La religión del movimiento

Un homenaje a Donna Summer, la reina de las pistas que anteayer murió.




Había algo secreto en la voz apretada de Donna Summer. La que parecía venir de una dimensión muy lejana, como transcurriendo el espacio a través de un puente invisible y clandestino. Amamos ese recurso cargado de azúcar que interrumpía el aire de las madrugadas en pleno fervor juvenil. Summer fue la metáfora sonora de la velocidad de toda una época en que la inocencia nos hacía creer que la vida, al fin de cuentas, podía ser bastante fácil de sobrellevar. Son los 70 hechos a base de distorsión, drogas, cócteles, vestidos escandalosos y extrañas cuando no ridículas sacudidas corporales sobre la pista de baile. En ese contexto, bajo las luces de una cultura que comenzaba a hacerse global, Donna Summer se erigió como la “reina de la música disco”, un cetro que no pocos y buenos artistas se disputaban por entonces. Desde fines de los 70 y hasta mediados de los 80 el sonido disco no tuvo quien le diera alcance. El rock buscaba su propio horizonte en un mercado en transformación donde se renovaba el pacto de gustos y fidelidades. Pero los que dominaban los rating radiales y vendían por millones eran gente como KC and the Sunshine Band, The Jackson 5, Bee Gees y el eterno Rod Stewart. La piedra angular de su filosofía se decantaba en la búsqueda de una libertad disoluta. Un nexo vital que condujera a las huestes de jóvenes los sábados por la noche de la casa al universo de la fantasía representado por las discotecas. Por fuera no había gloria que mereciera una canción. Incluso cuando Summer le canta a una humilde trabajadora americana lo hace a un ritmo contagioso que bailaron millones de personas. “She works hard for the money” (y nos hace delirar). Tal vez los 60 y los 70 habían sido demasiado exigentes. Quizás John Lennon y The Sex Pistols pedían demasiado cuando decían que había que darle una oportunidad a la paz o destruir por completo el sistema, respectivamente. Summer y compañía prefirieron darle una oportunidad al baile. La reflexión, el testimonio y la lucha neurótica con los demonios internos llegaron de la mano de los 90 y de grupos vestidos de negro riguroso con rostro de pocos amigos. Donna Summer encarnaba la alegría del fin de semana. Y tuvo ella también su viaje por el infierno, en plena explosión disco (1976), según relató en su autobiografía “Ordinary Girl: The Journey”, intentó suicidarse. “Todos sentimos dolor, también yo”, dijo la diva. Una vez terminada la década de los 80 supimos casi nada de Donna Summer. Una colaboración aquí, una recopilación esencial allá. Como otros ídolos de la gloriosa movida disco, tuvo que dejarle paso a una nueva aristocracia de la que Madonna todavía es reina indiscutida. La soberana del pop.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Donna Summer encarnaba la alegría del fin de semana.


Comentarios


La religión del movimiento