La travesía de montañistas del Alto Valle rumbo al avión de la tragedia de los Andes (Parte 1)

Antes de la cuarentena, hicieron una travesía de dos días de alta exigencia en Mendoza hasta los restos de la nave que transportaba a los rugbiers uruguayos que cayó en la cordillera en 1972. Aquí, la crónica y las fotos de Dardo Gobbi en la primera parte de una aventura que emocionó a todo el grupo. El próximo domingo, la segunda y última entrega.




El río Atuel fue el primer cauce de agua que debimos cruzar dn Mendoza rumbo al avión de los rugbiers uruguayos que cayó en la cordillera de los Andes en 1972. En lengua puelche ”Latuel” significa “Alma de la tierra”. Fotos de Dardo Gobbi.

El río Atuel fue el primer cauce de agua que debimos cruzar dn Mendoza rumbo al avión de los rugbiers uruguayos que cayó en la cordillera de los Andes en 1972. En lengua puelche ”Latuel” significa “Alma de la tierra”. Fotos de Dardo Gobbi.

El viernes 13 de octubre de 1972, el avión Fairchild FH-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya partió desde Montevideo rumbo a Santiago de Chile con 40 pasajeros (jugadores de rugby del Club Old Cristians, familiares, amigos) y cinco tripulantes.

La nave nunca llegó a destino: un error de navegación en medio de fuertes vientos hizo creer a los pilotos que ya estaban en Chile, cuando aun atravesaban la cordillera en Mendoza.

Tras estrellarse con las montañas, 29 personas murieron en forma instantánea o los días siguientes y 16 sobrevivieron en el Valle de las Lágrimas. Una historia de tragedia, milagro, heroísmo y supervivencia.

Rumbo al avión

Casi medio siglo después, un grupo de montañistas del Alto Valle me invitó a ir hasta el lugar donde cayó el avión. El viaje sería a fines de enero del 2020 y decidí ir. Salimos desde Cipolletti, cruzamos La Pampa y entramos a Mendoza. Pasamos por San Rafael, seguimos por la ruta 144 y luego de 45 km tomamos la ruta 40.

El hotel abandonado, tiene agua termales y es visitado por turistas. A 12 km cayo el avión. Foto: Dardo Gobbi.

Después de recorrer 95 km, llegamos a la localidad de El Sosneado.
Nos detuvimos en el parador El Chacallal, sobre la ruta 40 km 3000. Una parada obligada: es el último lugar para abastecernos y ahí hay que registrarse y pagar el canon de ingreso al Valle de las Lágrimas. Don Miguel nos informa del clima y el estado de los ríos en la montaña.


La zona por donde caminaremos para llegar al lugar de la tragedia es propiedad privada del grupo Las Leñas, que tiene la concesión. Pagando el ingreso, accedemos a la montaña.


Quedamos habilitados para utilizar el refugio de alta montaña, para dormir y cocinar.
Luego de registrarnos, tomamos la RP220, de ripio, transitable pero no en las mejores condiciones. Después de 65 km llegamos hasta la base del Cerro Sosneado (5780 m).

En el Puesto Araya pasamos la primera noche. Temprano comenzaría el ascenso.


A sus pies se encuentra un hotel abandonado que funcionó desde 1938 a 1953 donde el río Atuel baja de la cordillera, caudaloso. Hoy es un lugar de esparcimiento para los habitantes de Malargüe y el Sosneado.


Un km más adelante llegamos a uno de los puestos, el de los hermanos Araya. Allí don Saúl nos espera. Es un lugar de veranada, donde lleva sus animales ya que hay buen pasto y mucha agua. Hasta allí se llega en vehículo.

Armamos nuestro campamento y cenamos. Luego de 740 km de viaje, debíamos descansar. Por la mañana temprano, comenzaría nuestra caminata.

