar la forma de impedir que el sector así conformado adquiera dimensiones inmanejables sí plantea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo, pero demasiados políticos, entre ellos Obama, parecen estar menos interesados en enfrentarlo que en hacer del rencor que tantos sienten un arma para usar en contra de sus rivales.

JAMES NEILSON

Talleres e impresión: Nueve de Julio 733 – (8332) General Roca – Río Negro – CC 784


Hace medio siglo, el 8 de enero de 1963, el entonces presidente norteamericano Lyndon Baines Johnson declaró la “guerra contra la pobreza”. Confiaba en ganarla. Como muchos otros, creía que al país más rico del planeta le sería fácil derrotar al enemigo ancestral entregando dinero a quienes lo necesitaban y, en el caso de los negros, ayudándolos a abrirse camino con medidas destinadas a permitirles romper todas las barreras que habían erigido los racistas blancos. De acuerdo común, los resultados de la “guerra” han sido muy decepcionantes. Las estadísticas nos informan que, a pesar de las cantidades astronómicas de dólares que se han gastado y el trabajo denodado de una multitud de funcionarios gubernamentales, el porcentaje de pobres en la población norteamericana apenas se ha modificado. Puede que las estadísticas sean engañosas: muchos latinoamericanos de clase media, además de sus equivalentes africanos, asiáticos, rumanos y búlgaros, quisieran disfrutar del poder adquisitivo de un norteamericano calificado de pobre. Asimismo, no cabe duda de que la inmigración masiva a Estados Unidos de personas procedentes de América Latina y otras regiones de cultura socioeconómica distinta ha agravado el problema. Con todo, parecería que la guerra declarada por Johnson ha sido tan frustrante como las libradas por sus sucesores contra “el terror” islamista en Irak y Afganistán. Si bien han anotado muchos triunfos tácticos, en términos estratégicos han fracasado. Será por este motivo que el presidente norteamericano actual, Barack Obama, ha elegido cambiar de enemigo. Ya no es la pobreza sino la desigualdad. Dice que es “el mayor desafío de nuestro tiempo”. No es el único que piensa así. Comparten su opinión el papa Francisco y una multitud de intelectuales, políticos y hasta economistas de ideas avanzadas como Paul Krugman. Dan a entender que la pobreza tiene que ver con la rapacidad de una pequeña minoría de plutócratas riquísimos, miembros de aquel mundialmente célebre “uno por ciento” cuya mera existencia motiva la indignación de los biempensantes. A los más vehementes les encantaría solucionar el problema que tanto les preocupa eliminando a los ricachones con métodos parecidos a los empleados por los jacobinos para enseñarle a la nobleza francesa a respetar la voluntad popular o, con más truculencia aún, por los comunistas en los países que lograron dominar y, huelga decirlo, depauperar. Otros, entre ellos el presidente galo François Hollande, preferirían despojar a los ricos de su dinero de manera más suave, obligándolos a pagar impuestos draconianos, aunque para hacerlo tendrían que atraparlos a tiempo. Algunos franceses adinerados, de los que el más famoso es el actor Gérard Depardieu, ya han buscado refugio en países a su juicio más acogedores como Rusia. Otros, menos renombrados, han huido a Londres. Esperemos que hayan exagerado aquellos que aseguran que Francia está por convertirse en “el hombre enfermo de Europa”, pero el que sus gobernantes parezcan estar mucho más interesados en ensañarse con los ricos que en mejorar el desempeño del conjunto dista de motivar optimismo. En principio, liquidar al “uno por ciento” no sería difícil. Una alianza internacional podría hacerlo de la noche a la mañana sin maltratar físicamente a nadie. Pero privar a los plutócratas más notorios del grueso de sus patrimonios abultados no ayudaría en absoluto a los más pobres. Antes bien, los perjudicaría. Como a esta altura Hollande debería haber aprendido, concentrarse en castigar a los envidiablemente ricos desalienta a muchos que saben muy bien que nunca lo serán; con razón o sin ella, temen ser las próximas víctimas de la persecución fiscal. Aun cuando a un empresario jamás se le haya ocurrido soñar con emular a personajes como Bill Gates que, según parece, acaba de recuperar el título mundial en la materia, se sentirá inhibido por la conciencia de que el Estado no le perdonaría si la suerte le sonriera. Puesto que la única forma conocida de sacar a una proporción sustancial de la población de la miseria consiste en estimular la actividad económica, medidas punitivas, para no decir vengativas, del tipo favorecido por los halcones más belicosos de la “guerra contra la pobreza” propenden a ser contraproducentes. Lo entienden muy bien los comunistas chinos; con pragmatismo, decidieron hace poco más de treinta años que, cuando de la economía se trata, no hay alternativas al salvajismo capitalista. En su país, al menos 20.000 personas tienen ahorrados más de 16 millones de dólares. La noción de que si algunos son muy pobres es porque otros son demasiado ricos está firmemente arraigada en la mente humana. Para muchos, es una cuestión de sentido común. Dicha convicción pudo justificarse hasta cierto punto en épocas ya lejanas cuando la actividad económica más lucrativa era el saqueo –los más fuertes se enriquecían esclavizando a los débiles y apropiándose de sus bienes–, pero desde aquellos días mucho ha cambiado. Fuera de regiones dominadas por señores de la guerra de ideas tradicionales, la riqueza suele conseguirse con métodos que son menos robustos. En el mundo desarrollado por lo menos, los más adinerados son empresarios exitosos, inversores astutos y aquellos afortunados que heredaron un patrimonio jugoso. En otras latitudes, abundan quienes han logrado hacer del poder político una fuente casi inagotable de dinero sin tener que actuar con violencia. Puede que sea natural culpar a los ricos por las penurias de centenares de millones de otros y querer castigarlos por su presunta falta de solidaridad, pero la desigualdad creciente que en los años últimos se ha registrado en virtualmente todos los países no se debe a una conspiración plutocrática. Es una consecuencia del progreso tecnológico que, al privilegiar a los que están en condiciones de aprovechar las oportunidades resultantes, perjudica a quienes carecen de las aptitudes o conocimientos apropiados para los tiempos que corren. No sólo en los países subdesarrollados sino también en los más avanzados crece el número de “marginados” que son incapaces de cumplir funciones útiles en una economía moderna y que, por lo tanto, dependerán de por vida de la caridad ajena. Encontrar la forma de impedir que el sector así conformado adquiera dimensiones inmanejables sí plantea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo, pero demasiados políticos, entre ellos Obama, parecen estar menos interesados en enfrentarlo que en hacer del rencor que tantos sienten un arma para usar en contra de sus rivales.

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