La tentación modernizadora

Según el recién fallecido cardenal italiano, el arzobispo emérito de Milán, Carlo María Martini, que murió la semana pasada pero dejó grabada una entrevista que fue difundida post mórtem, la Iglesia Católica “se ha quedado atrás 200 años” y por lo tanto necesita someterse a una “transformación radical” destinada a actualizarla, una operación que, dio a entender, le permitiría reconciliarse con los divorciados, los homosexuales, los feministas y muchos otros. Aunque se trata de un episodio más de la interna eclesiástica, sus palabras en tal sentido han motivado polémicas furiosas en Europa en las que han participado con entusiasmo tanto los interesados en temas religiosos como los que están habituados a despreciarlos, razón por la que sus aportes al debate han sido festejados no sólo por aquellos fieles que quisieran que la Iglesia fuera más “progresista”, sino también por una multitud de ateos y agnósticos para los que la institución cristiana más influyente sigue siendo una fuerza reaccionaria muy poderosa. Martini, como otros clérigos preocupados por el futuro de una organización que desde los días del Imperio Romano tardío ha desempeñado un papel clave, a veces hegemónico, en la vida de los países occidentales, pero que últimamente ha tenido que conformarse con uno decididamente más limitado, estaba convencido de que a menos que la Iglesia Católica se modernizara no le sería dado atraer a las nuevas generaciones. En cambio, el papa Benedicto XVI siempre se ha aferrado a la opinión de que sería un gran error que la Iglesia, de la que es el jefe formal, procurara evolucionar, abandonando posturas tradicionales sólo porque muchos las encuentran antipáticas, como si la Iglesia fuera una especie de partido político pragmático obligado a renovar periódicamente su oferta a fin de congraciarse con el electorado. En principio, el Papa tiene razón: si la Iglesia pretende encarnar verdades eternas, no puede modificar con frecuencia su prédica, corriendo detrás de la moda social o intelectual de turno. Antes bien, tendría que aferrarse a sus doctrinas tradicionales aun cuando a juicio de casi todos sean absurdamente anticuadas, ya que, mal que les pese a quienes insisten en que hay que adoptar una actitud más abierta a las tendencias contemporáneas, se supone que la Iglesia Católica debería asemejarse a una roca firme e inconmovible en un mundo convulsionado por tormentas de cambio. Puede argüirse que, si la Iglesia Católica soltara amarras con el pasado, terminaría como aquellas confesiones protestantes que se han hecho tan flexibles que sus representantes más autorizados hablan como escépticos que, en el fondo, no creen ni en los relatos bíblicos ni en las presuntas certezas teológicas que a través de los siglos han reivindicado los cristianos. Según ellos, todo es “metafórico”. Pero, claro está, la apuesta del Papa alemán entraña el riesgo de que la Iglesia se aleje tanto del “mundo moderno” que pierda lo que aún le queda de su influencia. Ya es evidente que escasean los católicos que están dispuestos a tomar en serio las opiniones de los obispos acerca de los temas sexuales que, según parece, los obsesionan, mientras que los “mensajes sociales” vehementes que difunden distintas entidades eclesiásticas son aplaudidos, o criticados, por motivos que son netamente políticos. La Iglesia Católica, pues, se ve frente a un dilema. Si se moderniza como quería Martini, se perdería en el maremágnum confuso de la actualidad. Si se resiste a hacerlo, como ha propuesto el Papa, podría degenerar en una secta anacrónica, parecida a las de los fundamentalistas norteamericanos que afirman tomar al pie de la letra todo lo escrito en su propia versión –traducida al inglés, desde luego– de la Biblia. Así las cosas, es lógico que las recomendaciones de un clérigo tan respetado como Martini hayan tenido un impacto muy fuerte entre los católicos y muchos otros, ya que está en juego el destino de la Iglesia en una época en que, en el Occidente por lo menos, las variantes tradicionales del cristianismo, lo mismo que ciertas ortodoxias sociopolíticas, están batiéndose en retirada, sin que haya ninguna fe o ideología que parezca capaz de llenar el vacío que están dejando, fenómeno éste que no puede sino motivar inquietud en una época tan incierta como la actual.


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