La realidad delante de los ojos



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daniel muchnik (*)

Es cierto y hasta inobjetable que los candidatos al cambio presidencial no digan todo lo que hay que resolver ni planteen todos los problemas que están latentes sin solución de continuidad. Es casi un precepto elemental del pragmatismo político. Si lo hicieran, no conseguirían respaldo electoral. Decir la verdad en el país, y especialmente en la política que se ha venido haciendo en el país, es salir perdidoso. Ya lo dijo el increíble expresidente Menem cuando declaró: “Si yo hubiera dicho con anticipación qué haría desde el gobierno, seguramente no estaría en la Casa Rosada”. Pero ésa es una cara de la moneda. Del otro lado de la misma moneda amenaza una catarata de problemas que no se han resuelto en décadas de democracia y van pulverizando la esperanza en las instituciones y en el propio sistema democrático. La pobreza, cuyo indicador el gobierno se resistía a dar o mostraba cifras delirantemente falsas en el país y en el exterior, en foros internacionales importantes, afecta a once millones de personas. Revertir ese drama no será cuestión de meses ni de años. Pese a los planes sociales y a la inmensa cantidad de subsidios millonarios, la pobreza no ha sido arrinconada por el kirchnerismo. Este tema afecta a los principales funcionarios del gobierno, que no se han lanzado a cuestionar los trabajos de investigación del Observatorio de la Deuda Social Argentina, dependiente de la Universidad Católica, que entregó el último informe contundente sobre los problemas sociales, porque su rector es un representante del papa Francisco en el país. No han buscado ni querido enfrentar con los números del Observatorio, que son los de la más tajante de las verdades. Si con subsidios millonarios la pobreza no ha retrocedido, ¿qué les queda por hacer a los que vienen? Sin duda el mismo estudio de la Universidad Católica da la clave: la emergencia social, que tuvo sus años menos dramáticos, sólo se revierte con trabajo y bajando la inflación. Pero ni el trabajo ni la merma inflacionaria aparecen resueltas por arte de magia. Para que surjan puestos de trabajo se necesitan inversiones, decisiones empresariales de largo plazo, confianza política, creencia cierta en un gobierno decidido al cambio, eliminación de barreras y de cepos. El mundo está en condiciones de recibir los productos argentinos. Falta decisión política para hacerlo. Tentar inversiones es una cuestión de diálogo y de cumplimiento de los compromisos internacionales. Uno de los candidatos presidenciales dice que el tirará abajo el cepo cambiario en las primeras horas de gobierno. Será tan sólo una divagación porque sacar el cepo sólo se podría con una importante financiamiento externo que se debe negociar, que requiere meses, idas y vueltas. Ningún país, ningún organismo internacional gatillaría un préstamo en cuestión de días. Salvo un milagro. Hace ya dos años que el empleo privado está frenado. Y lo seguirá estando mientras los empresarios contesten en más de un 50% del total en las encuestas que no esperan cambios ni para el 2015 ni para el 2016. Ni tampoco están convencidos de invertir. Muchas empresas están ahogadas. El cepo les impide importar y pagar a los proveedores. Desde el costado externo la inversión extranjera directa, un fondo imprescindible para poder crecer porque el ahorro interno no alcanza, se redujo varios miles de millones en los últimos años. Es lógico. Si no pueden sacar los dólares que entran, ¿quién está dispuesto a depositar dólares en un país sin esquemas claros? Esa inversión extranjera se contrajo de 15.300 millones de dólares en el 2012 a 11.300 millones de dólares en el 2013 y a escasos 6.200 millones en el 2014. Como si este cuadro mostrara los hechos, la realidad indica que se ha quedado chico. En las últimas semanas y especialmente en los últimos días hubo amenazas de algunos organismos del gobierno de vigilar policialmente ciertas actividades empresarias, pinchando teléfonos, cercando a los protagonistas en sus movimientos, utilizando incluso los servicios de inteligencia del gobierno. La Unión Industrial le hizo frente a esa amenaza y con buenos modales invitó a Oscar Parrilli, jefe del espionaje, para exponerle sus puntos de vista. En el mismo momento en que estaban hablando el dólar blue trepaba a algo más de 14 pesos, como consecuencia de la invasión de pesos en el mercado. Y de la inestabilidad permanente. Parrilli reconoció que la estructura del organismo de vigilancia incluye la posibilidad de llevar a cabo espionaje sobre bancos, financieras y empresas. Pero los hechos no ponen a Parrilli como al personaje principal. Otros organismos y otros funcionarios también se encargarán de las tareas de seguimiento paso a paso. Actos que sólo se conocen en gobiernos totalitarios. Ésta es la vieja estrategia que siempre utilizó el peronismo, en sus distintas versiones. Para terminar con un problema económico, la solución son las acciones policiales para asustar o la amenaza de cárcel. No visualizan soluciones económicas sino represivas. A todas estas variables a vencer se les suma otro problema que ya está metido bien dentro de la vida cotidiana en la Argentina. Es el narcotráfico, que ha avanzado a niveles insospechados. Y que viene ganando todas las batallas porque el inmenso caudal de dinero que recoge la droga tienta también a los perseguidores. En las últimas semanas varios oficiales de la Policía fueron acusados de complicidad con los narcotraficantes y radiados del servicio. Si incluye a los oficiales, que pasará con la tropa. Es lo que ocurrió en un comienzo en México y sigue ocurriendo sin que nadie se anime a romper la telaraña. Al presidente que viene, ¿le gustará que lo controlen? Porque los presidentes siempre se resisten al control. De allí la actual crisis de los organismos de control. No se les da presupuesto, no se los tiene en cuenta. Y esos organismos han alertado sobre numerosos sucesos que terminaron en desgracias, como el accidente ferroviario de Once o la desidia en la limpieza del Riachuelo que afecta a cinco millones y medio de personas. Las cuentas, al respecto, son terminantes. De cada 100 pesos que gastó la Nación el año pasado, sólo ocho centavos se destinaron al control público. Los desembolsos del Estado alcanzaron el 1,133 billones de pesos. Del total el 38% fue para seguridad social; el 19% a energía, combustibles y minería; el 7% al transporte. Hasta julio del 2014, los organismos de control recibían 10 centavos por cada 100 pesos. Los gobernantes huyen de quienes estudian sus decisiones. (*) Periodista y escritor


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