Día 1: buscando El Barroso

Puesto Araya - 8:30 hs. Un luminoso amanecer nos invitó a desayunar. Desarmamos el campamento y dimos inicio a nuestra travesía. A muy pocos km del puesto teníamos que cruzar el río Atuel que a esa altura se abre en abanico, diferentes brazos que por momento se unen y forman un cauce correntoso.

Rosado, fue uno de los arroyos más correntosos que debimos cruzar. Fotos de Dardo Gobbi.

Cruzar por los lugares profundos a pie es muy peligroso. Buscamos el mejor lugar y cruzamos. El frío del agua de deshielo hizo que nos termináramos de despertar. Nos colocamos las botas y seguimos.


Caminamos hacia el oeste, buscando el cauce del arroyo Lágrima, afluente del Atuel. El arroyo nos acompañaría casi todo el recorrido: se origina en el lugar que será nuestro destino. A nuestras espaldas dejamos el Atuel y de fondo el cerro Sosneado.

El valle del Atuel quedaba atras. Ingresabamos a la concesion de Las Leñas

Antes de comenzar el primer ascenso un cartel advierte que ingresamos a propiedad privada, y que debemos tener el permiso correspondiente.
Al subir el paisaje deja de ser el lecho del río y las montañas se rodean de arbustos espinosos con flores amarillas, simulando una falsa canela.


Luego de unos minutos, llegamos a un punto alto del primer ascenso y descubrimos allí abajo al arroyo Lágrima, de un color verde muy transparente, serpenteante entre las montañas y desembocando en el Atuel. El sendero hizo que lo perdiéramos de vista.

El arroyo Lágrima a nuestro lado. Nace del deshielo del glaciar, en el Valle de las Lágrimas


Ya a media mañana, comenzamos a escuchar nuevamente el ruido de un arroyo, miramos hacia abajo y vimos nuevamente el Lágrima, pero ya no era el mismo. Ahora su color era marrón, sucio, barroso y su caudal había aumentado. Los cambios de temperatura en verano, sumado a los efectos del cambio climático, hacen que estos arroyos cambien su color y su caudal en pocos minutos.

El paisaje de cordillera. Distintos colores, debido a los minerales propios de cada montaña

Avanzamos y a cada paso nos encierran más montañas. Hacia atrás todavía vemos el Sosneado… hacia adelante comenzamos a ver parte de nuestro lugar de destino, el sitio del accidente.
No es solo avanzar, ni transitar por un sendero, se camina por un escenario que invita a recordar, a pensar cómo sucedieron los hechos. En nuestras mentes circulan datos, fotos, películas, libros. Vamos hacia adelante sumidos en nuestros pensamientos.
Estamos a una altura de 2800 m. El sol nos acompañó durante la primera etapa. Pero en pocos minutos, una tormenta comenzó a gestarse. El cielo se cerró completamente, cayeron algunas gotas, pero finalmente la tormenta tomó otro rumbo y continuamos sin inconvenientes. Tenía razón don Araya. “No tengan miedo, la tormenta siempre se arma arriba, pero luego llueve abajo”, nos dijo el lugareño.

“En verano, el deshielo hace que el glaciar genere hilos de agua. El caudal de los arroyos crece y lo mas difícil es cruzarlos”.

Dardo Gobbi


Seguimos la marcha. Nos faltaban cruzar dos arroyos más para llegar al lugar de campamento.
El Rosado es otro arroyo que baja con mucha fuerza, nos obligó atravesarlo con sogas por nuestra seguridad. Cruzar con mochilas, en fuertes corrientes, con piedras que ruedan en el agua asusta, se debe tratar de hacer en forma segura.
Ya estamos en un paisaje típico cordillerano. Cada montaña, tiene su tonalidad gracias a los diferentes minerales que la conforman. Ahora entramos a una zona que llaman “la cantera”: son montañas calcáreas, se destacan por su color blanco, sobre el entorno de colores ocre. Luego de 10 horas de caminar, el cansancio se hace sentir.

