La República en auxilio del kirchnerismo

Por Redacción

Opiniones

Ricardo Gamba gambaricardov@gmail.com

Pocas dudas caben de que uno de los rasgos fundamentales del populismo es su notable desprecio por las instituciones republicanas. Se apoya en una idea democrática que bien podría definirse como una monarquía electiva, según la cual el que gana la presidencia pretende el derecho a la suma del poder público. Su concepción cesarista del poder no reconoce limitaciones institucionales a la voluntad discrecional del caudillo elegido y autoconvencido de representar los supremos intereses del pueblo y la nación, lo que según su lógica le concede una legitimidad adicional, e incluso superior, a la del voto popular. Hoy el kirchnerismo teme por las conquistas obtenidas mediante este procedimiento. Y, en una irónica paradoja, ya fuera del poder sólo cuenta con la protección de las instituciones republicanas para que esas conquistas no se pierdan. La República, como una madre amorosa que defiende tanto a sus hijos pródigos como a los descarriados, está aún viva para evitar que de un plumazo un nuevo César pueda borrar lo hecho y refundar una vez más la sociedad según su capricho personal. Aun suponiendo cierta la caracterización ampliamente difundida en la campaña electoral de que Macri es un representante de la derecha neoliberal que viene a cargarse todo lo bueno realizado por el kirchnerismo, lo real es que no podría hacerlo, porque la República va a empezar a funcionar y a mostrar sus virtudes. Y no se trata de que vaya a funcionar porque Macri, como un César generoso, lo quiera. Es la conformación de la estructura de poder que el sistema constitucional de gobierno dividido ha dejado consolidada después de las elecciones lo que como un límite objetivo impedirá cualquier devaneo personalista que pudiera tener el nuevo presidente. La gran mayoría de lo que el kirchnerismo considera sus grandes logros han sido institucionalizados por medio de leyes. Y, en un sistema republicano, sólo podrían modificarse por medio de otras leyes, que corresponden a la voluntad del Poder Legislativo y no a la presidencial. Y Macri va a tener que gobernar con un Poder Legislativo al cual no controla, sin mayoría propia en Diputados y con un Senado con abrumadora mayoría del peronismo. Esto significa que cualquier cambio que quiera producirse deberá contar con el acuerdo de la oposición que, puede darse por descontado, no obtendrá. Las despreciadas y pisoteadas instituciones republicanas son ahora la garantía de continuidad de buena parte de lo hecho por el kirchnerismo. Ojalá ese amplio espectro de populistas sinceros, preocupados por las conquistas y no por paladear las mieles del poder, comprenda que lo querido por ellos está hoy protegido por las instituciones y los lleve a revalorizar la importancia de vivir en un sistema republicano. Si esta conversión se produjera, se habrá logrado un enorme paso adelante en la conformación de un nuevo pacto social que reconozca la Constitución como la ley suprema, en el cual el culto a las leyes reemplace el culto a la persona. Sería, quizá, el principio del fin de la grieta. (*) Abogado. Exprofesor de Derecho Político