La tentación autárquica

Está en lo cierto el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica cuando dice que “la Argentina está metida en un proceso muy autárquico”. Aunque en ocasiones la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y distintos voceros del gobierno que encabeza, entre ellos el vicepresidente Amado Boudou antes de verse atrapado en el escándalo de la ex Ciccone Calcográfica, han dado a entender que les gustaría que el país se reconciliara económicamente con los mercados internacionales, poniendo fin a una década de ausencia virtual, ya que en tal caso accedería a créditos a tasas de interés razonables y estaría en condiciones de recibir cuantiosas inversiones extranjeras, debido a las medidas que ha tomado se ha aislado cada vez más. Según los representantes de una extensa lista de miembros de entidades como la Organización Mundial de Comercio, entre ellos México, Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea, la Argentina se ha convertido en el país más proteccionista del planeta. Exageran, claro está, ya que las distorsiones provocadas en el comercio internacional por las barreras que se han erigido aquí han sido mínimas en comparación con las causadas por las medidas en tal sentido de los norteamericanos, europeos y japoneses, pero ocurre que, además de procurar frenar “las invasiones” de bienes procedentes de Brasil, China y otros países, el gobierno kirchnerista no ha vacilado en atentar contra nuestras propias exportaciones con el propósito, dice, de defender “la mesa de los argentinos” amenazada por la gula foránea. Asimismo, se ha esforzado por reducir al mínimo las relaciones financieras con el exterior, además de hacer lo posible por desalentar a los interesados en arriesgarse invirtiendo en el país. Puede que los kirchneristas no se hayan propuesto buscar la autarquía por suponer que, dadas las circunstancias, sería mejor que nos conformáramos con vivir de lo nuestro, pero si ésta fuera su intención tendrían muchos motivos para sentirse orgullosos de lo que han logrado. El peronismo, que según virtualmente todos los observadores de otras latitudes nació como un movimiento derechista, para no decir fascista, siempre ha contado con un ala aislacionista muy fuerte al atribuir muchos compañeros la imagen negativa así supuesta a un malentendido malicioso. Aunque el peronismo ha evolucionado a partir de mediados del siglo pasado, la resistencia ajena a tratarlo como un movimiento en el fondo progresista, a su modo de centroizquierda, sigue incidiendo en el pensamiento de aquellos intelectuales y políticos “militantes” que se preocupan por tales asuntos, incluyendo, desde luego, a la presidenta. Por lo demás, merced a la existencia de abundantes recursos naturales, ha sido fácil fantasear con lo bueno que sería prescindir del resto del mundo, manteniendo a raya tanto las deletéreas influencias foráneas como las engorrosas obligaciones económicas y financieras, de ahí la popularidad entre los dirigentes políticos del default unilateral, de la idea de que la deuda extranjera sea forzosamente ilegítima, y el apoyo que suelen obtener los laboratorios farmacéuticos locales toda vez que se niegan, “por principio”, a respetar las patentes de las empresas multinacionales. Por desgracia, en una época signada por la globalización, optar por la autarquía significaría resignarse a la pobreza generalizada. Como acaban de recordarnos los problemas sumamente graves que han sido provocados por medidas presuntamente destinadas a librar a los fabricantes nacionales de su dependencia de insumos importados, muchos bienes a primera vista muy sencillos no pueden producirse sin piezas de origen extranjero. No se trata de una particularidad argentina: ni siquiera son autárquicos los sectores industriales de Estados Unidos, el Japón o la Unión Europea. Asimismo, a pesar del gran impulso que la crisis económica mundial ha dado al proteccionismo y al nacionalismo en casi todos los países, es de prever que la revolución electrónica siga estimulando la globalización, es decir la interdependencia, enriqueciendo a los capaces de aprovechar las oportunidades que seguirán multiplicándose y perjudicando a los tentados por la ilusión de que les convendría replegarse para limitarse a defender lo propio contra todo cuanto les parezca ajeno.


