La traición de Caló

Redacción

Por Redacción

Es natural que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner prefiera la Argentina del Indec al país “del supermercado” reivindicado por personajes como el camionero Hugo Moyano: si bien sufre una tasa de inflación muy alta según las pautas internacionales, parece manejable y lo mismo puede decirse de los problemas sociales planteados por la pobreza extrema que, de tomarse en serio las estadísticas oficiales, se ha reducido mucho en el transcurso de su gestión. También es comprensible que los partidarios de la presidenta sean reacios a criticarla por negarse a reconocer que el país “del supermercado” se aproxima mucho más a la realidad que el dibujado por los empleados del Indec: entienden que arriesgarse de tal modo incidiría negativamente en la autoestima de Cristina y podría desprestigiarla a ojos de una parte significante del electorado. Con todo, si bien jurar confiar en las estadísticas confeccionadas por el organismo intervenido constituye una forma de subrayar el compromiso propio con el “proyecto” kirchnerista, para el que la verdad según el Indec es un artículo de fe, son cada vez más los políticos, sindicalistas y empresarios que son reacios a hacerlo. Así las cosas, motivó sorpresa e inquietud en las filas oficialistas la confesión del líder metalúrgico Antonio Caló de que “nunca le creí al Indec” y que “este año la inflación va a rondar entre el 23 y el 24%”. Aún más llamativa, si cabe, resultó ser la alusión del candidato de Cristina para conducir la CGT librada de Moyano a las deficiencias del Indec “cuando estaba la 1050 y por la inflación se quedaba con la casa de los trabajadores”, ya que, como es notorio, la presidenta echó las bases de su patrimonio multimillonario en los años setenta al aprovechar, con su marido, las oportunidades brindadas por “la 1050” del régimen militar para comprar a precio bajo las viviendas de quienes no lograban pagar los créditos adeudados. Cuando Moyano o un político izquierdista se refieren a la circular 1050, nadie ignora que lo hacen con el propósito de disparar un misil verbal contra Cristina, acusándola de enriquecerse a costa de los perjudicados por la política económica de la dictadura. ¿Fue ésta la intención de Caló? Puede que no, pero la verdad es que le hubiera sido muy difícil elegir un modo mejor de distanciarse de una presidenta que, hasta aquel momento, había apoyado su aspiración de erigirse en jefe de la CGT. Como muchos otros sindicalistas, el metalúrgico Caló querrá seguir contando con el respaldo de un gobierno que se ha hecho célebre por su voluntad de colmar de beneficios a sus aliados y de castigar por los medios que fueran a quienes integran su larga lista de enemigos, pero también sabrá que en última instancia su poder depende de la aprobación de los afiliados. A juzgar por su falta de fe en las estadísticas producidas por el Indec y, más aún, por su alusión a primera vista gratuita a la circular 1050, su olfato le ha dicho que cometería un error muy grave si antepusiera su presunta lealtad para con la presidenta a su deber como representante de un sector tradicionalmente militante de la clase obrera. De más está decir que para el gobierno se trata de una noticia muy mala. Al fin y al cabo, si ni siquiera el sindicalista más oficialista de todos está dispuesto a respetar “el relato” de Cristina, ningún otro se dejará influir por él, de suerte que no extrañaría en absoluto que en el universo sindical se difundiera el consenso de que, por ubicarse la tasa de inflación anual “entre el 23 y el 24%”, a todos los dirigentes les corresponde luchar por aumentos salariales muy superiores a los propuestos por el gobierno, lo que, desde luego, tendría consecuencias económicas y políticas nada felices. Todo hace prever que al país le aguarda una etapa sumamente conflictiva, al profundizarse con rapidez desconcertante la recesión, acelerarse la inflación, subir la tasa de desocupación y agravarse las disputas entre el Poder Ejecutivo nacional y los mandatarios provinciales. Si, como ya parece probable, tanto los sindicatos que responden a Moyano u otros dirigentes igualmente combativos, como aquellos que supuestamente militan en el kirchnerismo, optan por competir para ver cuáles de ellos pueden conseguir los aumentos salariales más impactantes, nos espera un período muy pero muy agitado.


