Las condiciones del diálogo
ALEARDO F. LARÍA (*) aleardolaria@rionegro.com.ar
El fin de semana pasado tuvo lugar la histórica reunión entre el gobierno y los miembros de la oposición de Venezuela. El presidente Nicolás Maduro y la Mesa de la Unidad Democrática analizaron durante más de seis horas la posibilidad de encontrar fórmulas que reduzcan la elevada tensión política que vive el país y que ha provocado más de 40 muertes en diversos incidentes callejeros. Interesa estar al tanto de estos escarceos porque Venezuela es una suerte de laboratorio para la política argentina. Permite conocer en forma anticipada los riesgos que entrañan ciertos estilos gubernamentales. No toda la oposición venezolana está de acuerdo en dialogar con el gobierno chavista. La reciente detención, bajo graves cargos, del dirigente opositor Leopoldo López; la destitución de la diputada Corina Machado; y alrededor de 2.000 detenidos por participar en las manifestaciones de los últimos meses, son claros obstáculos para el diálogo. Es por ese motivo que quienes acudieron al encuentro presentaron un proyecto de ley de amnistía para garantizar la liberación de los presos políticos y el regreso de otras personalidades que consideran “exiliadas”. El mayor obstáculo para el diálogo es la retórica populista que ha contaminado al movimiento bolivariano y que le impide tener una visión más racional de los conflictos que lo separan de la oposición. Maduro afirma que las protestas tienen el objeto de derrocar al gobierno y obedecen a una estrategia del “imperio”. De la extremada intolerancia de sus posiciones da cuenta la siguiente anécdota: mientras en el encuentro comentado hablaba el líder opositor Enrique Capriles Radonski, el presidente de la Asamblea Nacional y segundo al mando del chavismo, Diosdado Cabello, emitió el siguiente tuit: “Definitivamente el asesino fascista Capriles tiene problemas, no entiende que perdió las elecciones de abril, pareciera que le falta algo”. Es sabido que el discurso político presenta algunos rasgos característicos que lo diferencian del resto. El discurso político es, por esencia, netamente polémico y adversativo, es decir, se construye pensando en rebatir los argumentos hipotéticos de los adversarios. Generalmente su trama queda sometida a un énfasis que radicaliza las posiciones entre los partidarios (el nosotros inclusivo) y la de los adversarios (los terceros excluidos). Aunque tal vez en el fondo, y bajo un manto de racionalidad, lo que cada uno quiere es salirse con la suya. La posibilidad de un debate democrático requiere establecer un mínimo de condiciones contextuales que faciliten ese diálogo. Se supone que debe ser posible el intercambio de argumentos sin coacciones internas o externas al diálogo mismo. Asimismo que todos los intereses concernientes al objeto de debate deben estar representados y ser considerados igualmente legítimos, puesto que se deben tener en cuenta las necesidades, intereses y argumentaciones de todos los afectados. El problema que arrastra el populismo es que con sus permanentes descalificaciones a los adversarios –tratados como “enemigos de la patria”– no construye el clima adecuado para el debate político. Como es notorio, si en un desborde retórico constante se trata a los dirigentes de la oposición de “asesinos y fascistas”, las posibilidades para sentarse luego con ellos en una mesa de diálogo son escasas. Algunos politólogos contemporáneos consideran que sólo es posible alcanzar las cotas de una democracia consolidada cuando todos los grupos significativos aceptan las instituciones políticas establecidas y se adhieren a las reglas democráticas del juego. Se ha logrado demostrar que algunas características como la tolerancia, la flexibilidad, el compromiso, la moderación y la conciliación entre las elites –sobre todo políticas– son una condición sine qua non para la consolidación democrática. El límite entre un gobierno democrático y otro que no lo es, reside en verificar la posibilidad de alternancia. Cuando un gobierno se apropia y coloniza el aparato del Estado convirtiendo muchas agencias públicas en plataformas de propaganda partidaria, se desnivela el terreno de juego a favor de los que detentan el poder. Cuando además se utilizan las fuerzas de seguridad para detener arbitrariamente a los opositores, estamos en las puertas de un gobierno totalitario. La importancia de estar alertas alrededor de estas cuestiones permite evitar que los países vivan la experiencia de la rana que, situada en un recipiente con agua, no advierte que ésta aumenta paulatinamente de temperatura. Cuando llega al punto hervor, ya es demasiado tarde. En Venezuela, la temperatura del agua ha subido demasiado y sólo la llegada de un milagro, tal vez de la mano del papa Francisco, pueda conseguir evitar el estallido final.
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