La Reserva Federal y la tasa cero

Por Redacción

Darío Tropeano (*)

Hace pocos días se conoció la decisión de la junta de la Reserva Federal de Estados Unidos de mantener el interés del dólar estadounidense entre el 0 y el 0,25% anual, valores sostenidos desde hace más de ocho años. La decisión de mantener las tasas de interés, imprimir el dólar, prestar a las entidades financieras y al propio país y fijar la tasa de interés de esos préstamos refleja un poder mundial descomunal que merece un somero análisis histórico. Primeramente, es dable remarcar que no es un banco de reserva (no hay mínimos monetarios de los que deba disponer en cartera) ni es federal, dado que sus decisiones no dependen del gobierno. Si bien en la junta participan gobernadores de algunas reservas federales estaduales, la mayoría accionaria de la Reserva Federal es privada. No estamos entonces frente a un banco público. Algunos de sus accionistas (la información es reservada para el público general) son los bancos Citi Bank, J. P. Morgan, Goldman Sachs y Lazard. La Reserva fue creada como banco central de Estados Unidos en una apurada y rápida sesión del Congreso el 23 de diciembre de 1913, cuando una mayoría relevante de congresistas se había marchado a sus estados de origen previo a las fiestas navideñas. Estados Unidos, como colonia del Imperio Británico, emitía aun siendo dependiente de Inglaterra las denominadas “notas coloniales” sin interés, que competían con los préstamos a interés que le otorgaba Inglaterra. Ello fue prohibido por el rey Jorge III (Currency Act 1764), lo que obligando a la colonia a utilizar solamente dinero emitido por Inglaterra. Esto fue generando una pesada carga por deuda acumulada y fue un desencadenante de la revolución de 1776, consolidada años después. Sin embargo, el primer banco estadounidense (First Bank of the US) fue privado, mediante el otorgamiento de una concesión, y años después el Congreso otorgó una nueva concesión como banco central que emitía el dinero público al Second Bank of the US. Esa entidad fue criticada por sucesivos presidentes norteamericanos hasta que Abraham Lincoln decidió emitir los greenbacks sin intereses para financiar la guerra civil entre el Norte y el Sur, rechazando la oferta de los banqueros para recibir nuevos préstamos a interés superiores al 20% anual (“Historia de la vida pública estadounidense desde 1870 hasta 1920”, Lynn Wheeler). Fueron billetes verdes preludio del dólar llamados “billetes verdes” por los ciudadanos, cuya emisión cesó luego del asesinato de Lincoln y de restableció el sistema anterior. Advirtamos que también el expresidente Kennedy dio la orden presidencial Nº 11.110 para que el Estado emitiera el dólar, previo a su fallecimiento. A partir de 1907 se desató una grave crisis financiera en Estados Unidos, a través de la especulación en los valores del cobre y rumores diversos sobre la situación de algunos bancos, lo que generó diversas quiebras de entidades financieras y ventas de stocks de productos a valores muy bajos. Grandes bancos consolidaron su posición en el mercado y una comisión del Congreso norteamericano aconsejó entonces la creación de un banco central para regular la actividad. En 1910, en una reunión privada realizada en una de sus viviendas particulares bajo la dirección del banquero J. P. Morgan (banco global actual), se redactó el formato de la ley de creación de la Reserva Federal, finalmente aprobada en 1913 (en “The Creature from Jekyll Island”, de Edward Griffin –1998–, existen múltiples antecedentes documentales de ello). Ese banco fue integrado desde su nacimiento por banqueros estadounidenses y europeos y es el que actualmente emite, presta y fija la tasa de interés del dólar. Es necesario recordar que la Constitución de Estados Unidos establece en el artículo 1 sección 8 que el Congreso acuña la moneda y regula el valor de la misma, previsión legal que por cierto no se cumple a pesar de los sucesivos proyectos que congresistas de ese país han presentado para transformar la Reserva Federal en banca pública. Los argumentos para mantener la emisión monetaria prestada al casi 0% anual han sido la necesidad de asegurar un proceso de crecimiento económico, lo cual parece evidenciarse en la actualidad dadas las turbulencias de la economía mundial y la baja inflación imperante. Sobre un cuadro de endeudamiento global de 200 billones de dólares, que supera en tres veces el PBI anual (los bienes y servicios que produce el mundo) el aumento de sólo un cuarto de punto (0,25%) en la tasa implicaría incrementar la deuda anual en 500.000 millones de dólares. Como venimos advirtiendo en estas páginas desde hace no poco tiempo, se trata de emitir descontroladamente para mantener vivo el sistema financiero occidental comprando activos “basura” de las entidades financieras, mejorando (para salvarlas de la quiebra) la posición de las mismas y facilitándoles disponibilidad para continuar con la especulación financiera. A pesar de mantener la tasa de interés del dólar en casi el 0% anual la economía mundial no reacciona y está a las claras que se trata de un problema de consumo y caída del ingreso real. En Estados Unidos –al igual que en nuestro país– no se transparenta la desocupación real, sino que los informes oficiales la sitúan en alrededor del 5,5%, cuando en realidad exfuncionarios y aun organizaciones privadas refieren porcentuales que triplican esa cifra. El empleo generado en los últimos 24 meses es a tiempo parcial y mal remunerado, dado que se trata de trabajos de baja calificación. En realidad, desde la crisis del 2008 el salario real del norteamericano medio descendió (“New York Times” 6-2014) y desde los medios especializados se repite que la preocupación no es la inflación sino, justamente, que los precios se mantienen constantes. Ello, por cierto, es efecto de la falta de consumo e inversión por parte del sector privado, que mantiene altos excedentes de capacidad instalada. Un informe publicado la semana anterior en el “Financial Times” dejó claro que muchas de las condiciones que llevaron a la crisis financiera del 2008 han regresado. Según el artículo, el volumen de las megafusiones empresarias en lo que va del año ha llegado a un máximo histórico y superado los niveles alcanzados por la burbuja de precios previa a la crisis del 2008. Mientras que el valor de las acciones estadounidenses ha aumentado en 17 billones desde el 2009, la inversión se mantiene en niveles históricamente bajos, pero el dinero ha fluido a raudales a la economía especulativa. La falta de inversión en la economía real (el FMI informa que ha disminuido en un 25% desde la crisis del 2008) significa que las empresas que cotizan en Wall Street tratan de mantener y aumentar el valor de las acciones a través de parasitarias operaciones de adquisiciones, fusiones y recompra de acciones financiadas a través del régimen de tipo de interés a tasa 0 decidido por la Reserva Federal. El mantenimiento de la tasa 0 no otorgará tranquilidad alguna a los mercados financieros, que se han “apoderado” de la economía mundial, es decir, de más de 7.000 millones de seres humanos. Hoy, las operaciones especulativas en los principales mercados globales en su casi totalidad se realizan a través de programas informáticos mediante el sistema de algoritmos de alta frecuencia. Se trata de reglas establecidas, predeterminadas por el hombre, que permiten desarrollar operaciones de compra y venta de acuerdo a valores fijados por el algoritmo. Pero, además de esta economía ficcional, ha sido necesario alimentar la burbuja en forma interminable y socializar las pérdidas monumentales producidas en los últimos años emitiendo dólares y asumiendo instrumentos basura (deuda) de las entidades financieras. A eso se ha dedicado la Reserva Federal estadounidense y esa política ha puesto al mundo en graves problemas. (*) Abogado. Docente de grado y posgrado de la Facultad de Economía de la UNCo