Es natural que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner prefiera la Argentina del Indec al país “del supermercado” reivindicado por personajes como el camionero Hugo Moyano: si bien sufre una tasa de inflación muy alta según las pautas internacionales, parece manejable y lo mismo puede decirse de los problemas sociales planteados por la pobreza extrema que, de tomarse en serio las estadísticas oficiales, se ha reducido mucho en el transcurso de su gestión. También es comprensible que los partidarios de la presidenta sean reacios a criticarla por negarse a reconocer que el país “del supermercado” se aproxima mucho más a la realidad que el dibujado por los empleados del Indec: entienden que arriesgarse de tal modo incidiría negativamente en la autoestima de Cristina y podría desprestigiarla a ojos de una parte significante del electorado. Con todo, si bien jurar confiar en las estadísticas confeccionadas por el organismo intervenido constituye una forma de subrayar el compromiso propio con el “proyecto” kirchnerista, para el que la verdad según el Indec es un artículo de fe, son cada vez más los políticos, sindicalistas y empresarios que son reacios a hacerlo. Así las cosas, motivó sorpresa e inquietud en las filas oficialistas la confesión del líder metalúrgico Antonio Caló de que “nunca le creí al Indec” y que “este año la inflación va a rondar entre el 23 y el 24%”. Aún más llamativa, si cabe, resultó ser la alusión del candidato de Cristina para conducir la CGT librada de Moyano a las deficiencias del Indec “cuando estaba la 1050 y por la inflación se quedaba con la casa de los trabajadores”, ya que, como es notorio, la presidenta echó las bases de su patrimonio multimillonario en los años setenta al aprovechar, con su marido, las oportunidades brindadas por “la 1050” del régimen militar para comprar a precio bajo las viviendas de quienes no lograban pagar los créditos adeudados. Cuando Moyano o un político izquierdista se refieren a la circular 1050, nadie ignora que lo hacen con el propósito de disparar un misil verbal contra Cristina, acusándola de enriquecerse a costa de los perjudicados por la política económica de la dictadura. ¿Fue ésta la intención de Caló? Puede que no, pero la verdad es que le hubiera sido muy difícil elegir un modo mejor de distanciarse de una presidenta que, hasta aquel momento, había apoyado su aspiración de erigirse en jefe de la CGT. Como muchos otros sindicalistas, el metalúrgico Caló querrá seguir contando con el respaldo de un gobierno que se ha hecho célebre por su voluntad de colmar de beneficios a sus aliados y de castigar por los medios que fueran a quienes integran su larga lista de enemigos, pero también sabrá que en última instancia su poder depende de la aprobación de los afiliados. A juzgar por su falta de fe en las estadísticas producidas por el Indec y, más aún, por su alusión a primera vista gratuita a la circular 1050, su olfato le ha dicho que cometería un error muy grave si antepusiera su presunta lealtad para con la presidenta a su deber como representante de un sector tradicionalmente militante de la clase obrera. De más está decir que para el gobierno se trata de una noticia muy mala. Al fin y al cabo, si ni siquiera el sindicalista más oficialista de todos está dispuesto a respetar “el relato” de Cristina, ningún otro se dejará influir por él, de suerte que no extrañaría en absoluto que en el universo sindical se difundiera el consenso de que, por ubicarse la tasa de inflación anual “entre el 23 y el 24%”, a todos los dirigentes les corresponde luchar por aumentos salariales muy superiores a los propuestos por el gobierno, lo que, desde luego, tendría consecuencias económicas y políticas nada felices. Todo hace prever que al país le aguarda una etapa sumamente conflictiva, al profundizarse con rapidez desconcertante la recesión, acelerarse la inflación, subir la tasa de desocupación y agravarse las disputas entre el Poder Ejecutivo nacional y los mandatarios provinciales. Si, como ya parece probable, tanto los sindicatos que responden a Moyano u otros dirigentes igualmente combativos, como aquellos que supuestamente militan en el kirchnerismo, optan por competir para ver cuáles de ellos pueden conseguir los aumentos salariales más impactantes, nos espera un período muy pero muy agitado.

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