La rebelión europea
Para consternación de los líderes de los partidos tradicionales conservadores o socialdemócratas que están acostumbrados a dominar el escenario político europeo, el electorado del continente acaba de enviarles un mensaje muy fuerte que les convendría tomar en serio. Calificar de “ultraderechistas” a las diversas agrupaciones que aprovecharon el descontento para conseguir una proporción insólita de los votos no sirve para mucho, ya que lo único que tienen en común el Frente Nacional francés y el UKIP, Partido de la Independencia del Reino Unido británico, es la hostilidad hacia la Unión Europea tal y como está. Asimismo, si bien el partido griego Syriza se afirma izquierdista, comparte muchas actitudes con los movimientos presuntamente derechistas. Sea como fuere, en casi todos los países agrupaciones antisistema lograron en las elecciones para el Parlamento Europeo resultados llamativamente mejores que en el pasado, lo que ha planteado a los comprometidos con el statu quo un desafío nada sencillo. En otras oportunidades, “Bruselas” ha reaccionado frente a los reveses electorales sufridos por sus partidarios con indiferencia, dando por descontado que, andando el tiempo, los votantes de países díscolos se arrepentirían del error que cometieron para votar a favor de los comprometidos con el proyecto europeo, pero fueron tan contundentes las manifestaciones de protesta que se registraron el fin de semana pasado que tendrían que prestarles atención. Entre los preocupados por el futuro de Europa está consolidándose el consenso de que serán necesarias reformas destinadas a devolver más poder a los parlamentos locales que, al fin y al cabo, están más cercanos a la ciudadanía. No sólo en el Reino Unido, el integrante más “euroescéptico” –a pesar de que, según una encuesta reciente, la mayoría de los británicos no quiere romper con la UE–, sino también en muchos otros países, la voluntad de los funcionarios europeos de decidir absolutamente todo, pasando por alto las particularidades de las distintas comunidades, molesta a muchos. Aún más urticante, si cabe, ha sido la soberbia atribuida a la elite burocrática óptimamente remunerada que está a cargo de las instituciones de la UE y que la ha convertido en blanco fácil de quienes se sienten perjudicados por los cambios vertiginosos de los años últimos, en especial los provocados en los países más prósperos por una crisis de empleo combinada con la inmigración descontrolada. Como han señalado muchos alemanes y británicos, la incorporación a la UE de países paupérrimos del exbloque soviético como Rumania y Bulgaria ha dado pie a lo que llaman el “turismo social” de una multitud de personas sin calificaciones laborales que viajan en busca de beneficios estatales. Muchos problemas de la UE se deben a la impaciencia excesiva de los convencidos de que “más Europa” es una solución universal y que por lo tanto se esfuerzan por homogeneizar cuando antes un continente en que se cuentan por docenas las etnias, lenguas, confesiones religiosas y “relatos” diferentes. En vez de conformarse con una confederación flexible en la que se respetaran las diferencias nacionales y regionales, los “eurócratas” insistieron en intentar construir, en un lapso muy breve, una versión propia de Estados Unidos, de ahí la introducción claramente prematura del euro que tantas consecuencias perversas ha tenido en los países del sur que no estaban en condiciones de compartir con Alemania la misma moneda. Entre ellos se encuentra Francia, de ahí el surgimiento del Frente Nacional de Marine Le Pen que, en las elecciones europeas del domingo, superó en votos tanto a los conservadores del expresidente Nicolas Sarkozy como a los socialistas de su sucesor, François Hollande. Los dirigentes franceses se aferran a la idea de que la UE debiera servir para que su país siga desempeñando un papel clave en el drama internacional, pero al agravarse la crisis económica y ampliarse la brecha que lo separa de Alemania, se ha hecho más tentadora la propuesta de Le Pen de abandonar el euro, además, desde luego, de repatriar buena parte de los poderes que París cedió a Bruselas cuando los miembros de la clase política creían que les sería dado continuar dominando el “superestado” que tanto habían contribuido a construir.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 28 de mayo de 2014