El arroyo Barroso. Del otro lado, se encuentra el refugio de montaña.


Lo aconsejable, de acuerdo al caudal de los ríos, es partir caminando y llevar algunos caballos de apoyo para que nos ayuden a cruzar los arroyos, de forma rápida y segura. Nosotros debíamos caminar hasta el campamento de Puesto Barroso y allí, en la ultima etapa, nos esperaba un baqueano con un caballo para cruzar el arroyo Lágrima. Sin un caballo es imposible de cruzar.


Ya es casi de noche. Todavía nos faltaba cruzar “El Barroso”, para llegar al campamento base. Vemos las carpas, con una bandera argentina, del otro lado del arroyo. También a Domingo, el refugiero que nos esta esperando. Nos hace señas. El lugar es un paraíso. Nos imaginamos la cena, el fogón, el descanso.
A esta hora, luego de tantas horas de deshielo, El Barroso, está en su mayor nivel.
Cruzamos todos. Festejamos el esfuerzo de la jornada. A unos metros nos esperaba el refugio de montaña y la amabilidad de Domingo, el encargado del campamento El Barroso.

Noche, refugio y estrellas, en plena cordillera.


Tomamos algo caliente, armamos las bolsas de dormir, nos reunimos para organizar la jornada siguiente y luego de escuchar muchísimas historias y relatos, el sueño nos atrapó.
Mañana estaríamos en el lugar preciso donde cayó el avión y comenzaba una historia de heroísmo y supervivencia en estas mismas montañas, hace 48 años. El próximo domingo, la segunda parte. (Artículo realizado con la colaboración del guía de cabalgatas Jairo González, parador El Challacal)

“Fuerza Aérea Uruguay 571, Santiago... me escucha?”

El viernes 13 de octubre de 1972, el avión Fairchild FH-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya, parte desde Montevideo rumbo a Santiago de Chile. A bordo viajaban jugadores de rugby del Club Old Cristians, familiares, amigos y la tripulación. Un total de 45 personas, iban a participar de un encuentro deportivo.

Las condiciones climáticas y las características del avión hicieron que desistieran de cruzar la cordillera en la zona de Mendoza. Allí, la altura de los Andes es superior a los 5000 mts. y el avión contratado no era el adecuado para esa situación. Decidieron entonces viajar hacia el sur, a Malargüe y cruzar los Andes por allí. Lo harían por la zona “Del Planchón”, que tiene menor altura. Desde allí llegarían a la localidad chilena de Curicó y luego, nuevamente subirían hacia el norte, hasta Santiago de Chile.

Desde Malargüe se dirigen hacia Curicó. Unos minutos después, el piloto cree erróneamente haber cruzado la cordillera y comunica haber divisado la pequeña localidad chilena. Solicita permiso y retoma su rumbo hacia el norte, a Santiago.

Al hacer esto, comienza a volar longitudinalmente sobre la cresta de la cordillera de los Andes y no sobre el lado chileno, como suponía el piloto. Volar en esa zona aumenta la turbulencia, la nubosidad y disminuye la visibilidad.

Decide bajar la altura de vuelo y no seguir exigiendo al avión, confiado en que había cruzado los Andes. Al despejarse algunas nubes, la tragedia era inminente: delante de ellos había una gran montaña. El piloto hace lo imposible para salvar la nariz del avión, ascendiendo bruscamente, pero un primer impacto en un risco les hace perder el ala derecha. Un segundo pilar de roca se queda con el otro ala y la mitad trasera del avión. “Fuerza Aérea Uruguay 571,  Santiago... me escucha?” son las últimas palabras antes de perder contacto.

El impacto contra el monte Seler los había sentenciado. Solo la parte delantera del fuselaje sale despedida por un tobogán y se desliza por la nieve hacia abajo, hasta frenarse finalmente, contra un glaciar.

Habían caído en el Valle de las Lágrimas. Así comienza una historia de tragedia, milagro, heroísmo y supervivencia.


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