La política se apoya en el fútbol

Por Redacción

Daniel Muchnik (*)

Al interesante desarrollo de Argentina Debate, el domingo 4 en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, donde estuvieron los candidatos a la presidencia –menos Daniel Scioli– en un brillante encuentro de calor democrático, lo siguieron por TV América (más Infobae y otros sitios) dos millones de personas. El partido de fútbol de River contra Independiente fue seguido por tres millones de ciudadanos. Cabe señalar que los canales de televisión que habían dado su palabra de cubrir el acto del debate se retiraron sin hacerlo. El argumento del incumplimiento fue que si Scioli no concurría el debate aparecería desinflado. Si no se hubieran fugado las emisoras seguramente los dos millones hubieran crecido en el recuento final. Hubo elogios y críticas al encuentro político. Los espectadores en el Salón de Actos de la facultad aplaudieron de pie porque, sin duda, se trataba del primer encuentro civilizado y hasta gentil en un país que está crispado y donde impera la violencia desde hace más de década y media. Fue la contrapartida a los planteos de la jefa de Estado y de sus seguidores que menosprecian directa o indirectamente a la oposición. Lo hacen desde hace tiempo. En esas mismas horas se registraron secuencias de exasperada contundencia en todo tipo de violencia en algunas canchas, con jugadores lastimados y espectadores en clima de guerra. Las críticas estuvieron en la boca de los dirigentes del Frente para la Victoria y en algunos periodistas que calificaron el encuentro de “anodino”. Uno del círculo íntimo de Scioli declaró en programas de comunicación donde fue invitado que su líder no concurrió por temor a ser “agredido”. Este pronunciamiento cayó como una humorada. La sensación general es que Scioli, tironeado por el entorno de la presidenta, no podía hablar sin caer en la trampa de hacer afirmaciones que perjudicaran su relación con los “estrategas” de la Casa Rosada. O porque no tiene mucho que decir. El Frente para la Victoria es bifronte. Scioli está condicionado. No puede o no quiere contar su estrategia para el futuro por temor a un reto presidencial o a una orden terminante. Todavía le tiene miedo porque los que la siguen le pueden sacar electores. Pocos días antes del suceso el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey –futuro canciller de Scioli–, adelantaba en Estados Unidos que no había otro camino en el futuro próximo que “arreglar” con los fondos buitre. Los cristinistas se escandalizaron con demasiado ardor y ruido. Está claro: el “ relato” imperante fue tergiversado. Ellos se propusieron “vivir con lo nuestro”, cortar lazos con el mundo, rechazar la demanda de los acreedores de la Argentina y acusar la inacción de la Casa Blanca o del aparato judicial norteamericano en salvaguardar los intereses de la “Reina del Plata”. Esta creencia de Estados Unidos trabajando para dañar a nuestro país fue llevada por Cristina Fernández al interior de las Naciones Unidas. Se trató del único discurso donde un jefe de Estado no habló de los problemas del mundo, no propuso soluciones. Sólo planteó la supuesta maldad de sus supuestos enemigos. Una conducta lindante con la paranoia. El debate, por el contrario, fue eso, un acto democrático y respetuoso en un país donde se han herido profundamente las bases de la democracia, del respeto entre los poderes. En estas escenas del juego de escondidas entre los que se van y los que vienen el fútbol tiene una importancia decisiva. Argentina emerge con una sociedad anestesiada, enfervorizada antes, durante y después de las canchas, harta de la política o que observa a los políticos con sospechas o prejuicios. Señalan los encuestadores que hasta hace pocos meses Cristina Fernández tenía un 40% de imagen positiva. Y explicaban que el 30% de ese 40% se debía a Fútbol para Todos, una movida del cristinismo que le costó al país miles de millones de dólares y que cada dos o tres meses incrementa su presupuesto. Es un público al que parece no importarle si se respeta o no el sistema republicano, las instituciones o la vida democrática de división de poderes; que no escucha ni sigue las tareas del Parlamento ni las presiones del Ejecutivo sobre el Poder Judicial o sobre sus propios legisladores; que basurea a los que no piensan como dictamina el “relato”, que ha fundado como eje de su gestión la crispación, el carpetazo y la humillación del prójimo. Y que todo gira en torno del círculo subordinado a la jefa de Estado, sus familiares y funcionarios acusados de varios atropellos y exacciones. Se autocalifican de peronistas pero no se sabe a qué peronismo adhieren… ¿al de Perón, con todas sus idas y venidas, al grupo peronista que se opuso a Perón, al de los revolucionarios peronistas, al de Menem, que dio vuelta toda la doctrina estatista y proteccionista del general y de paso protegió el “robo para la Corona”? Todo el equipo actual de Scioli le confirmó al gobernador el peligro que significaría permitir el ingreso de los hinchas visitantes en los partidos que podían seguir al de los incidentes del comienzo de semana. Scioli no los escuchó. Y bajó línea autorizando que entraran. Arriesgó así posibles accidentes antes de perder votantes. En definitiva, el kirchnerismo cristinista impuso la futbolización de la política, con barrabravas y todo. Sin importarle los riesgos. Una forma insensata de mostrar que nada los ciega hasta cumplir con todos sus propósitos. (*) Escritor. Periodista