La soja amenaza con abandonarnos
A comienzos del año, el gobierno confiaba en que la reanudación del crecimiento en Brasil y una buena cosecha de soja serían suficientes como para alejar el espectro de una recesión prolongada, agravada por la inflación, que tanto preocupaba a los encargados de la economía nacional. Por desgracia, aún no hay señales de que nuestro socio principal esté por levantar cabeza, mientras que en las semanas últimas ha bajado mucho el precio de la soja debido al aumento de la producción norteamericana, el temor a que en adelante China compre menos y la conciencia de que, tarde o temprano, la Reserva Federal de Estados Unidos optará por poner fin a la era de tasas de interés bajísimas, lo que tendría un impacto muy fuerte en los commodities que han disfrutado de lo que los economistas califican de un “superciclo” que ha beneficiado mucho a los países emergentes. Aunque el precio de la soja en Chicago sigue siendo muy alto en términos históricos, existe el riesgo de que caiga abruptamente en los meses próximos, lo que, huelga decirlo, obligaría al gobierno kirchnerista a replantear su estrategia, puesto que lo privaría de buena parte de los ingresos en dólares que había previsto. Que una coyuntura sumamente favorable parezca tener los días contados no puede ser motivo de sorpresa. Cuando un producto agrícola determinado se hace muy rentable, la oferta suele aumentar, lo que afecta negativamente a los precios. No sólo los agricultores norteamericanos, sino también otros, incluyendo a los chinos, están produciendo más soja que antes, perjudicando así a los sudamericanos que durante algunos años han dominado el negocio. Asimismo, desde el punto de vista de los inversores, el eventual aumento de las tasas de interés estadounidenses haría menos atractivas las perspectivas de países más pobres que, además de parecerles crónicamente inestables, dependen demasiado de las exportaciones de bienes primarios que, como ha sucedido con la soja, pueden subir muchísimo en un lapso muy breve para después desplomarse. El “modelo” al que se aferran la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros integrantes del gobierno nacional fue ensamblado en un momento muy especial que, como siempre fue de prever, no se perpetuaría. Si bien es probable que durante mucho tiempo los precios de los commodities que estamos en condiciones de exportar sean superiores a los registrados antes del 2002, no lo es que se mantengan en los niveles a que nos hemos acostumbrado. Así las cosas, un “modelo” que pudo haber sido apropiado para el mundo de hace algunos años no resulta viable en la actualidad y, de concretarse los cambios que muchos prevén, lo sería aun menos en el futuro mediano. Será necesario, pues, que la economía se adapte a circunstancias nuevas, reduciendo su dependencia de un solo producto, la soja, y de otros commodities agrícolas. Tenían razón aquellos ideólogos que a través de los años advertían acerca de los límites del “modelo agroexportador”, pero un gobierno que afirma inspirarse en su prédica se las ha arreglado para construir un ejemplo típico del género que criticaban con su vehemencia habitual. Los ciclos económicos se repiten desde hace siglos, cambiando de forma de manera a menudo imprevista, de suerte que siempre es un error apostar demasiado a que uno que es extraordinariamente favorable resulte ser permanente. Puede que aún tengamos tiempo en que aprovechar las oportunidades excepcionales que fueron brindadas por la soja, las tasas de interés mínimas fijadas por la Reserva Federal estadounidense luego del colapso del “nuevo paradigma” que posibilitó la burbuja inmobiliaria cuyo eventual estallido hizo tambalear el sistema financiero mundial y la transformación vertiginosa de China en una gran potencia comercial, pero parecería que el gobierno de Cristina sólo quiere defender un statu quo ya desactualizado. A menos que cambie de actitud para concentrarse en diversificar las exportaciones, lo que significaría tomar medidas encaminadas a mejorar la competitividad de las empresas nacionales, pronto podríamos encontrarnos en una situación equiparable con la de inicios del milenio, cuando eran muy bajos los precios internacionales de las exportaciones, nadie estaba dispuesto a prestarnos dinero a tasas razonables y “el modelo” reivindicado por el gobierno de entonces se desintegraba.