Está en lo cierto el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica cuando dice que “la Argentina está metida en un proceso muy autárquico”. Aunque en ocasiones la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y distintos voceros del gobierno que encabeza, entre ellos el vicepresidente Amado Boudou antes de verse atrapado en el escándalo de la ex Ciccone Calcográfica, han dado a entender que les gustaría que el país se reconciliara económicamente con los mercados internacionales, poniendo fin a una década de ausencia virtual, ya que en tal caso accedería a créditos a tasas de interés razonables y estaría en condiciones de recibir cuantiosas inversiones extranjeras, debido a las medidas que ha tomado se ha aislado cada vez más. Según los representantes de una extensa lista de miembros de entidades como la Organización Mundial de Comercio, entre ellos México, Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea, la Argentina se ha convertido en el país más proteccionista del planeta. Exageran, claro está, ya que las distorsiones provocadas en el comercio internacional por las barreras que se han erigido aquí han sido mínimas en comparación con las causadas por las medidas en tal sentido de los norteamericanos, europeos y japoneses, pero ocurre que, además de procurar frenar “las invasiones” de bienes procedentes de Brasil, China y otros países, el gobierno kirchnerista no ha vacilado en atentar contra nuestras propias exportaciones con el propósito, dice, de defender “la mesa de los argentinos” amenazada por la gula foránea. Asimismo, se ha esforzado por reducir al mínimo las relaciones financieras con el exterior, además de hacer lo posible por desalentar a los interesados en arriesgarse invirtiendo en el país. Puede que los kirchneristas no se hayan propuesto buscar la autarquía por suponer que, dadas las circunstancias, sería mejor que nos conformáramos con vivir de lo nuestro, pero si ésta fuera su intención tendrían muchos motivos para sentirse orgullosos de lo que han logrado. El peronismo, que según virtualmente todos los observadores de otras latitudes nació como un movimiento derechista, para no decir fascista, siempre ha contado con un ala aislacionista muy fuerte al atribuir muchos compañeros la imagen negativa así supuesta a un malentendido malicioso. Aunque el peronismo ha evolucionado a partir de mediados del siglo pasado, la resistencia ajena a tratarlo como un movimiento en el fondo progresista, a su modo de centroizquierda, sigue incidiendo en el pensamiento de aquellos intelectuales y políticos “militantes” que se preocupan por tales asuntos, incluyendo, desde luego, a la presidenta. Por lo demás, merced a la existencia de abundantes recursos naturales, ha sido fácil fantasear con lo bueno que sería prescindir del resto del mundo, manteniendo a raya tanto las deletéreas influencias foráneas como las engorrosas obligaciones económicas y financieras, de ahí la popularidad entre los dirigentes políticos del default unilateral, de la idea de que la deuda extranjera sea forzosamente ilegítima, y el apoyo que suelen obtener los laboratorios farmacéuticos locales toda vez que se niegan, “por principio”, a respetar las patentes de las empresas multinacionales. Por desgracia, en una época signada por la globalización, optar por la autarquía significaría resignarse a la pobreza generalizada. Como acaban de recordarnos los problemas sumamente graves que han sido provocados por medidas presuntamente destinadas a librar a los fabricantes nacionales de su dependencia de insumos importados, muchos bienes a primera vista muy sencillos no pueden producirse sin piezas de origen extranjero. No se trata de una particularidad argentina: ni siquiera son autárquicos los sectores industriales de Estados Unidos, el Japón o la Unión Europea. Asimismo, a pesar del gran impulso que la crisis económica mundial ha dado al proteccionismo y al nacionalismo en casi todos los países, es de prever que la revolución electrónica siga estimulando la globalización, es decir la interdependencia, enriqueciendo a los capaces de aprovechar las oportunidades que seguirán multiplicándose y perjudicando a los tentados por la ilusión de que les convendría replegarse para limitarse a defender lo propio contra todo cuanto les parezca ajeno.

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