Para consternación de los líderes de los partidos tradicionales conservadores o socialdemócratas que están acostumbrados a dominar el escenario político europeo, el electorado del continente acaba de enviarles un mensaje muy fuerte que les convendría tomar en serio. Calificar de “ultraderechistas” a las diversas agrupaciones que aprovecharon el descontento para conseguir una proporción insólita de los votos no sirve para mucho, ya que lo único que tienen en común el Frente Nacional francés y el UKIP, Partido de la Independencia del Reino Unido británico, es la hostilidad hacia la Unión Europea tal y como está. Asimismo, si bien el partido griego Syriza se afirma izquierdista, comparte muchas actitudes con los movimientos presuntamente derechistas. Sea como fuere, en casi todos los países agrupaciones antisistema lograron en las elecciones para el Parlamento Europeo resultados llamativamente mejores que en el pasado, lo que ha planteado a los comprometidos con el statu quo un desafío nada sencillo. En otras oportunidades, “Bruselas” ha reaccionado frente a los reveses electorales sufridos por sus partidarios con indiferencia, dando por descontado que, andando el tiempo, los votantes de países díscolos se arrepentirían del error que cometieron para votar a favor de los comprometidos con el proyecto europeo, pero fueron tan contundentes las manifestaciones de protesta que se registraron el fin de semana pasado que tendrían que prestarles atención. Entre los preocupados por el futuro de Europa está consolidándose el consenso de que serán necesarias reformas destinadas a devolver más poder a los parlamentos locales que, al fin y al cabo, están más cercanos a la ciudadanía. No sólo en el Reino Unido, el integrante más “euroescéptico” –a pesar de que, según una encuesta reciente, la mayoría de los británicos no quiere romper con la UE–, sino también en muchos otros países, la voluntad de los funcionarios europeos de decidir absolutamente todo, pasando por alto las particularidades de las distintas comunidades, molesta a muchos. Aún más urticante, si cabe, ha sido la soberbia atribuida a la elite burocrática óptimamente remunerada que está a cargo de las instituciones de la UE y que la ha convertido en blanco fácil de quienes se sienten perjudicados por los cambios vertiginosos de los años últimos, en especial los provocados en los países más prósperos por una crisis de empleo combinada con la inmigración descontrolada. Como han señalado muchos alemanes y británicos, la incorporación a la UE de países paupérrimos del exbloque soviético como Rumania y Bulgaria ha dado pie a lo que llaman el “turismo social” de una multitud de personas sin calificaciones laborales que viajan en busca de beneficios estatales. Muchos problemas de la UE se deben a la impaciencia excesiva de los convencidos de que “más Europa” es una solución universal y que por lo tanto se esfuerzan por homogeneizar cuando antes un continente en que se cuentan por docenas las etnias, lenguas, confesiones religiosas y “relatos” diferentes. En vez de conformarse con una confederación flexible en la que se respetaran las diferencias nacionales y regionales, los “eurócratas” insistieron en intentar construir, en un lapso muy breve, una versión propia de Estados Unidos, de ahí la introducción claramente prematura del euro que tantas consecuencias perversas ha tenido en los países del sur que no estaban en condiciones de compartir con Alemania la misma moneda. Entre ellos se encuentra Francia, de ahí el surgimiento del Frente Nacional de Marine Le Pen que, en las elecciones europeas del domingo, superó en votos tanto a los conservadores del expresidente Nicolas Sarkozy como a los socialistas de su sucesor, François Hollande. Los dirigentes franceses se aferran a la idea de que la UE debiera servir para que su país siga desempeñando un papel clave en el drama internacional, pero al agravarse la crisis económica y ampliarse la brecha que lo separa de Alemania, se ha hecho más tentadora la propuesta de Le Pen de abandonar el euro, además, desde luego, de repatriar buena parte de los poderes que París cedió a Bruselas cuando los miembros de la clase política creían que les sería dado continuar dominando el “superestado” que tanto habían contribuido a construir.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora