La razón de la sinrazón

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

Para Cristina y su tropa, quienes se oponen a su gobierno tienen forzosamente que ser extremistas de instintos genocidas resueltos a instaurar una feroz dictadura militar. En su mundo daltónico, todo es blanco y negro. Así, pues, mientras que el jueves de la semana pasada otros vieron a decenas de miles de hombres y mujeres tranquilos, miembros típicos de la clase media argentina, además de muchos de aspecto proletario, que protestaban de manera nada agresiva contra los abusos del poder y las deficiencias más notorias de la gestión kirchnerista, la presidenta y sus allegados vieron a una horda de neofascistas que reclamaban la restauración de la dictadura militar. A juicio de algunos, entre ellos el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el gobierno corre el riesgo de caer en “el autismo político”, ya que “no hay peor sordo que aquel que no quiere oír ni peor ciego que aquel que no quiere ver”. Está en lo cierto, pero sucede que Cristina, acompañada por quienes conforman su dócil entorno particular, no puede resignarse a que una proporción muy importante, tal vez mayoritaria, de los argentinos haya perdido interés en el heroico relato que ha improvisado. El sector amplio así supuesto no quiere participar de una epopeya setentista que muy pocos entienden y que, intuye, culminará con un desastre monumental. Sólo quiere que el gobierno administre el país con más sensatez y que respete las opiniones ajenas, o sea que actúe como un gobierno democrático normal. Por desgracia, a esta altura se trata de una alternativa utópica. Ya es demasiado tarde para que Cristina y sus allegados modifiquen el rumbo que se han propuesto. No pueden frenar la inflación, reconciliarse con los mercados de capitales, desactivar la bomba de tiempo energética, tomar medidas a fin de brindar a los empresarios buenos motivos para confiar en el futuro inmediato. Conscientes de que no les cabe más opción que la de convivir con las consecuencias de lo que ya han hecho, están a la defensiva. Puesto que les sería humillante atribuir a su propia torpeza los muchos problemas inverosímiles que se las han ingeniado para provocar, los imputan a la astucia maquiavélica de un sinnúmero de reaccionarios liderados por el CEO de Clarín y por oligarcas que van por todo, personajes que cuentan con la ayuda de buitres horripilantes y otros sujetos igualmente viles en el exterior. Si sólo fuera cuestión de retórica, los intentos de Cristina y sus aliados de convencernos de que son víctimas nobles de una conspiración internacional maligna motivarían nada más que burlas, pero la estrategia que han elegido tiene connotaciones peligrosas. Aun cuando los cristinistas entendieran muy bien que es ridículo suponer que el grueso de la clase media es irremediablemente golpista y que nada le encantaría más que disfrutar de una oportunidad para pisotear los derechos humanos de los pobres, hambreándolos para que dejaran de ocasionarle problemas, se sienten obligados por las circunstancias a aferrarse a “su verdad”. Así las cosas, al afirmarse amenazados por un ejército siniestro de enemigos de la patria, militantes de lo que la presidenta misma calificó de una “campaña anti-Argentina”, los paladines de lo nacional y popular se sentirían con derecho a hacer cuanto resultara necesario para salvar al país de la catástrofe que, dicen, podría caerles encima. Si los soldados K realmente creen en sus propias palabras, o si estiman que les convendría intentar subrayar su propia sinceridad tomándolas al pie de la letra, tratarán de emular al amigo venezolano Hugo Chávez instalando un régimen que sea mucho más autoritario que el actual. Después de todo, si el país se ve ante la disyuntiva maniquea de someterse a los resueltos a destruirlo o, para ahorrarse un destino tan trágico, suspender ciertos derechos que, debidamente aprovechados, facilitarían la conquista del poder por parte de los enemigos jurados del bien, ¿no se justificaría plenamente una especie de autogolpe, equiparable con el que llevó a cabo el populista “neoliberal” peruano Alberto Fujimori? Las reacciones oficialistas frente a los cacerolazos del 13S y el 8N no nos dijeron nada interesante sobre los motivos por los cuales tantas decenas de miles de personas salieron a la calle para expresar su desaprobación a la gestión de Cristina. En cambio, sí nos dijeron mucho acerca de la mentalidad de la presidenta y quienes se sienten comprometidos con el “movimiento” que se ha aglutinado en torno a su figura. Viven –mejor dicho, quisieran vivir– en la Argentina de aproximadamente medio siglo atrás, en que la mayoría se sentía constreñida a optar entre distintas variantes del autoritarismo y que, luego del fracaso cataclísmico del gobierno peronista, se entregó más o menos voluntariamente a la versión militarista por imaginar que resultaría ser el mal menor. Por fortuna aquella Argentina abrumadoramente autoritaria, parecida a su modo a ciertos países europeos antes de la Segunda Guerra Mundial, dejó de existir hace un par de décadas, pero a juzgar por las declaraciones públicas que han formulado, Cristina y sus simpatizantes se resisten a darse por enterados. Que el mundo de ayer siga atrayéndolos puede comprenderse. En retrospectiva, en aquel entonces todo era mucho más sencillo y, desde luego, más emocionante, a diferencia de lo que suele darse en democracias consolidadas en que los enfrentamientos tienen que ver con pequeños detalles presupuestarios, no con cuestiones épicas en que se juegan la vida y la muerte, el bien o el mal, una revolución popular que serviría para reemplazar el mundo triste que nos han legado las obtusas generaciones anteriores por otro muchísimo mejor. Por supuesto, la realidad de aquellos tiempos predemocráticos distaba de ser tan vivificante como suponen quienes sienten nostalgia por los días en que muchos confiaban en encontrar en la política la solución de todos los problemas económicos y espirituales. Al contrario, la sobredosis de política que administraron las elites intelectuales tendría consecuencias trágicas para decenas de millones de personas. Por aburrida y mediocre que pueda ser la democracia liberal moderna, es más humanitaria que cualquier alternativa concebible, de ahí la inquietud que se ha apoderado de tantos ciudadanos al multiplicarse las señales de que el gobierno de Cristina, frustrado por su propia ineptitud y claramente incapaz de corregir los errores que sigue cometiendo, está asumiendo posturas cada vez más autoritarias.

SEGÚN LO VEO


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